22 de mayo de 2019 0 /

Jurar por Dios y por España

Los diez diputados de Vox en el Parlamento autonómico de Valencia han jurado su cargo “por Dios y por España” con una mano sobre una Biblia y un crucifijo.

Tal hecho ha provocado todo tipo de reacciones tanto entre la clase política como en los medios de comunicación. Muchos lo ven como una señal más de que Vox es un partido de extrema derecha. Hay incluso quien acusa a la formación de Santiago Abascal de querer volver al nacional-catolicismo.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Vox sigue siendo hoy el mismo partido liberal-conservador que era antes de ese acto en las Cortes valencianas.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge las condiciones para que un juramento por Dios sea lícito:

2153 Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: “no perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos”. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno… sea vuestro lenguaje: “sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5, 33-34.37; cf St 5, 12). Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones.

2154 Siguiendo a san Pablo (cf 2 Co 1, 23; Ga 1, 20), la Tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). “El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia” (CIC can. 1199, §1).

¿Existe una causa grave y justa para jurar por Dios como diputado de un parlamento en España, sea el nacional o autonómico? ¿puede prestarse con verdad, sensatez y justicia?

Recordemos las palabras del cardenal Marcelo González, arzobispo de Toledo y Primado de España, antes del referéndum de la Constitución de 1978:

Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica –que se sitúa en una posición de neutralidad ante los valores cristianos- a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. No vemos cómo se concilia esto con el “deber moral de las sociedades para con la verdadera religión”, reafirmado por el Concilio Vaticano II en su declaración sobre libertad religiosa (DH, 1). No se trata de un puro nominalismo. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.

Decía acertadamente don Marcelo que el nombre de Dios puede ser invocado en vano. Fue el caso de la Constitución liberal de 1812 en Cádiz, la famosa “Pepa”. Su artículo 12 rezaba así.

La Religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, la única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el exercicio de cualquier otra.

Puro nominalismo vacuo, como se demostró, entre otras medidas, con la abolición de la Inquisición española en febrero de 1813.

Los diputados valencianos de Vox juraron por Dios acatar una Constitución agnóstica, una Constitución que niega la realeza de Cristo, una Constitución que ha traído todo tipo de leyes inicuas que han sumido a España en un camino de apostasía que no parece tener fin. Y el estatuto de autonomía de la Comunidad valenciana, al que también juraron acatar, es un hijo de dicha Constitución.

Los dirigentes de Vox han dicho por activa y por pasiva que están contra el estado de las autonomías porque pone en peligro la unidad de España. Niego la mayor. Lo que está acabando no ya con la unidad de España sino con la existencia de este país es la pérdida de su unidad católica. Como bien escribió proféticamente don Marcelino Menéndez Pelayo:

«España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea»
Historia de los heterodoxos españoles, volumen 2.

Aunque no se puede equiparar sin más las autonomías a los fueros, bien sabemos por la historia de España que la unidad de nuestra patria no corrió peligro por el reconocimiento de derechos locales (fueros). Y aunque el término “nacionalidad” referido a la realidad de ciertos pueblos de España ha demostrado ser tan peligroso como indicó don Blas Piñar en el Parlamento español…:

“En la Constitución, entre otras contradicciones, hay una evidente: el mantener el principio de la unidad indivisible de España y el principio de las nacionalidades. Y como la posibilidad de equilibrar nación con nacionalidades no existe, resulta que en estos momentos los poderes públicos de los entes autonómicos, en muchos casos y circunstancias no hacen la exaltación de una nacionalidad dentro de esa nación única e indivisible sino, como se ha dicho, de la propia personalidas nacional de lo que entendíamos que era tan solo una región española”.

… sigue siendo cierto que lo que mata a España es sobre todo el abandono de Cristo y de su Madre, Madre nuestra. Un abandono que no cabe atribuir solo al régimen político que rige este país desde hace 40 años, pero que es sin duda un fruto visible del mismo.

Es por ello que creo de justicia afirmar que el gesto de los diputados de Vox, aun reconociendo lo de positivo que tiene introducir de nuevo el factor “Dios” en el ámbito político, se acerca mucho a lo que puede ser calificado como un juramento en vano.

¡Viva Cristo Rey!

Luis Fernando Pérez Bustamante

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