27 de enero de 2017 0 / / /

Cinco años sin atentados

No hace mucho que se han cumplido cinco años desde que ETA anunció que dejaba de matar. La prensa lo ha celebrado alborozada. Algunos diarios han dicho “cinco años sin ETA”. Pero ETA no se ha rendido. Ha dejado de atentar pero no ha entregado las armas. Y las policías, francesa y española, siguen descubriendo y desmontando “zulos”.

En la conmemoración no han faltado los recuerdos de las víctimas. Y las quejas por el tupido velo que algunos pretenden correr sobre los pasados crímenes. Se cuentan historias espeluznantes. Como el caso de Baglietto que fue asesinado por la misma persona a quien había salvado la vida cuando era bebé.

No se ha profundizado en una verdad: ETA favoreció la instauración de la democracia. Así, como suena. Al menos en las Vascongadas. Lo decimos porque lo hemos vivido.

Intentamos reorganizar la Comunión Tradicionalista. Nos fue imposible. Recurríamos, en los pueblos, a los que venían significándose como carlistas. Se negaron a secundar nuestra labor. Por miedo. Sí, por miedo aunque muchos de ellos se habían jugado la vida en el frente. Pero ahora era distinto. No tenían un arma para defenderse. No sabían dónde estaba el enemigo. Algunos que se prestaron fueron asesinados.
Recordamos a Esteban Belderráin Madariaga. Le visitamos un domingo. Quedamos en volver al siguiente. Entre semana lo mataron en la cabina de una autopista, donde trabajaba.

Recordamos a Jauregui Bernaola. Tenía un bar y en fechas determinadas colocaba en la puerta del mismo una bandera española. Le amenazó ETA. No se lo creyó, porque en su actuación no encontraba nada que diera lugar a una venganza. Nunca había hecho mal a nadie. Pero se había manifestado como español. También lo mataron.

Llegamos a un pueblo. Preguntamos por un antiguo requeté. Estaba en misa mayor. Le esperamos. Al acercarnos a él y darnos a conocer, nos pidió que nos marchásemos. No quiso hablar con nosotros. Poco después, cuando llegó la fecha en que se reunían en Bilbao los antiguos de su Tercio, nos explicó que, en su pueblo no quería significarse. Un hermano suyo, dueño de un comercio en otro pueblo vecino, hubo de marcharse ante las amenazas.
Se habla de 200.000 exiliados. Un servidor, aconsejado por la guardia civil, desapareció de Bilbao por dos meses. En Madrid coincidí con un congreso de las juventudes de UCD. En las, puertas de Palacio de Congresos, tropecé con un trío de jóvenes que participaban en el acontecimiento. Aproveché para decirles cómo lo estábamos pasando. Les pedí que lo tuvieran en cuenta en sus deliberaciones. Me miraron con cara de guasa y se sonrieron. Todavía no habían empezado con ellos.

Y fue en ese primer periodo, corto pero real, cuando ETA imposibilitó la organización de una fuerza política que defendiera, no precisamente al régimen anterior, pero sí una evolución del mismo en sentido no revolucionario. Con los 200.000 exiliados, algo hubiéramos podido hacer. Y así contribuyó ETA a la implantación de esto que llaman democracia.

Y la democracia, que por definición excluye toda violencia, se implantó. Y en sus orígenes fue incapaz de impedir la violencia, si no es que la toleró porque el viento, aunque criminal, soplaba a su favor.

No es extraño que los demócratas de hoy se hayan plegado a las exigencias de ETA. Que el PP incluido haya permitido determinadas excarcelaciones escandalosas. Es mucho lo que esta democracia debe a ETA. Y a la democracia se ha de sacrificar todo. Incluso la vida de los demás. Murieron asesinados sus hombres de filas. ¡Qué se va a hacer! Lo ha exigido la causa.

Lo que nos indigna y da verdadera pena, es que muchas de las víctimas de ETA procedían de familias carlistas. Y se afiliaron al PP pensando que era la mejor manera de defender lo que en casa habían aprendido. Por eso nos atrevemos a preguntar a los dirigentes del PP ¿qué habéis hecho de la sangre de nuestros hermanos?

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