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28 de octubre de 2023 1

La Iglesia, entre la fidelidad y la bancarrota

(por Javier Urcelay)

El cardenal Ratzinger/Benedicto XVI fue un gran regalo de Dios a su Iglesia. Su magisterio es un faro de luz para orientarnos en las brumas de este siglo XXI en el que la humanidad -y también parte de la misma Iglesia- parecen haber perdido el Norte.

Varias veces he recomendado la lectura del libro “Cooperadores de la Verdad. Una meditación para cada día del año”, con textos escogidos del gran teólogo y pontífice bávaro. Su lectura es un pozo de sabiduría y hondura inagotables. A veces tanta, de lo uno y lo otro, que nos supera y no somos capaces de penetrarlas en todo su significado. Y esas hojas hay que pasarlas sin descorazonarse. Pero raro es que pasen unas pocas páginas sin tropezarnos con una de esas joyas que son como un destello luminoso en la oscuridad de nuestro tiempo. Y eso es lo que convierte al libro en un verdadero tesoro.

La meditación leída hoy no me resisto a la tentación de compartirla, en estos tiempos de sinodalidades, pronunciamientos audaces de algunos sectores de la Iglesia y silencios de otros -a veces más dolorosos-, que causan perplejidad y desazón entre los católicos educados en la fe tradicional de la Iglesia.

Para Ratzinger/Benedicto XVI, analizar el deseo, del que tanto se habla, de renovar o “poner al día” el cristianismo, no debería depender de la pregunta ¿cuáles son las exigencias de los tiempos modernos?, que parece ser la base de partida de tantos eclesiásticos insatisfechos con los contenidos tradicionales del Magisterio, sino de esta otra: ¿qué es lo propiamente cristiano?

Es, por tanto, una cuestión de perspectiva. Y aquí la reflexión de Ratzinger, que tanto bien haría que se tomara en cuenta:

“El cristianismo no es un gran almacén que deba adaptar temerosa y preocupadamente su propaganda al gusto y al humor del público, a fin de vender una mercancía que los clientes no quieren ni tampoco precisan. Por desgracia este modo de proceder no es infrecuente. Con todo, si así fuera en realidad, se debería admitir tranquilamente la bancarrota de la empresa.

La verdad es que la fe cristiana es más bien -por decirlo con una imagen ciertamente unilateral y débil- la medicina divina que, para no echar a perder a los clientes, no se debe administrar según sus gustos y deseo, sino que ha de exigirles, más bien, que se aparten de las necesidades imaginarias, que constituyen su verdadera enfermedad, y confíen en la orientación de la fe.

A partir de esta idea nos será posible separar la verdadera renovación de la falsa. Ella nos autoriza a decir que la verdadera reforma es la que se esfuerza en manifestar lo verdaderamente cristiano, que se haya oculto, y se deja alentar y formar por ella; la falsa renovación, por su parte, es la que corre detrás de los hombres en lugar de dirigirlos, transformando de ese modo el cristianismo en una tienda en quiebra que busca clientela a gritos”.*

A veces, desgraciadamente, esa es la impresión que producen algunas voces en la Iglesia imbuidas de mundanidad: la de una tienda en quiebra, que busca desesperadamente clientela -ante el vaciamiento de los templos que su propia vaciedad ha producido- rebajando cada día las rebajas del día anterior, agudizando y acelerando así su ruina.

Volver una y otra vez a la fuente viva del Evangelio, predicar la obra redentora de Cristo que nos libra de la esclavitud del pecado, modelarnos por el Espíritu Santo mediante los Sacramentos, dirigir las almas al Cielo…esa es la labor de la Iglesia, siempre actual y siempre vigente, con una juventud que nunca se marchita. Esa es la misión de un cristianismo llamado a ser luz de un mundo en oscuridad, sal que vivifica e impide la descomposición de una vida apartada de Dios, y levadura que fermenta la masa, sometiendo a las necesidades imaginarias – que constituyen, sin saberlo, “la verdadera enfermedad”-, para centrarnos en las verdades eternas. Sus frutos son la conversión y la santidad, únicas fuerzas capaces de transformar el mundo desde su raíz, y la garantía de perduración de la Iglesia por los siglos.

Para otra cosa, para acomodarse a los gustos y deseos de los hombres, para hacer suyos los paradigmas de una cultura moderna en la que se prescinde de Dios, para correr detrás de los hombres en vez de guiarlos, la Iglesia ni hace falta ni se la necesita. Y, si fuera así, “se debería admitir tranquilamente la bancarrota de la empresa”.

 

Ratzinger, Joseph: Cooperadores de la Verdad.  Madrid, Rialp, 2021, pág. 411
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Un comentario en “La Iglesia, entre la fidelidad y la bancarrota

  1. José Fermín

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