25 de junio de 2019 0

La partidesgracia

Como todo el mundo sabe, la democracia liberal en España tiene la forma de una partitocracia, la cual es definida como “Poder excesivo de los partidos políticos en un sistema democrático”. La famosa separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) ha sido una farsa durante gran parte de los últimos 40 años. La independencia del poder judicial se fue al garete cuando el PSOE dispuso que la elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) dejara en agua de borrajas lo que la propia Constitución señala en su artículo 159.1:

El Tribunal Constitucional se compone de 12 miembros nombrados por el Rey; de ellos, cuatro a propuesta del Congreso por mayoría de tres quintos de sus miembros; cuatro a propuesta del Senado, con idéntica mayoría; dos a propuesta del Gobierno, y dos a propuesta del Consejo General del Poder Judicial.

En una de esas sentencias que demuestran la hipocresía y falsedad de la democracia española, y el entreguismo de la justicia al poder ejecutivo y legislativo. el Tribunal Constitucional avaló la reforma de la elección de los miembros del CGPJ, que pasaba a depender enteramente del poder legislativo -antes los políticos solo elegían a 8 de sus 20 miembros-, lo cual es de facto contrario a la propia literalidad de la Constitución. Si dos de los magistrados del TC son elegidos por el CGPJ, y el CGPJ lo eligen solo los políticos, es claro que los políticos eligen todo el TC. Únase a ello que la Fiscalía General del Estado, con autoridad sobre todos los fiscales, obedece al Ejecutivo.

Como ha ocurrido con todas la leyes perversas inicuas aprobadas por el PSOE, el PP no cambió nada cuando llegó al poder, ni siquiera cuando tuvo mayoría absoluta.

De hecho, cada vez que hemos tenido en el Parlamento una mayoría absoluta de uno los dos principales partidos, se ha demostrado que el poder legislativo es solo independiente nominalmente, pues ha estado sometido a las indicaciones del ejecutivo, especialmente de su presidente. Un presidente del gobierno con mayoría absoluta parlamentaria en España tiene prácticamente el mismo poder que un rey absolutista francés y desde luego más en no pocos aspectos que un rey según la monarquía tradicional hispánica.

Aunque parece que ya no es fácil que se repitan las mayorías absolutas debido a la práctica desaparición del bipartidismo, la partitocracia está muy lejos de desaparecer. Tras las últimas elecciones generales, autonómicas y municipales estamos asistiendo a un espectáculo dantesco de compra y venta de alcaldías, concejalías, gobiernos y consejerías autonómicos. El hecho de que, debido a la ausencia de listas abiertas, diputados y concejales tengan su futuro político en manos de sus partidos y no de sus votantes, concede a las ejecutivas de los partidos un poder prácticamente omnímodo. La frase “el que se mueve no sale en la foto” atribuida a Alfonso Guerra, es el pan nuestro de cada día, semana y mes del año.

Para mayor desgracia de este país, el sistema electoral facilita que los futuros gobiernos estén en manos de partidos que quieren la destrucción de la unidad nacional. La izquierda española, con el PSOE en una posición hegemónica, prefiere buscar el voto, o la abstención necesaria, de filoetarras y secesionistas antes que aliarse con los partidos de centro-derecha. Y el centro-derecha liberal sabe que o logra la mayoría absoluta, o no tiene manera de gobernar.

Todo eso es conocido por los españoles que votan, pero a multitud de ellos les da igual. Son millones los que consideran que votar a un partido político concreto es como ser aficionado de un club de fútbol. No cambiarán jamás su voto, haga lo que haga dicho partido. A lo sumo, se quedarán en casa y no votarán, como le ocurrió al PSOE en Andalucía en las pasadas elecciones autonómicas.

Estamos pues ante un pueblo entregado en manos de partidos que hacen y deshacen como les viene en gana. Todo ello favorece la corrupción, el clientelismo, el voto cautivo, etc.

Se podría decir que con esta partidesgracia ocurre aquello de que “sarna con gusto no pica”. Pero a algunos, no sé si pocos o muchos, sí nos pica. Por ejemplo, a mí me pica bastante que por razones evidentemente políticas, el Tribunal Constitucional tenga la desvergüenza de pasarse diez años sin dictar sentencia sobre la ley abortista Aído, que “consagra” como derecho el matar a los niños no nacidos. Y mucho me temo que me picará aún más cuando un TC en manos de la izquierda avale aberraciones como la imposición de la ideología de género y el adoctrinamiento ideológico en las escuelas.

Y la jerarquía de la Iglesia, además de alabar cada dos por tres esta democracia partitocrática, ¿hace algo? Más bien parece que es una parte más, con creciente irrelevancia, del propio sistema.

Luis Fernando Pérez Bustamante

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