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29 de enero de 2022 1 / / /

Cuando la desobediencia es una obligación

Por Gonzalo García.-

Hace unos días mi suegra rendía su alma a Dios, rodeada de su familia y habiendo recibido la unción y la absolución la noche anterior. Fue un regalo poder acompañarle en el último momento, encomendando su alma.

Sus últimos años han sido muy duros. Particularmente los casi dos que coinciden con la «pandemia». Una caída que le provocó una fisura. Un infarto durante su sesión de diálisis en los primeros y caóticos días del confinamiento, que la tuvo «aparcada» por las urgencias de García Morato hasta que, después de horas entre pacientes «positivos», dijeron que no era el puñetero covid sino, repito, un infarto. Dejar no ya de andar sino de poder ni incorporarse. Un avance de sus muchas dolencias que la iban debilitando, cansando, agotando cada día más. Y parejo a todo ello una pérdida de capacidad de distinción entre sueño, recuerdos, imaginaciones y realidad, primero ocasional, luego intermitente, al final habitual.

Durante esos casi dos años no faltaron voces que nos advirtieron. Tened cuidado. Tenedla aislada. Cuidado con los niños. ¿Cómo que no se ha vacunado? ¿Nos os da miedo estar con ella sin vacunaros?

Como digo sus últimos meses han sido duros. Muy duros. Pero entre los dolores, las quejas, el aburrimiento por la postración… los momentos en que más relucían sus ojos eran esos en los que llegábamos hijos y sobre todo nietos e íbamos pasando. Cómo hacía un esfuerzo por alzar la cara para que los besos se posasen firmes y cálidos. Cómo los devolvía ella con ese «muaymuaymuay», banda sonora de los besos de abuela que debería ser declarado patrimonio y tesoro del alma humana.

Esa cara de alegría al ver a su nieta mayor con su banda de graduada.

Esas preguntas, a veces repetidas, a veces a destiempo, a veces dispersas, a los nietos sobre sus notas, sobre sus cosas, sobre sus juegos…

Esa sorpresa, renovada cada pocos días, ante lo grandes que estaban, otra vez, los nietos más pequeños.

Ese apretón a la mano en uno de sus últimos días y ese susurro «no te vayas, quédate un ratito más» que me rasgaba el alma y me hacía fijarme al sillón de su lado ese rato más…

Recuerdo ahora el último cumpleaños en que pudo ir hasta la mesa, con todos a su alrededor, para soplar las velas. Era primavera y era 2020. Nos saltamos las absurdas normas. Nos movimos entre municipios. Nos reunimos más de 6 personas. Más de 2 núcleos de no convivientes. Y cantamos cumpleaños feliz. Y besamos. Y abrazamos.

Y hoy, entre las cosas que agradezco al Señor y que pongo a sus pies como sencillas y modestas ofrendas tienen que estar todas esas desobediencias, todas esas «imprudencias», todos esos incumplimientos de consejos e incluso leyes imperantes, desobediencias e incumplimientos que nos permitieron acompañar en la enfermedad, en el dolor, en sus últimos meses, a una madre y abuela que pudo vivir sus últimos tiempos consolando sus dolores con la alegría de ver las caras de sus nietos, de sentir sus risas, de calentar sus mejillas y manos con cientos de besos.

Qué inmenso tesoro quisieron robarle. Quisieron robarnos.

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Un comentario en “Cuando la desobediencia es una obligación

  1. María dolores

    Nunca obedeci normas injustas e inmorales. Todas las semanas fui, entre poblaciones, a comer con mi madre, nunca durante todo el confinamiento, dejé de ir a verla y comer con ella. Todos los días cogí el coche, hice 4 kilómetros, 2 de ida y 2 de vuelta, para asistir a la Santa misa, a la única iglesia que abría 1 hora antes y cerraba al empezar la misa, con los que estábamos presentes. Dios nunca nos abandono a los que hicimos frente a la dictadura del momento.

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