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20 de julio de 2018 0 /

La Manada y otros sucesos

Los últimos acontecimientos, de la libertad condicional de la Manada y las manifestaciones porque las fiestas de San Fermín estén libres de agresiones sexuales, nos traen recuerdos de nuestra juventud.

El problema de la fornicación es tan viejo como la humanidad. Es nuestra juventud se consideraba tabú. No se escribía sobre él. Pero se vivía. Recordamos el chascarrillo en que un aldeano vasco se va a confesar. El sacerdote le va preguntando sobre los Mandamientos.

– “¿Qué tienes en el sexto?”

– “En el sesto tengo mansanas”.

– ¡No hombre no! Te pregunto por esas cosas feas que se dicen y se hacen”.

– ¡Ah Señor Cura! ¡esas cosas se hasen, pero no se disen!

Como un detalle, recordamos nuestras confesiones semanales. El confesor habitual, era un anciano jesuita, especializado en la pastoral juvenil. La primera pregunta que nos hacía, después del formulario inicial era: “¿ya has guardado la pureza?”. Ante nuestra respuesta positiva mostraba su satisfacción y proseguía con el interrogatorio sobre otros posibles pecados.

Pero no sólo era en la confesión. En el campamento de la IPS teníamos, los sábados por la tarde, dos charlas impartidas respectivamente por un capellán y un oficial médico. El primer sábado, el capellán nos exhortó a la conservación de la castidad, en términos religioso-morales. La siguiente charla del médico comenzó: “Lo mejor que podéis hacer es seguir los consejos del capellán. Pero como sé que muchos no le vais a hacer caso, os daré otros para proteger vuestra salud”.

Había una propaganda, no oficializada, pero real, a favor de iniciar a los jóvenes en las prácticas sexuales. Coetáneos nuestros, de inferior preparación intelectual, intentaban convencernos de la conveniencia de la práctica sexual y de los males que, para la salud, acarreaba la continencia. Era algo, no organizado, repetimos, pero que se vivía.

Afortunadamente, en los colegios religiosos se encarecía a los jóvenes a la guarda de la castidad. Pero éramos minoría los que pasábamos por ellos. Su labor era efectiva. Recordamos las obras de un Obispo húngaro, Mons. Thiamer Toth, estupendas. De ellas se sirvió en Señor para que apostásemos por la castidad y fuéramos capaces de guardar el mandamiento de la Ley de Dios que dice: “no fornicar”.

Esa formación a favor de la castidad no llegaba a todos. Por eso la mayoría de los jóvenes pecaban. La variedad en la forma de los pecados era muy amplia. Desde la simple asistencia a los prostíbulos, hasta los planes en lo que siempre se añadían otros pecados colaterales: engaño, violencia, robo, etc.

Hoy han cambiado las circunstancias. En la vida pública está abolido el sexto mandamiento. A los adolescentes se les imparte una educación sexual que es una simple incitación a su práctica. Las jóvenes, sobre todo en verano, exhiben impúdicas sus encantos. Para guardar la castidad, los jóvenes de hoy lo tienen mucho peor que nosotros hace setenta años. Por eso, si entonces se pecaba, ahora mucho más. Y, correspondientemente, han aumentado los crímenes colaterales.

Los gobiernos se han dado cuenta del problema. Se han establecido medidas policiales que no sirven para nada. Pues el pecado no se ataja con ellas. La sociedad está mucho más concienciada. Al menos de eso se alardea. Y se prodigan las manifestaciones de protesta contra los abusos sexuales de los jóvenes. Se discute si se trata de violaciones o de abusos. La polémica ha llegado hasta las instancias judiciales. Pero ninguno se atreve a proclamar que el sexto mandamiento de la Ley de Dios, es no fornicar. Sería curioso que alguien apareciera en una manifestación con una pancarta que lo proclamara. ¿Cuánto tiempo iba a durar la pancarta sin ser destrozada?

Y desde estas líneas anunciamos que la violencia sexual irá en aumento. Cada varón es un violador en potencia. Nosotros, los jóvenes castos de mediados del siglo pasado, éramos potenciales violadores. No llegábamos a serlo en acto, porque la gracia de Dios nos asistía.

Hoy pretenden acabar con la violencia a base de retórica, protocolos policiales y manifestaciones. Dejando a un lado la Ley de Dios y el auxilio de su gracia. Mientras se exalta la libertad para acceder al goce y se incita a ello. Es la historia eterna de un sistema que pone tronos a los principios y cadalsos a las consecuencias.

 

 

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