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19 de febrero de 2024 0 / / / / / / / / / / / / / /

CUARENTA

(Por Javier Manzano Franco)

Cuarenta días de Diluvio. Cuarenta años de peregrinación por el desierto. Cuarenta días de ayuno para subir al Sinaí y al Horeb. Cuarenta días recostado sobre el lado derecho. Y finalmente, cuarenta días de ayuno de Nuestro Señor en el desierto, no porque Su Santísimo Cuerpo tuviese que expiar ningún pecado, sino porque quiso hacer Él mismo nuestra penitencia y de una forma muchísimo más dura, del mismo modo que quiso morir como nosotros pero esta vez para volver a la vida y devolvérnosla.

La barca está en alta mar y soplan vientos contrarios, pero para mayor dolor, a fuerza de decir que en esta caben “todos, todos, todos”, se han colado ratas que muerden sin piedad la cubierta y amenazan con que se vaya a pique. Sin embargo, Jesús camina hacia nosotros sobre las aguas para acompañarnos en esta Cuaresma y, si tenemos fe y Él lo quiere, también podremos flotar como Él. ¡Cuántos buscamos todo tipo de justificaciones para regatear las abstinencias, ayunos y penitencias en estas fechas, evadiéndonos de imitar a Cristo en el desierto! ¡Cómo ignoramos que un punto clave del protestantismo es precisamente el rechazo del ayuno y la abstinencia! ¡Qué tristeza de cristianos que somos superados hasta por el mahometano menos ferviente, capaz de soportar treinta días de riguroso ayuno! ¿Qué pensará de nosotros Jesús cuando regrese como Justo Juez?

Miro las calles de mi ciudad. Se nota un saludable incremento de asistentes a las iglesias. Se multiplican besapiés, besamanos, triduos, quinarios, septenarios, pregones, ensayos de costaleros. Pero me pregunto: ¿rezamos todos los que asistimos los siete Salmos penitenciales, y nos quedamos a la Misa? ¿Comulgamos? ¿De forma no sacrílega, habiendo recibido antes el sacramento de la Penitencia? ¿Y estamos dispuestos a cumplir esa penitencia con gran dolor de nuestros pecados y hacer propósito de enmienda? “Aun del pecado expiado no vivas sin temor” (Eclo 5, 5). ¿Meditamos la Pasión del Señor, hacemos lecturas piadosas? ¿O hemos hecho de lo sagrado una diversión folclórica, esteticista, mundana? “Si no hicierais penitencia, igualmente pereceréis” (Lc 13, 3).

El Señor habla a Isaías en Is 58, 6-8, pero también a todos los especuladores que han hecho del centro de Sevilla un parque temático, a aquellos que prefieren hacer de su piso un apartamento turístico que alquilarlo a una familia trabajadora, a aquellos que les alquilan su balcón de la carrera oficial a ingleses borrachos para que se asomen desnudos al paso de la Virgen Santísima. De nada sirve ayunar de alimentos si no rompemos “las ataduras de la iniquidad”, innumerables en nuestro mundo. Oprimamos nuestra carne y liberémonos de la opresión de la avaricia, “y tus tinieblas serán cual mediodía” (Is 58, 9-10).

El viernes pasado, Jesús nos ordenaba amar a nuestros enemigos. Mucho ojo con no ser confundidos con interpretaciones desviadas que falsos profetas hacen de este mandamiento: pues no es amar al enemigo admitir todos sus errores, sino corregirle fraternalmente y hacer con él la obra de misericordia de enseñar al que no sabe; ni tampoco es permitirle pasivamente cometer toda clase de tropelías sino, como buenos hermanos mayores, ponerlo en su sitio por su propio bien. En última instancia, es por amor a Dios que se ha de amar al prójimo, y es aquel Amor el que más debemos tener presente si queremos ser cristianos y no voluntarios de una ONG. Es por ello que la caridad de la limosna es recompensada por el Padre y no por la sociedad civil (Mt 6, 1-4) y tiene un poder soteriológico y no simplemente filantrópico (Tob 12, 9; Eclo 3, 33).

El triunfo de Jesús sobre las tres tentaciones del diablo nos indica cuáles son los tres enemigos contra los que se desarrolla nuestra milicia sobre la tierra: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Pero ya ha llegado el momento: “Este es el tiempo propicio, este el día de la salud” (2 Cor 6, 2). Triunfemos en estos cuarenta días sobre carne, diablo y mundo, con la ayuda de Jesucristo, con ayuno, penitencia y limosna.

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