22 de septiembre de 2019 0

LA TINTA HISTÓRICA DE JESÚS DE NAZARET

Muchos seres humanos pierden su fe en Cristo en la confrontación con el mundo, tal como está sentenciado en las parábolas evangélicas. Las corrientes más poderosas del pensamiento del Occidente actual nacen del Diablo y, por ello, incontables almas perecen ahogadas. En las tertulias populares de nuestra España, la proclamación individual de la fe y la defensa de la religión son extrañas a los oídos. Viceversa, el hecho contrario es la hiel nuestra de todos los días. Ciertamente, la savia de la razón es necesaria para que las raíces de la Fe se sostengan vivas y firmes. El Cristianismo no es un cuento chino ni un arcano entramado de ficción, pudiendo la razón humana asirse a sus vestigios históricos para sellar su aureola de religión verdadera. Vamos a presentar en este artículo, a los lectores de Ahora Información no versados en las evidencias históricas de Jesucristo, unas pinceladas de esta perspectiva crítica.

Dos son las fuentes básicas del conocimiento científico de Jesús: las fuentes documentales relacionadas con la Tradición Oral Cristiana­‑ cuyo análisis sobrepasa a la naturaleza de este trabajo­­‑ y los Santos Evangelios.  El Nuevo Testamento es el conjunto literario más leído, más estudiado, más analizado y más criticado de la historia de la humanidad. Sus líneas han sido sometidas al mayor y más minucioso escrutinio que han conocido los siglos. Tradicionalmente, una selecta cohorte de sacerdotes especializados, dominadora de variadas lenguas muertas, ejerce el rol de custodio de la crítica textual evangélica. Desde el siglo XIX, eruditos no religiosos se añadieron al estudio científico de los libros sagrados del Cristianismo. Esta comunidad internacional de especialistas, tal como se verifica en otras disciplinas como la Medicina o la Gramática, realiza congresos y debates de corte científico sobre todo aspecto de las Sagradas Escrituras.

No ha sobrevivido ningún escrito que pueda llamarse rigurosamente “original apostólico”. Las fuentes más antiguas son restos papiráceos fragmentarios, en lengua griega, datados en el siglo II. En esta época, muy anterior a la invención de la imprenta, todo texto debía ser copiado a mano, letra a letra, ejemplar tras ejemplar, siendo inherente al método artesanal la generación de alteraciones y variaciones textuales. Tras un conflicto teológico que persistió siglos, quedó conformado el Canon Sagrado en el Concilio de Trento, siendo tamizados y discriminados los códices apócrifos. Estos textos canónicos poseen condición de autenticidad histórica, bajo criterios cronológicos y científicos. La crítica textual evangélica es un cosmos tan desconocido para el cristiano medio como apasionante. Su exposición no es el objetivo de este artículo y señalaremos sólo un aspecto. Desde foros ateos, es común acusar a los Evangelios de falsedad debido a la existencia de notorias diferencias entre las narraciones apostólicas. Este argumento es tan torpe como falaz. Amén de múltiples consideraciones más profundas, como se ha explicado, las variaciones textuales son consustanciales a la escritura de la época en la que vivieron las primeras comunidades cristianas.

 

Imagen del vestigio evangélico más antiguo conocido. Datado entre los años 125-150. Contiene unos versículos del capítulo 18 de San Juan, cuando un Jesús ya preso testifica ante Poncio Pilatos. Fue encontrado en 1920 en un vertedero de Al Fayum (Medio Egipto). Como otras muchas veces, el prodigio aparece en el rincón más pobre y olvidado. Conservado en la biblioteca Rylands de Manchester. Nombre científico: papiro P52.

 

Jesús nació hombre en un tiempo y época concretas, siendo Nazaret un área geográfica pobre y periférica de un Israel conquistado por la todopoderosa Roma. Respecto al hecho de su nacimiento, contamos con el cotejo del relato evangélico con la ciencia astrofísica. Como es sabido, al quedar definitivamente establecido el calendario actual de la Cristiandad se cometieron errores matemáticos , calculándose equivocadamente el año cero en un punto posterior al fue realmente. La referencia a la Estrella de Belén es compatible con la existencia de un fenómeno natural real cuya cadencia visible es de medio millón de años. Entre los años – 7  y – 6 , se produjo una alineación planetaria entre Júpiter y Saturno, cuyo efecto visual al superponerse con el sol y la luna se admite que es enorme. Este dato cósmico se considera hoy por muchos como la prueba del tiempo real del nacimiento de Cristo.

En el año cero, la tinta que escribía la historia de la humanidad era romana. Para la cultura dominadora, los judíos no eran el pueblo elegido sino una comunidad oriental de su imperio, practicante de un extraño monoteísmo. No se conocen escritos judíos para analizar en su tiempo a Jesucristo; si existieron, no han sobrevivido en ninguna fuente conocida.  Debe tenerse en cuenta que, cuatro décadas después de la muerte de Cristo, aconteció la gran revolución israelita contra Roma, cuyo destino fue la destrucción de Jerusalén y de toda la estructura institucional judía. Tampoco hay fuentes romanas que hablen de la vida pública de Jesús. Mas aquí, en este punto, nos encontramos con fuentes documentales historiográficas que sirven de prueba a la autenticidad de los Evangelios; no en su contenido, pero sí en su fundamento. Dos historiadores romanos han dejado el registro histórico de la existencia y muerte de Jesucristo.  Ninguno de ellos tuvo como motivación de su escrito la fe en Cristo, antes al contrario como vamos a ver, pero las dos fuentes comparten haberse convertido en perlas científicas para la Historia del Cristianismo.

La primera fuente es Flavio Josefo, pseudónimo romano de un judío fariseo nacido en el año 37, exiliado en Roma tras la guerra judeo-romana iniciada en el año 66. En el capítulo XVIII de su obra “Antigüedades judías”, añadió un breve apunte histórico que reseña la crucifixión de Jesús, su atribución de ser el Mesías judío y la existencia de las primeras comunidades de judíos-cristianos. El análisis crítico de esta fuente es un problema que supera a la naturaleza de este artículo. El debate entre los especialistas es acérrimo, sin que exista un consenso definitivo sobre cuál es el texto auténtico escrito por Flavio Josefo. Nos encontramos, nuevamente, con taimados foros ateos que pregonan que toda la fuente es una falsificación. Ofrecemos al lector de este blog la siguiente síntesis crítica de este conflicto: monjes escribas, no inspirados por el Espíritu Santo, añadieron pasajes al texto verdadero de Flavio Josefo para captar mejor al lector cristiano. Se trata, en el fondo, de la génesis del mismo problema de los textos catalogados como evangelios apócrifos por la Iglesia.

¿Qué certeza histórica nos aporta Flavio Josefo acerca de Jesús?  Flavio Josefo fue contemporáneo de los primeros cristianos que habían conocido y oído a Jesucristo en primera y segunda generación. El análisis del texto indica que el escritor no creyó que Jesús fuese el Mesías judío profetizado, pero su escrito es una prueba científica de la existencia real de Jesucristo y de la pervivencia de seguidores suyos, que aseguraban su resurrección, más de cincuenta años después de su muerte. El hecho de la brevedad de su reseña sobre Jesús ofrece coherencia interna textual. La obra “Antigüedades judías” fue un libro escrito en Roma en la última década del siglo I, veinte años después de la destrucción de aquella Jerusalén que no reconoció a Cristo. Conflictos internos y aparentes fantasías religiosas judías del año 30 escaso o nulo interés tendrían para aquellos lectores. Una reseña verdadera histórica para Jesús en este contexto no podía ser de otra manera más que así. Mas pocos años tras la muerte de Flavio Josefo, aquel Cristianismo en el que no creyó, implantó sus primeras y eternas raíces en Roma.

La segunda fuente es la obra de Tácito: político e historiador romano nacido en el año 56 y prototipo del Patricio intelectual de la Antigua Roma.  En el fragmento 44 del décimoquinto libro de su obra enciclopédica “Anales”, narra en su contexto histórico la decisión de Nerón de masacrar a los cristianos. Tácito describe su visión del Cristianismo y con ello nos legó un testimonio trascendental. Nuevamente nos hallamos ante un apunte histórico breve, sin que en este caso existan dudas científicas sobre la autenticidad del texto. Tácito vitupera contra los cristianos, a los que tilda de secta abominable odiada por el buen pueblo romano, cifrando su origen en la crucifixión por Poncio Pilatos de su líder llamado Cristo. Dos mil años después, no debemos ofendernos por estos dicterios sino contemplar la Verdad. Tácito era un alto dignatario de un poder romano que se veía amenazado ante las conversiones en masa que se estaban produciendo en la misma capital del Imperio. Este temor sustanció un holocausto contra aquellos primeros cristianos, quienes no doblegaron su Fe ante los tormentos. El odio de Tácito hacia la fe cristiana condujo, por designio divino, a la existencia de pruebas científicas de la existencia de Jesús, de su muerte en la Cruz, de la inexplicable expansión de la fe cristiana durante el siglo II y de la génesis de la primera persecución y los primeros mártires de la Historia del Cristianismo.

Existen más pruebas científicas que acreditan la Verdad, pero la búsqueda de Cristo a través de pruebas racionales es un camino equivocado. El camino correcto para seguirlo es el de la Fe. La autenticidad de los Evangelios no debe ensombrecer el Magisterio oral de la Iglesia, establecido así por Jesús e inspirado por el Espíritu Santo. He ahí uno de los ciegos errores del Protestantismo, posiblemente el más trascendente. La inmensa mayoría de críticos heréticos que cuestionan las revelaciones evangélicas, ante la alteración de una o dos letras griegas de un códice a otro, son anglosajones criados en las múltiples ramas del Luteranismo. Pertenecen a generaciones de ovejas perdidas hace cinco siglos.

No dude nunca, querido lector, de la autenticidad de la doctrina cristiana. Escuche a su corazón. Es verdad.

 

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