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22 de abril de 2023 0

Ernesto Ladrón de Guevara analiza la creación de las universidades en la evangelización y culturización de América

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Ernesto Ladrón de Guevara es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Y entre otros libros es autor de Nueva Defensa de la Hispanidad y La Hispanidad descompuesta. También es fundador y secretario del colectivo hispanista UNIDAD HISPANISTA, y tesorero de la Asociación HABLAMOS ESPAÑOL.

¿Qué supone para usted participar un proyecto como Cartas Hispanistas al Rey de España?

Un honor muy grande y una responsabilidad no menos grande. Este libro representa el esfuerzo de un buen ramillete de hispanistas, la mayor parte de ellos con una trayectoria mucho más dilatada que la mía en este campo. Parte importante de los 16 autores que escribimos capítulos de este libro proceden del otro lado del Atlántico, de aquellos países creados a partir de las independencias promovidas por criollos que intentaban hacer fortuna con los enemigos de España, aprovechándose de la debilidad de nuestra Nación tras la Guerra de la Independencia y las felonías borbónicas de comienzos de aquel nefasto siglo. Es decir, de la España peninsular y de la España fragmentada de Hispanoamérica.

Y este libro aparece precisamente en el momento más delicado por los efectos de una ingeniería que lleva décadas persiguiendo el objetivo de llevar a la España peninsular al mismo proceso de descomposición que vivió durante el siglo XIX aquella parte de las Españas por parecidos protagonistas. En estos momentos, por unos personajes que rinden pleitesía al Globalismo de la Agenda 2030 y están empeñados en la eliminación de las soberanías nacionales; y de aquel mundo anglo y sionista aliado a la masonería que rompió la Hispanidad en aquel momento. Y están también empeñados en socavar la presencia del sustrato antropológico, cultural y religioso del catolicismo.. Eso sí, ayudados muy eficazmente por la ambición de pescadores de ríos revueltos.

Y todo esto sucede en un momento ya tardío, pero no irreversible. La izquierda del Foro Sao Paulo ligada a los intereses anglo-yankis trata de llevar el pescado a sus redes. Ellos tratan de aprovechar el movimiento para la extensión de la influencia castrista a todo el cono sur de América.

Esta es mi opinión, que no tiene por qué coincidir miméticamente con la de los demás autores del libro.

¿Qué importancia tuvo la creación de las universidades en la evangelización y culturización de América?

Hasta la llegada de las ideas de la Ilustración, en el siglo XVIII y la influencia, sobre todo, de Rousseau y su naturalismo por el cual había que hacer tabla rasa de toda la herencia cultural y antropológica anterior, es decir del Escolasticismo, la génesis de las universidades, durante los siglos XVI y XVII, las universidades nacidas de la mano española en América, tenían una impronta característicamente católica y su finalidad principal era la del desarrollo humanista cristiano a la vez que se formaban cuadros para gestionar las estructuras de las administraciones como los cabildos, audiencias, etc que eran copias miméticas de las de la España peninsular. En lugar de formar a dichos cuadros, normalmente con personal peninsular pero también con la aristocracia india, en la Península, trasladaron el mismo modelo de las universidades Salmantina y de Alcalá de Henares allí.

Hay que destacar que esas universidades, salvo las dos que de forma exclusiva fueron fundadas por el emperador, se hicieron con bula papal, autorizadas por el emperador, y por iniciativa de congregaciones religiosas, normalmente dominicos y franciscanos, y más tardíamente, en el siglo XVII por jesuitas. Pero las enseñanzas tenían como eje la Teología, y como propósito principal formar a clérigos o divulgadores que fueran propagadores del Evangelio y la idea del cristianismo como forma de vida, que era el núcleo del proceso civilizatorio allí.

¿Cuál era la intención más noble detrás de ese poderoso esfuerzo educativo?

Había dos niveles de actuación. Por una parte, dotar de herramientas a los indios para leer y escribir, básicamente; y la formación superior con orientación humanística, pero también en Medicina y Derecho, habida cuenta de que una de las misiones de las encomiendas era cuidar a los aborígenes y respetarlos, siguiendo el mandato del testamento de Isabel y las pautas nacidas de las leyes de Indias. Pensemos que para formar a los visitadores y a los juristas allí se necesitaba gente formada en la estructura del conocimiento que contenían las múltiples leyes de Indias que fueron compiladas por Solórzano en el siglo XVII. Era un entramado complejo de disposiciones que regulaban desde los derechos de los indios, hasta la vida laboral, normas administrativas y régimen de gobierno, etc. Y todo este cuerpo jurídico tenía como fuente las siete partidas de Alfonso X el Sabio y la doctrina de Burgos, Salamanca y Valladolid a instancias del emperador Carlos I.

Y para ello se necesitaban leguleyos que dotaran de personal a las audiencias, y demás conglomerado institucional, así como personal administrador. No pensemos que aquello fue una conquista de ocupación sin más. Allí se trasladó todo un sistema organizativo calcado del que había en las ciudades españolas. Una obra gigantesca, y para ello se necesitaba gente formada. Pero el trasunto principal era el teológico, hasta el siglo XVIII, sobre todo con Carlos III, que tuvo una orientación más tecnológica y aplicativa al desarrollo económico y comercial. Una visión más mundana que desposeyó a las congregaciones religiosas de su primacía.

¿Cuáles son los frutos que dieron estas primeras universidades, que luego impulsarían otras muchas?

Fundamentalmente las primeras universidades fueron el acicate para que surgieran otras por doquier. La prueba de la influencia que tuvieron en la génesis antropológica en aquellas tierras lejanas fue que había una gran rivalidad entre congregaciones, hasta llegar incluso a disputas que tenían que ser arbitradas, casi siempre de forma salomónica por el Papa y el Rey, sancionando el segundo tras el acuerdo propuesto por el primero. Jesuitas y dominicos tenían pugnas por la primacía y, por ejemplo, en la Universidad de Santa Fé de Bogotá se resolvió, tras una primera derrota de los jesuitas a favor de los dominicos y la persistencia insistente de los jesuitas que no cejaron en el empeño, el arbitraje del Papa Paulo V por bula papal que resumía el reparto de los privilegios sin diferencias.

Es decir, esa, llamémosle en tono positivo, pelea entre órdenes indica la enorme importancia que tenían estas instituciones en el acerbo de la época y su prestigio. De tal manera que tras las tres primeras universidades, en Santo Domingo, Lima y México llegaron en cascada otras 29 universidades en diferentes puntos del territorio hispanoamericano, todo ello entre el año 1538 y el año 1812. A mí me constan 22, pero Marcelo Gullo recoge en su libro Madre Patria diez más. No me cabe duda de que son las que relaciona Gullo, es decir 32 universidades.

Hay muchas cosas que dan prueba de la enorme obra de la Hispanidad fundamentalmente entre los siglos XVI y XVII, pero la proliferación de universidades es la prueba del algodón. Cuando en el mundo angloamericano en el siglo XVII fue fundada la primera universidad de Harvard ya habían sido creadas dieciséis en las provincias hispanoamericanas. Y la primera universidad en Brasil fue puesta en marcha en 1920. Esta comparación es demoledora y no necesita comentarios. Lo que parece inaudito es que aún haya quien esté embaucado por la gran mentira de la Leyenda Negra.

¿Hasta que punto fue importante que España fuese la pionera en este campo sacando un siglo a Inglaterra y tres a Brasil?

Para entender la importancia hay que partir del análisis filosófico-antropológico del fenómeno. Esto da la prueba de la diferencia de enfoque en los procesos de conquista impulsados por otras potencias del momento y posteriores y la española. Como dice el filósofo ya finado Gustavo Bueno, la obra de la Hispanidad en América representa el propósito generador en contraposición al enfoque depredador de todas las demás obras imperiales que fueron colonizadoras en esencia y bajo el signo del derecho de conquista, es decir del concepto de que quien ocupa tiene derecho a expoliar, decidir sobre bienes y vidas y poseer los bienes usurpados, sin respetar a sus legítimos poseedores; de los aborígenes que viven en el territorio. Ese es el criterio depredador que no respeta a quienes están ahí antes de la llegada de los conquistadores.

Sin embargo el principio de conquista y ocupación del territorio estaba regido en el caso de los españoles por un intrincado cuerpo jurídico derivado de los padres del derecho de gentes que fueron sobre todo Francisco de Vitoria, el Padre Mariana, Domingo de Soto y Francisco Suárez, bajo el espíritu del mandato testamentario de Isabel la Católica, que tenía en cuenta el derecho de las personas que allí estaban antes de los españoles a ser respetados en su dignidad, bienes y no ser ni esclavizados ni explotados. Hubo abusos, claro que sí, pero eran inspeccionados y sancionados. Existía la figura del visitador, que era un delegado regio para supervisar el cumplimiento de las disposiciones reales. Y, en el caso de que fueran descubiertos esos abusos, se castigaban con dureza.

Eso, a estas alturas es inapelable. En mi ciudad, Vitoria, hay una estatua representativa de Francisco de Vitoria, y en su trasera hay una lápida en la que una de las figuras más representativas del derecho internacional, James Brown Scott, reconoce al padre Vitoria como el creador de los primeros pasos del Derecho Internacional público. Hay que añadir que dicha estatua está en situación lamentable, casi en ruina, por el abandono de la clase política, que esto le trae al pairo.

Pues las universidades y la escolarización de los indios a su sombra reflejan ese hecho profundamente humanista. Una potencia que llega a un territorio con ánimo de conquista no posibilita la génesis de instituciones de este tipo si no tiene claro que está allí no para expoliar sino para generar civilización y cultura. Es una cuestión obvia.

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