17 de enero de 2018 0

Es inútil y sale muy caro

Para comprender lo absurdo de las aspiraciones de los separatistas, no hay más que  observar atentamente las relaciones de, todo tipo, existentes entre la región que reclama la independencia y el resto de España. Y considerar los perjuicios que, para todos, supondría la ruptura de las mismas.
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Ciñéndonos a Cataluña, tenemos el “puente aéreo” con sus miles de usuarios. Los trenes de alta velocidad. Pensamos que para algo sirven. Imaginamos las molestias que para sus usuarios supondría la instalación de una frontera en medio del trayecto. 
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En el Valle de Ayala, al norte de la provincia de Álava, circulaba hace años una coplilla burlesca. 
Decía así:
Las monjas de Quejana
se quieren casar
y el cura les dice
hablar por hablar. ​
Se solía recordar cuando alguna reclamación de grupo no tenía ningún fundamento. Pues la actitud frente a las aspiraciones separatistas debe ser la misma ​hablar por hablar.​ No se tenía que tomar en consideración. No había que perder el tiempo discutiéndolas. 
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Sin embargo, dentro de este sistema liberal, que diviniza todas las opiniones, se ha producido una polémica estéril. Y en ella toman parte, culpable, quienes aspiran a la utopía y quienes se oponen a ella. Los unos manejan una batería de sinrazones. Los otros pretenden rebatir las sinrazones con argumentos doctrinales. Argumentos que prescinden de la realidad. De la prosaica realidad que tiene mucho más valor que todos los tratados de derecho político. 
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La desgracia de este sistema que padecemos, es que no existe una autoridad que pueda decir a los separatistas ​hablar por hablar​ y hacer caso omiso a sus prédicas. Al contrario, el sistema facilita a todos medios de actuación para provocar conflictos en base a las más absurdas proposiciones. Lo estamos viviendo. 
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Un catalán presenció el pasado día de Corpus la procesión en un pueblo de Vizcaya. Los niños, que habían hecho la Primera Comunión en las semanas anteriores, acompañaban al Santísimo Sacramento llevando unas cestitas con pétalos de rosa que, cuando el celebrante impartió la bendición con la Custodia, los lanzaron sobre el Señor. El catalán asombrado preguntó: “¿quién paga eso?”. Los circunstantes se rieron con gana. 
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Lo maravilloso, por una parte, y que a la vez de muestra la falta de catalanidad de los separatistas catalanes, es que a ninguno de ellos se les haya ocurrido preguntarse “¿quién va a pagar esto?”. No se trata, es este caso, de unas docenas de rosas deshechas en sus pétalos. 
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Son muchos millones con los que se podrían remediar muchas necesidades. Los separatistas catalanes carecen de los que siempre se ha atribuido a los catalanes en grado sumo: el “seny”. Y el mal no radica sólo en Cataluña. Sino en un sistema político en que no hay quien ejerza una autoridad y, ante pretensiones tan absurdas, ponga un poco de sensatez. Pronuncie un despectivo “hablar por hablar” y prescinda de esa discusión; tan estéril como la polémica sobre el sexo de los ángeles. 
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Mientras nuestros políticos dilapidan nuestros impuestos, los sacerdotes piden más recursos porque Cáritas se ve desbordada por los que buscan su ayuda. 
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