17 de octubre de 2018 0

La exhumación de Franco

Leí en un “tebeo” de mi niñez que, después de la batalla de Mühlberg, Carlos I entró en Worms. Allí contempló la tumba de Lutero. Alguno de sus acompañantes le sugirió que exhumase y dispersase sus restos. El emperador replicó:” Yo no hago la guerra a los muertos”. Quedé impresionado por la nobleza del monarca.

Por eso, el afán de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos me parece una bellaquería, indigna de caballeros. Y la cantidad de voces que se levantan apoyándola es una prueba de lo bajo a que ha llegado la política en este País.

Desde que comenzó la construcción del conjunto del Valle de los Caídos, me pareció improcedente por el dispendio que suponía. España tenía muchas necesidades y no necesitaba ningún monumento para glorificar la Cruzada. Ésta se glorificaba a sí misma.

Por el tiempo de su inauguración asistí a unos ejercicios espirituales. El director era un conocido sacerdote, tanto por su elocuencia como por su separatismo. Aprovechó la oportunidad para decirnos que en España no necesitábamos nuevos escoriales. Mi comentario fue: yo no he venido a que me diga eso, que ya lo sabía, sino a que me haga reflexionar sobre las verdades que me llevarán a la eterna salvación.

La Cruzada fue necesaria. Gracias a la Victoria, salimos de un caos, nos libramos de la peor de las tiranías. Los que vivimos la guerra en las dos zonas, podemos proclamarlo. La verdad es lo ocurrido, no las soflamas que nos repiten desde el poder. Unos mienten descaradamente y otros asienten cobardemente. Sirva esta declaración para que se comprenda mi postura ante los acontecimientos de estos días.

Decir que la guerra la ganó Franco, es una manera de hablar que no refleja la verdad entera. Un compañero de profesión, que había participado en la contienda como alférez provisional repetía: “cuando Franco y yo, con otro medio millón de personas, ganamos la guerra …”. Esa es la verdad. Franco dirigió al bando que triunfó. No le regateamos ningún mérito. Pero desde entonces, nos pareció excesivo el incienso que le dedicaban. La culpa no era de él. Sino de los que movían el “botafumeiro”. Muchos de los cuales se habían mantenido muy lejos de los frentes durante la contienda.

Lo mismo hemos de decir de las cuatro décadas escasas que duró su gobierno. Tuvo sus fallos, que en su momento criticamos los carlistas. Pero del campo democrático no ha salido un político que se le pueda comparar.

Para defender hoy su figura, no nos mueve el afecto a su persona, sino el amor a la Verdad y la lealtad a los principios que informaron la Cruzada. Porque cuando atacan la figura de Franco, lo hacen al bando que al grito de “por Dios y por España”, nos libró de caer en una dictadura comunista.  Por haber promovido el lema y porque no claudicamos, como carlistas, tenemos que hacer frente a los hoy reniegan de Dios y están hundiendo a España.

El Valle de los Caídos no se debería de haber construido. Pero se construyó y ahí está. Destruirlo es propio de salvajes, Y exhumar a los que allí están enterrados propio de bellacos.

A Franco había que haberlo criticado mientras gobernaba. Cuando sus posibles errores podían ser remediados. Pero entonces todo era incienso. Excesivos elogios que caían en lo ridículo. Lo mismo que hoy todo son improperios contra su memoria.

El Valle de los Caídos debe permanecer tal como está. Es historia. Destruirlo o modificarlo oculta esa historia. Quienes piensan que recuerda hechos vergonzosos, deberían considerar que su presencia nos advierte de unos males (a su juicio)  que afligieron a nuestra Patria. Su recuerdo debe perdurar para que sirva de enseñanza y las futuras generaciones no vuelvan a caer en los mismos errores. Pero estas reflexiones no sirven para los que quieren destruirlo. Son incapaces de reflexionar.

¿Dónde están hoy los nietos de quienes incensaba a Franco mientras vivió? En gran parte son los que piden su exhumación.

Zortzigarrentzale.

4,5
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