15 de diciembre de 2017 0

Gracias, Miguel… por todo

Querido Miguel,

Voy a hacer uso de los tópicos literarios, escribiéndole una carta, a pesar de estar ya muerto, para agradecerle su existencia. Yo a usted no le he conocido mucho y por eso, me imagino, voy a ser muy pobre en mis palabras. De todas maneras me animo a escribirle más allá de la muerte y resurrección que todavía nos separa.

Algunas veces hemos compartido comidas de celebración de la Inmaculada o tiempo en las manifestaciones mensuales para protestar contra el aborto delante del Parlamento de Navarra. Me imagino que le sonaría mi cara en otras circunstancias. Alguna vez he tenido la oportunidad de verle en su casa, mientras visitaba a Marigena, aunque usted, en alma, ya se encontraba con la inocencia de los niños. Pero más allá de eso no he cruzado muchas palabras con usted. Sí que he oído del ilustre Miguel Garísoain, el que fue uno de los artífices del Congreso de Unidad Carlista en 1986, el que fue un magnífico político y candidato en aquellos tiempos en los que la CTC acababa de ser reconstituida. A raíz de estos recuerdos, me preguntaba hoy ¿que tengo que agradecer a Dios por usted, más allá de la política? Su existencia, claro.

He tenido la oportunidad de conocer a Javier Garísoain, actual secretario general de la CTC y al que admiro –lo confieso– por su trabajo infatigable y su optimismo realista con respecto a la política y a mejorar nuestra España medio rota. Me parece que lo ha heredado de usted y a mi, personalmente, me ha enseñado que esa ilusión hay que trasladarla a todos los ámbitos de la vida. También he compartido muchos momentos con Santiago Garísoain, sacerdote, y sobre todo el cambio que supuso en mi vida de fe conocer la Renovación Carismática Católica, cuando yo estaba casi muerto espiritualmente. En la misma Renovación, he conocido de manera más cercana a Pablo Garísoain y a su mujer Patricia, bellísimas personas –y me quedo corto– con las que compartir alabanzas a Dios y comunidad. Pero el contacto que ha dejado una honda huella en mi alma fue con Maria Eugenia, su esposa, con la que compartí algunas tardes en los últimos meses de su vida, hablando de Dios y de otros temas importantes. Estuve delante de una persona buena, honesta, cristiana… de esas que te producen una admiración recóndita e inexplicable con palabras. No quiero ponerme a soltar una retahíla de elogios. Tampoco es que la conociera mucho tampoco. Simplemente –y ahora tú sí lo puedes entender– lo puedo asemejar a lo que me hacía sentir mi abuelita Elvira, que también producía ese efecto en las personas: daba paz, sosiego, esperanza, alegría a su alrededor. Pocas personas son así, y lo sabe. Ver a otra mujer de esa categoría astronómica fue muy fuerte.

Usted hizo posible, junto a “Marigena”, esta magnífica familia (también a los que no he incluido, por no conocerlos casi nada). Por tu existencia precisamente quiero dar gracias a Dios. Y a ti por elegir a Maria Eugenia y porque María Eugenia te eligiera a tí. Por tus magníficos hijos. Por todo lo que hiciste para que el Carlismo se recompusiera. Por ser un padre de familia católico, no solo comprometido con los tuyos, sino con los españoles. Gracias por lo que me dejo en el tintero. Gracias.

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