1 de agosto de 2018 0

El cine degenerado como arma de destrucción masiva

 

 

¿Es usted uno de esos consumidores que acuden con la borregiza los fines de semana a las multisalas de cine para deglutir el bodriete del mes? ¿O acaso se conforma con ver de tarde en tarde alguna peliculita por la caja tonta, tragando de paso cuanto anuncio le cuelen durante la emisión? ¿Tal vez rezuma esa sana cinefilia que sólo logra aliviar en las polvorientas salas de las filmotecas del Reino? ¿O entre el cúmulo de basura y abyección que le rodean, y ante el cierre de su videoclub habitual, ha tenido que ingeniárselas para conformar su propia videoteca personal? Preguntas prosaicas las aquí expuestas, que merecen sin embargo una pequeña reflexión.

He aquí una afirmación categórica: que en mayor o menor grado, todos somos esclavos de la imagen. Y es que cuando una imagen es proyectada sobre una pantalla en blanco, en una oscura sala, a una velocidad de veinticuatro fotogramas por segundo o así, la impresión puede ser demoledora, ¿o no? Sobre todo la primera vez. Siempre hay un comienzo, por eso es importante que el comienzo sea objetivamente bueno, en todos los órdenes. Permítaseme traerles un recuerdo de infancia, no por trivial menos sintomático.

Recuerdo muy bien que la primera película que pude ver en un cine fue Marcelino pan y vino, de Ladislao Vajda. Contaba cuatro años de edad, y a falta de un gran pasado cinematográfico que custodiar, aquella experiencia iba a ser, si no definitiva, sí al menos altamente estimulante. Sus imágenes, animadas por una vida misteriosa, parecían llamadas a dejar en mí algo más que una huella difusa. Lo más curioso del caso es que comencé viendo -que no visionando- la película por el final. En aquella ocasión (algo por lo demás infrecuente en un cine de pueblo) la iban a proyectar dos veces seguidas, y mis padres, con los horarios no muy claros, me metieron en la sala a oscuras con la primera sesión a punto de finalizar. Así que, sin mayores problemas, asistí a las últimas secuencias de esta mágica obra de arte sin mucha conciencia de lo que estaba descubriendo en pantalla. Terminada la primera sesión, y sin levantarme de la butaca, pude al fin encadenar con la segunda proyección y ver, ahora sí, la película completa, comprendiendo el final que previamente me habían destripado. ¡Y claro que comprendí! Recuerdo bien que aquella película me conmovió profundamente, pues salí del cine muy afligido, entre lágrimas. Pero no lloraba como el niño que llora porque le han arrancado de la mano su juguete o tiene hambre: lloraba porque en lo más hondo de mi ser un estremecimiento inefable, de signo místico, había sacudido las blandas raíces de mi espíritu a través del cinematógrafo. Aquel milagro revelado en pantalla, prodigio de sensibilidad y amor de Dios, potenciado por la cuidadísima estética trabajada por Vajda, no me podía dejar indiferente. Aquel día, no lo puedo dudar, fue mi bautismo como cinéfilo. Un bautismo acaso inconsciente (como les suele ocurrir a casi todos los bautizandos), pero certero en un sentido muy espiritual: de algún modo, comenzaba a amar el cine. Hasta aquí el recuerdo.

Muchos hemos tenido una primera película: para unos como quien aquí escribe, ésa fue Marcelino pan y vino, y fue muy bien; para otros habría de ser Sonrisas y lágrimas, y fue bien; para muchos más, tal vez La guerra de las galaxias o E.T., y fue; para tantos otros, Pulp fiction o Titanic, y seguro que no fue tan bien; para los más jóvenes, en fin, algún episodio de las sagas de Harry Potter, de Fast & Furious, de Crepúsculo, de… ¿y qué habrá sido de ellos?

Asistimos a una inexorable degradación del cinema en todos los órdenes. Hasta hace no muchos lustros, todavía podían descubrirse en las salas de cine películas estimables, con aciertos narrativos o estéticos, en las que se manifestaba al menos un cierto respeto por la inteligencia del público. Cineastas y realizadores, con ideas razonables más o menos pensadas, manifestaban su genio, su talento o su medianía profesional a través de sus respectivas puestas en escena, entregando trabajos que oscilaban entre la excelencia y la insignificancia. Por la pantalla transitaban (aunque cada vez menos) seres humanos de carne y hueso, íntegros, que conseguían arrastrar consigo al espectador, atrapándolo cuán larga era la proyección del filme. Estos tiempos ya han pasado y seguramente no volverán. El cine legítimo, para qué engañarnos, murió hace tiempo, posiblemente en la década de 1980, cuando los últimos maestros entregaban sus grandes obras postreras; desde entonces y hasta nuestros días, la esporádica aparición de algunas notables entregas aisladas no ha conseguido quebrar la sensación de vacío creativo y pérdida de sentido fílmico de una industria envilecida por el mercado y las consignas políticas dominantes, virtualmente mediatizada por seudolenguajes no cinematográficos como el del videoclip, el videojuego o el anuncio televisivo, sin descender a cotas más bajas.

Esta imparable degradación del cinema supone, y confirma, el triunfo del denominado cine degenerado, al que se ha dado impunemente vía libre para devastar las estructuras mentales de toda una generación ahogada en las letrinas del marxismo cultural. ¿Qué contra-valores promueve este anti-cine destinado a menoscabar la inteligencia del público y pervertir su moral? ¿Cómo logra imponerse este hollywoodismo de cloaca a las masas como parte del Sistema, aceptado y reverenciado?

Para empezar, es preciso abolir prejuicios y poner al cine degenerado (llamado por algunos analistas cine sionista) en su ínfimo lugar, con independencia de su factura formal/industrial o su (falso) prestigio crítico: sea un subproducto de serie Z al servicio de algún culturista del momento destinado al mercado del vídeo, sea una publicitada superproducción destinada a inflar las taquillas y de paso arrasar en la entrega de los Óscar, la composición química de los ingredientes siempre suele ser la misma, si bien unos ingredientes presentan mayor calidad/entidad que otros, pese a que su composición, insistimos, sea la misma. Vayamos por partes.

Primero, ¿cómo identificar este tipo de productos? Cada día que pasa es más fácil desenmascarar este fraude que llamamos cine degenerado, sólo hay que estar atentos al detrito gelatinoso que nos van a servir en el plato. Se calcula que en torno al 90% de las producciones del Hollywood coetáneo y en menor porcentaje las de sus satélites (entre ellos el cine español de nuestros días) puede catalogarse como cine degenerado, y es que el cine degenerado de 2018 resulta obviamente mucho más identificable y prolífico que el de 1998, y ya no digamos que el de 1978: su rastrera naturaleza instrumental ya no intenta siquiera ocultar lo escandaloso de sus presupuestos: lo que antaño se intentaba ocultar y colar de forma subliminal en la mente del adormecido espectador, hoy se muestra y ensalza con un regodeo francamente escandaloso. Pero muchos espectadores, narcotizados y alienados en esta barbarie, tragan y digieren sin cuestionar nada de lo que ven y oyen, ya que ni visionan ni escuchan. Dos características mínimas, al menos, confirman y desenmascaran el cine degenerado como lo que en verdad es (la mayor fábrica de lavado de cerebro y creación de estereotipos del globo), a saber:

1) La promoción descarada de los contra-valores, debidamente dosificados o magnificados a lo largo de unos metrajes, por lo general, intercambiables y embrutecedores, entre efectistas y alambicados, haciendo gala de todos y cada uno de los tics de la posmodernidad: cualquier peliculilla de Almodóvar en España o de Tarantino en Usa pueden servirnos de ejemplo. Entre estos contravalores/asuntos recurrentes, se subrayan con inusitada persistencia en los últimos tiempos los siguientes, a saber: abortismo (Un asunto de mujeres [Claude Chabrol, 1988]), alcoholismo (Factótum [Bent Hamer, 2005]), anarquismo (V de Vendetta [James McTeigue, 2006]), canibalismo (Holocausto caníbal [Ruggero Deodato, 1980]), capitalismo (El lobo de Wall Street [Martin Scorsese, 2013]), comunismo/maoísmo (Soñadores [Bernardo Bertolucci, 2003]), conductas estúpidas (Billy Madison [Tamra Davis, 1995]), consumismo (Sexo en Nueva York 2 [Michael Patrick King, 2010]), drogadicción (Dos colgaos muy fumaos [Danny Leiner, 2004]), feminismo (Fabricando al hombre perfecto [Susan Seidelman, 1987]), homosexualismo (La ley del deseo [Pedro Almodóvar, 1987]), humor obsceno (American Pie 7 [John Putch, 2009]), lesbianismo (Carol [Todd Haynes, 2015]), nihilismo (Harold y Maude [Hal Ashby, 1971]), pedofilia (Lolita [Adrian Lyne, 1997]), pornoterrorismo (Baise-moi [Virginie Despentes y Corali Trinh Thi, 2000]), prostitución (Puta [Ken Russell, 1991]), sadomasoquismo (Nymphomaniac [Lars von Trier, 2013]), travestismo (Las aventuras de Priscilla, reina del desierto [Stephan Elliot, 1994]), violencia gratuita (Hostel [Eli Roth, 2005]), etc., etc. Si a esta retahíla abyecta sumamos tendencias recurrentes como la falsificación de la Historia (Ágora [Alejandro Amenábar, 2009]), la promoción del New Age (The New Age [Michael Tolkin, 1994]), la eurofobia (Amistad [Steven Spielberg, 1997]) y un antiblanquismo (racismo antiblanco) en alza (Black Panther [Ryan Coogler, 2018]), no nos costará demasiado trabajo identificar qué clase de sujetos y entes vinculados al Nuevo Orden Mundial están detrás de esta industria de manipulación destinada -como cierta moderna psiquiatría- a liquidar y desmantelar la mente del espectador.

2) La destrucción del lenguaje cinematográfico, pervirtiendo los resortes normativos de la puesta en escena clásica (modo de representación institucional). Esta destrucción, que nada tiene que ver con las tentativas vanguardistas/experimentales de un Godard o un Chris Marker, puede asimilarse cotejando dos filmes comerciales de su tiempo harto antitéticos, separados por casi siete décadas de progresiva degradación: Los violentos años veinte (Raoul Walsh, 1939) versus La jungla 4.0 (Len Wiseman, 2007). La comparación resulta demasiado sangrante como para tomársela en serio, mas es evidente que entre la gran obra maestra de Walsh y el engendro neo-capitalista a continuación referido, dicha comparación resulta insoportable, de puro ofensiva. Y es que un maestro clásico como Walsh, cuya concepción cinematográfica se fundaba en el elaboradísimo estudio de la puesta en escena (composición, movimientos de cámara, valoración de los actores y los objetos en el plano, iluminación, columna sonora, etc.), nada tiene que ver con la ensalada de planos brevísimos y acelerados del ruidoso engendro al servicio de Bruce Willis, cuya única motivación “narrativa” parece ser/no ser un montaje irreflexivo e incoherente al servicio del propio Willis y su sempiterna camiseta, es decir al servicio de la nada misma.

Y segundo, ¿cómo combatirlos una vez identificados? Obviamente, la mejor arma de combate contra esta industria embrutecedora del cine degenerado es el boicot a todos y cada uno de sus productos (merchandising incluido), sin olvidar por supuesto la información consiguiente que nos haga conocedores de ellos, divulgando al mayor número posible de personas qué fines persigue esta industria y qué recursos utiliza para consumar su plan criminal de imponer un cambio de paradigma antropológico fundado en la corrupción del gusto y, por ende, de la mente. En consecuencia, animamos al público a boicotear estos productos que ningún bien le harán en cuanto espectadores (a ellos y a su entorno), al tiempo que les invitamos encarecidamente a conocer o revisar las grandes obras maestras del cine del pasado (por el precio de una entrada al cine se puede adquirir un deuvedé que bien puede pasar a formar parte de una videoteca personal), de la mano de cineastas íntegros que conforman el canon del cine legítimo o perenne, y donde encontramos, por citar al menos una selección orientativa de 40 nombres, a creadores de la categoría de Robert Aldrich (Vera Cruz, El beso mortal), Michelangelo Antonioni (La aventura, La noche), Jacques Becker (París bajos fondos, La evasión), Ingmar Bergman (Fresas salvajes, Gritos y susurros), Budd Boetticher (El torero y la dama, Estación Comanche), Robert Bresson (Diario de un cura rural, Proceso de Juana de Arco), Luis Buñuel (Nazarín, Viridiana), Henri-Georges Clouzot (El salario del miedo, Las diabólicas), Vittorio De Sica (Ladrón de bicicletas, Milagro en Milán), Carl Theodor Dreyer (La Palabra, Gertrud), Federico Fellini (Los inútiles, Casanova), Terence Fisher (Drácula, El cerebro de Frankenstein), John Ford (Pasión de los fuertes, El último hurra), Rafael Gil (Huella de luz, La Señora de Fátima), David Wark Griffith (Intolerancia, Lirios rotos), Alfred Hitchcock (Yo confieso, Vértigo), John Huston (El tesoro de Sierra Madre, La jungla de asfalto), Andréi Konchalovski (Siberiada, El círculo del poder), Akira Kurosawa (Vivir, Dersu Uzala), David Lean (El puente sobre el río Kwai, La hija de Ryan), Mitchell Leisen (Medianoche, Mentira latente), Joseph Leo Mankiewicz (Operación Cicerón, Mujeres en Vencia), Anthony Mann (Horizontes lejanos, El Cid), Kenji Mizoguchi (Cuentos de la luna pálida de agosto, Los amantes crucificados), Manuel Mur Oti (Cielo negro, Fedra), Friedrich Wilhelm Murnau (Amanecer, Tabú), Edgar Neville (La torre de los siete jorobados, El último caballo), Yasujiro Ozu (Cuentos de Tokio, Buenos días), Michael Powell (Narciso negro, El fotógrafo del pánico), Dino Risi (La escapada, El estafador), Éric Rohmer (La rodilla de Clara, Pauline en la playa), José Luis Sáenz de Heredia (Las aguas bajan negras, Historias de la radio), Franklin J. Schaffner (El señor de la guerra, El planeta de los simios), Andréi Tarkovski (Solaris, Nostalghia), Jacques Tati (Mi tío, Tráfico), Jacques Tourneur (La mujer pantera, Retorno al pasado), King Vidor (Y el mundo marcha, El manantial), Raoul Walsh (El mundo en sus manos, Los implacables), Orson Welles (Sed de mal, El proceso) o Valerio Zurlini (La chica con la maleta, Crónica familiar), entre otros muchos a falta de espacio injustamente excluidos.

Sólo así podremos aplastar a este Leviatán siniestro y enmascarado por los poderes fácticos del Sistema. Y es que, dadas las ingentes cantidades de dinero que mueve, el cine industrial se dirige obviamente a un público de masas. Ahora bien, ¿qué ocurriría si dicho público dejase de ser “de masas”? Es preciso, por tanto, consolidar a una masa mínima crítica de espectadores/cinéfilos dispuestos a dar la batalla por las ideas, renegando de esa abyección que supone el cine degenerado.

De modo panfletario y desprejuiciado, digamos NO al cine degenerado y sí al cine con valores.

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