23 de enero de 2020 0 / /

La cuestión fundamental de la Política

Artículo escrito por Javier Urcelay y publicado en la web del Museo Carlista de Madrid

Hoy no se entiende qué es la Revolución, así, con mayúsculas y artículo determinado.

Por Revolución no nos referimos a las revueltas sociales, más o menos violentas, ni a las algaradas o disturbios que, eventualmente, puedan conducir a un derrocamiento del poder constituido. Por ejemplo, las llamadas primaveras árabes que acabaron en Egipto, Túnez o Libia con sus gobernantes, o la reciente de Bolivia que puso fin al mandato de Evo Morales. Ni siquiera el Mayo francés o la revolución actual de los chalecos amarillos o los sucesos que tienen lugar en Hong-Kong. Eso son o pueden ser revoluciones, pero no son la Revolución (aunque puedan ser expresiones de ella).

Por Revolución entendemos la pretensión de crear un orden social y político al margen de Dios, construido por la voluntad autónoma del hombre, convertido en único autor de su destino. Y esa pretensión puede ser violenta o pacífica, aparentemente destructora o aparentemente civilizada, puesta en práctica por manifestantes radicales o expresada con ribetes intelectuales por editorialistas o profesores universitarios de finos modales.

La Revolución, con mayúsculas, es tan antigua como la propia humanidad y, hablando desde un punto de vista teológico, tiene su origen último en el Non serviam pronunciado por Luzbel en su rebelión contra Dios.

En su expresión histórica, la Revolución es un proceso que en el mundo de las ideas arranca con el protestantismo, sigue con la Ilustración y el liberalismo, y deriva después en el marxismo y sus postrimerías, como son la ideología de género y el progresismo al que apela Pedro Sánchez.

La oposición a la Revolución, así entendida, no es hacer la revolución al contrario -eso puede ser el desiderátum de la CIA, los fascismos o de algunas dictaduras-, sino hacer lo contrario de la Revolución. O, dicho en palabras de San Pío X, restaurar todo un mundo desde sus cimientos situados en la ley divina y la ley natural.

Y ello no significa defender una suerte de teocracia al modo de los fundamentalismos islámicos, ni pretender mezclar la religión con la política, que son campos claramente distintos: “Hay que dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, nos enseñó el mismo Jesucristo. Pero sí entender que en el mundo existe una ley natural basada en la propia naturaleza del hombre y de la sociedad , que es anterior al derecho positivo, y que éste debe respetar; y entender también que el hombre tiene un destino trascendente, que va más allá de su vida terrenal, y al que el orden social y las leyes deben coadyuvar y no oponerse.

Este orden social y político reconocedor de la ley divina y basado en el derecho natural, tuvo su expresión histórica en el régimen de la Cristiandad, cuya demolición ideológica y práctica ha sido el principal empeño de la Revolución en los últimos tres siglos. Empeño que perdura en la actualidad, aún con mayor determinación si cabe.

Hoy en día esta cuestión fundamental, el antagonismo Revolución-Contrarrevolución, resulta difícil de comprender para los hombres de nuestro tiempo, acostumbrados a respirar desde hace ya muchos decenios el aire viciado de la cultura moderna, edificada sobre los pilares de Rousseau, Voltaire, Freud, Darwin, Marx, Nietzsche…

Perdida esta perspectiva fundamental, creen que el problema es elegir entre progresistas o conservadores, cuando en realidad no se trata más que de dos velocidades distintas de un mismo proceso revolucionario.

El Carlismo representó durante todo el siglo XIX la lucha del pueblo español contra la Revolución. Mantenida durante más de un siglo, en tres guerras, muchas veces vencido pero nunca derrotado, fue la bandera del catolicismo español consciente de las implicaciones de su Fe en el orden político.

La dificultad para el Carlismo actual es, en un contexto muy diferente, hacerse entender cuando tanto las mentalidades como las propias palabras, han sufrido una profunda transformación y desgaste.

Entre los siglos XVI y primer tercio del siglo XX, cuando la Cristiandad se batía, incluso con las armas, contra la Revolución, todo el mundo sabía qué se defendía y contra qué se luchaba. Hoy, dos siglos después de que las ideas revolucionarias campeen a sus anchas por escuelas, medios de comunicación y manifestaciones culturales de todo tipo, ya nadie sabe ni de qué se está a favor ni cuáles son los términos de la disyuntiva.

Por eso resulta un faro de luz y una valiosísima guía el texto de Benedicto XVI que entresaco de su Jesús de Nazaret (1), que vuelve a situar ante nuestra razón y nuestro corazón la cuestión fundamental, el nudo gordiano, el dilema clave, la alternativa vital ante la que, inexcusablemente, tenemos que posicionarnos, tanto personalmente como políticamente:

“El núcleo de toda tentación es dejar al margen a Dios, el cual, comparado con todo lo que parece urgente en nuestra vida, es visto como secundario, cuando no superfluo y molesto. Organizar el mundo por cuenta propia, sin Dios, confiar en lo propio, reconocer realidad sólo a los hechos políticos y materiales y apartar a Dios como si fuera una ilusión, esta es la tentación que nos amenaza adoptando múltiples figuras.

Parte esencial de la tentación es su revestimiento moral: no nos invita directamente al mal, eso sería demasiado tosco. Finge mostrarnos la mejor opción: dejar de lado definitivamente las ilusiones y dedicarnos enérgicamente a mejorar el mundo. Se presenta además con la pretensión de encarnar el verdadero realismo: lo real es lo constatable: el poder y el pan; las cosas de Dios, en cambio, parecen irreales, un mundo secundario que en realidad no hace falta.

Se trata de Dios: ¿es él real, es la realidad misma, o no lo es? ¿Es bueno, o debemos inventar lo bueno por nosotros mismos? La cuestión de Dios es la cuestión fundamental que nos sitúa en la encrucijada de la existencia humana.”

Recomiendo leer y releer este breve texto, reflexionar sobre él, sacar el jugo a cada frase, porque nada es baladí o redundante, difundirlo y darlo a conocer.

Aquí se encuentra la clave. Y todo lo demás es distraernos.

(1) Benedicto XVI: Jesús de Nazaret. Madrid: Ediciones Encuentro, 2018, pág. 160

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