Cuando la Revolución se escandaliza de sí misma

(por Gonzalo García)
Los disturbios en Francia son la culminación lógica del sistema liberal: un sistema que, tras destruir el orden natural y sustituirlo por el enfrentamiento entre facciones, pretende erigirse en garante de la paz mediante la imposición de su propia tiranía. Con los últimos acontecimientos, encuentra la enésima excusa para la enésima vuelta de tuerca.
Resulta casi cómico contemplar la alarma de los gobernantes de la república francesa ante el caos, el desorden y la violencia, cuando fueron precisamente esas mismas armas las que empleó la Revolución para derribar el orden natural, destruir las instituciones tradicionales y derramar la sangre de quienes las defendían.
La Revolución siembra el desorden y después promete ponerle fin. Destruye la paz social y ofrece, como remedio, la paz ficticia del Estado; aniquila los cuerpos naturales que articulaban la sociedad y pretende sustituirlos por la obediencia a un poder centralizado.
Quienes destruyeron el orden en nombre de la libertad no deberían sorprenderse de que, una vez destruido aquel orden, la libertad proclamada no sea capaz de devolverles la paz.
