De vanguardias, calles y retaguardias

(Por Natalia Villar) –
Al hablar de la retaguardia que se vivió en Navarra durante la Guerra Civil se trata de atribuir de forma redundante entre 3000 y 3700 asesinatos, depende de quién dé la cifra, al carlismo. La sempiterna Junta Central Carlista de Guerra de Navarra se reflota siempre que sea necesario para atribuirle, con razón o sin ella, esas muertes omitiendo la existencia de “la otra”, la Junta de Falange Española. La participación del carlismo en estos hechos, como partido y bases, mucho más cuando se acusa directamente a personas concretas de asesinatos, hay que demostrarla. No hace bien a nadie lanzar acusaciones al vuelo en páginas que, como éstas, van destinadas a la hemeroteca o, como recuerdo de nuestra más negra historia, intentar cobrar ahora las deudas que se creen pendientes levantándose los dedos acusadores para juzgar y sentenciar a los que ya hace años que fallecieron y no pueden defenderse ni exculparse de tan graves imputaciones.
Merece la pena aprovechar estas líneas para aclarar que entre las cifras de los represaliados navarros que se barajan, con una amplia horquilla, se encuentran desertores de guerra que, sin tener ninguna relación previa con Navarra, fueron apresados en los distintos frentes, traídos a Pamplona, juzgados y ejecutados al amanecer en el glacis de Ciudadela según dictaba el Código Militar. Un desertor en época de guerra firmaba automáticamente su sentencia de muerte. Y no, no los ejecutó Víctor Eusa. No, no los ejecutó la Junta. No, no los sentenció el carlismo. En ese número de ejecuciones de la retaguardia, vanguardia, guerra en general, entre los que siempre se intenta deslizar taimadamente al carlismo o a la Junta, también se encuentran los fusilados de la Bandera de la Legión General Sanjurjo. Entre esos legionarios pasados por las armas en Zaragoza que, al parecer, planeaban una deserción masiva a las filas republicanas había algo más de doscientos navarros, de nacimiento o residencia, que engrosan la mencionada lista.
Entre julio de 1936 y 1937, en las cárceles vascas se fusiló a cientos de detenidos por su condición política, a los que siempre cabe añadir los desaparecidos no computados. A estos tampoco los fusiló el carlismo, más bien se les dio caza con el conocimiento del burgués y derechista Gobierno Provisional de Euskadi. Entre esos fusilados había muchos navarros de nacimiento y adopción. Uno de los primeros en ser asesinado fue Joaquín Beunza, político carlista y defensor acérrimo del Estatuto Vasco-Navarro. Tiene una calle. Víctor Pradera corrió una suerte parecida, no quiso dejar sola en San Sebastián a su hija embarazada y, por su condición de político tradicionalista, fue detenido y fusilado en septiembre de 1936. Dio nombre a un colegio.
El colofón llegó a comienzos de 1937, sintiendose cercana la caída de Bilbao. Se murió matando. Cuando la noticia de los más de 200 fusilados en las cárceles de Bilbao, insisto, muchos de ellos navarros, llegó a Pamplona, el gobernador militar pidió a la Junta la confección de una lista incluyendo nombres de detenidos en el Fuerte de San Cristóbal y en la cárcel de Pamplona con el objetivo de fusilarlos. El militar se adelantaba a lo que creía inevitable: que la población se desbocase cobrando su particular tributo de sangre a pie de calle. Así quedó documentado. ¿Colaboradora? Sí. ¿Fascistas? Por favor, hable con propiedad. Acusar, como se ha hecho, directamente a Víctor Eusa de 3500 asesinatos, por muy efectista que pretenda ser, no tiene precedente. Exactamente igual, el 4 de agosto de 1936, el gobernador militar y, el 20 del mismo mes, el general de la 6.ª División, general Emilio Mola, ordenaban a los distintos jefes de milicia: Falange, Requeté, J.A.P. y otras, la prohibición expresa de realizar detenciones sin autorización militar. Llegados a este punto es necesario recordar que el golpe de Estado lo daban militares, quienes declararon el estado de guerra fueron militares y que todo, absolutamente todo, quedó militarizado y bajo autoridad militar aquel 19 de julio de 1936.
El general Mola fue minucioso al organizar el entramado civil sobre el que se iban a alzar los militares sublevados. No dejó cabos sueltos. Conocía a los carlistas, había negociado con la Comunión Tradicionalista, sabía las exigencias que le podían imponer, los dolores de cabeza y distracciones que le podían causar, pero por encima de todo el general tenía claro que no iba a subordinar el alzamiento militar a ningún ideario político. La Junta Central Carlista de Guerra de Navarra fue creada en Pamplona el mismo día del golpe por iniciativa, como no, de un militar, el coronel Beorlegui, que llegó a un acuerdo con un grupo de civiles que por mucho se creyesen, o nos creamos, estaban plegados a la autoridad. A la autoridad militar.
Entre los miembros de la Junta, se encontraba Víctor Eusa. Arquitecto, persona de relevancia en el panorama social en aquella Pamplona de 1936, fue uno de los colaboradores iniciales que el general Mola tuvo en la ciudad. Para Eusa, no había antecedentes familiares que le asociasen al carlismo, era un “recién llegado” pero, ante todo, era persona de confianza para el general.
Ahora dicen que le quitan su nombre a una calle. Bien. ¿Cuál es el problema? El mayor orgullo para un autor es que su trabajo se reconozca y se admire. La obra de Eusa brilla, con calle o sin ella.
Natalia Villar es historiadora. Doctoranda Historia del Arte por la UNED, tesis Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada

3 comentarios en “De vanguardias, calles y retaguardias”
Pepa Valdés
Ya era que se cuente la realidad, la auténtica realidad. Es muy buen artículo. Muchas gracias
Ricardo de Rada
En 1983, las Comisiones de Navarra en Madrid y Sevilla editaron el libro del General Ramón Salas Larrazabal «Los fusilados en Navarra en la guerra de 1936». Salas hizo una investigación exhaustiva en ayuntamientos, juzgados y registros civiles; me consta porque viajé en una ocasión a Navarra con él en el coche de mi admirado amigo Javier de Lizarza. La conclusión de Salas es que los muertos por la represión (pág. 63) fueron entre 1.100 y 1.200. Si se añaden 2.293 muertos en campaña, resulta el orden de 3.400 a 3.500 fallecimientos inscritos en los registros civiles.
Natalia Villar
Lo primero, gracias por el comentario. Lo segundo, decirle que me habría encantado poder conocer a sus amigos.
Respecto al libro que usted menciona, el general Salas Larrazabal realizó su estudio sobre poblaciones cuyo número de habitantes, en 1930, superaban los 3000 (pág. 29). Estos municipios suponían un 36,82% de la población total de la provincia, asumiendo, él mismo, que la cifra final es aproximada. Pese a que describe la metodología de la que se sirvió, y nada me hace dudar de la pulcritud de su trabajo, el mío no se centra en los navarros fusilados, así que, hoy por hoy, no puedo aportar mucho en ese sentido. Menos aún, me atrevo a hablar sin haber revisado detenidamente la fuentes documentales de las que se sirvió algo que, por experiencia propia, sé que conviene hacer. El general Salas tenía un olfato innato para la historia, se desenvolvía con soltura en los archivos y le apasionaba la estadistica. Los datos que da sobre Navarra relacionados con otros ámbitos de la Guerra Civil, su obra es abundante es este sentido y sobre algunos de ellos sí puedo hablar, son acertados y más que fiables.
Un saludo,
Natalia Villar