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4 de marzo de 2021 0

El deslizamiento

(Por Javier Barraycoa) –

Las grandes tormentas acumulan toneladas de nieve en los picos más altivos que se dignan acogerlas, hasta que se cansan. Entonces lo que parecía un firme ornamento de la naturaleza, se desmorona provocando aterradores aludes. Los edificios más robustos se presentan como inalterables fortalezas que se sujetan el paso de los años. Como con las nieves cuasi eternas, casi nadie apercibe pequeños deslizamientos en sus bases y techumbres y el día más inesperado caen como por encanto, sembrando muerte y agonía. Las laderas de los barrancos viven impertérritas su quietud, hasta que una noche de torrencial lluvia deciden deslizar una masa de lodo que arrasa con todo lo que se les opone.

La vida social y política no deja de tener un comportamiento análogo. Hay épocas en la historia que todo parece asentado, firme e inamovible. Las monarquías y constituciones cuentan con el ingenuo beneplácito de las masas, hasta que un día llega la república y se remueven tronos y constituciones. Entonces se ensueñan nuevas, doradas y prolongadas etapas que durarán hasta el final de los tiempos, aunque en realidad sólo traen agitadas e interminables convulsiones. El parecido de los deslizamientos que se producen en la naturaleza con los provocados la política, son evidentes. Rara vez la masa sospecha la debilidad de un régimen. Rara vez la masa se esfuerza en rescatar al régimen que cae. Rara vez la masa se acuerda de que antaño, quizá pocos meses antes, existía un régimen al que había aplaudido y sostenido.

Los que peinamos canas y nos hemos educado políticamente bajos los consejos de labriegos y excombatientes, de almas sencillas de espíritu y de profundidad teológica, de hombres honrados que sólo buscaron el bien y rechazaron las tentaciones de las prebendas, algo realmente profundo aprendimos de ellos. Nos transmitieron que el mal siempre está ahí, acechando, germinando, creciendo. Permanece amagado hasta sentirse fuerte. Y aprendimos que cuando hay ocasión de derrotarlo, siempre algún ingenuo o malintencionado lo impide, argumentando que ese mal es demasiado pequeño para removerlo e incomodar a los que pueden hacer bien. También lo que nos transmitieron esas grandes almas ocultas a la vanagloria de este mundo, es que el mal pequeño -léase menor-, acaba creciendo y devorando todo bien que encuentra a su paso.

Y aquellos a los que no había que incomodar porque representaban el dique de contención del bien contra el mal, son siempre los primeros en mimetizarse con el mal vencedor y cambiarse de lado en el dique que había de defendernos. Así, de la noche a la mañana, lo que parecían regímenes consolidados, status quo pactados, instituciones inamovibles, caen ante el silencio cómplice de la masa. Eso ya no va con ellos. Los historiadores, siglos después, aún se sorprenden cómo cayeron los imperios, cómo las revoluciones guillotinaron reyes, cómo los Estados más consolidados se disgregaron en restos atomizados por las fuerzas centrífugas. Pero no hay lugar para la sorpresa, es una ley histórica.

Los errores fundantes en los regímenes, y no nos escondemos al poner como ejemplo el de 1978 en España, tarde o temprano afloran. Son como esas semillas que se filtran en los fundamentos de los edificios, se cuelan por sus paredes, van perturbando inapreciablemente el equilibrio, agrietan los cimientos, incluso asoman a la luz. Es entonces cuando algunos ingenuos optimistas quieren ver “brotes verdes”, cuando en realidad es un patente anuncio de la pronta demolición de una arquitectónica fallida. Como nuestros maestros labriegos, desde hace décadas, venimos denunciando que los que debían haber plantado grano de trigo en el solar de una Patria por reconstruir, quisieron que el grano conviviera con la cizaña. Todo en nombre del consenso, la pluralidad y la democracia.

Pero el edificio ya cruje, pocos lo oímos, pocos lo vemos, pero su fin es inevitable. Los que debían poner remedio no lo hicieron. De entre ellos pocos llorarán, de entre nosotros ninguno. Sólo nos cabe prepararnos para que el derrumbe no nos coja por medio, y que de los restos resultantes podamos elevar un nuevo edificio; esta vez sin mixturas ni grietas. Un edificio sólido, como el apretón de mano con el que sellaban los pactos, por su honor, los hombres honrados.

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