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8 de mayo de 2021 0

Carmen Gorbe Sánchez, una pintora a contracorriente

(Por Javier Urcelay) –
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua otorga nueve acepciones a la palabra Arte, de las cuatro primeras son:
1. Capacidad, habilidad para hacer algo.
2. Manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.
3. Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer algo.
4. Maña, astucia.
Obviamente es la segunda de estas acepciones la que se refiere por ejemplo a la pintura como arte.
Sin embargo, cuando trata de aplicarse esta definición a buena parte de la pintura moderna, su pertinencia resulta por lo menos discutible, y más bien serían de aplicación las acepciones primera o cuarta que la Academia da para la palabra Arte. De la habilidad para hacer algo de muchos artistas contemporáneos no puede dudarse: han conseguido que se paguen cifras astronómicas por verdaderos bodrios, que podría realizar un chimpancé con una brocha o el mismo artista en estado de completa embriaguez.
De la maña y astucia, requisitos de la cuarta acepción, no puede dudarse. Picasso y otros muchos detrás de él, fueron siempre conscientes, e incluso hicieron gala de ello, de su capacidad para hacer pasar por arte sus patochadas, riéndose en su fuero interno de la estulticia colectiva.
Cuando a Fernando Álvarez de Sotomayor, uno de los mejores pintores españoles del siglo XX y director dos veces del Museo del Prado, le preguntaban por la pintura de Picasso, Miró o Juan Gris, o por su opinión sobre la pintura abstracta, contestaba despectivamente: “Se escapa a mi comprensión. Yo soy pintor”. Contraponía así lo que consideraba pintura de verdad a lo que debería considerarse otra cosa.
Y, sin embargo, es esa otra cosa, ese “arte no-arte” el que triunfa y se impone -a veces, literalmente- en las galerías, en las casas de subastas, en el aprecio de los críticos, en las escuelas de arte… Su valor no reside en los cánones clásicos que nos permitían apreciar la belleza, la armonía de la composición, la proporción y el equilibrio, la técnica del color, el dibujo, la perspectiva, el lirismo en la representación poética de la realidad o el naturalismo en su descarnada captación, sino en la generación de mitos de la mano de la mercadotecnia o de la cultura de masas. Ya no importa el valor intrínseco de la obra de arte per se, sino la encapsulación de la misma en un mito que la glorifique y la dote de valor subjetivo.
Hace pocas fechas se pagaron varios millones de euros por un cuadro de Winston Churchill, un político de primera, pero como pintor, un simple aficionado. Su cuadro se cotizó por encima de lo que se pagaría por grandes nombres de la historia del arte español de casi cualquier época. No se pagaba por una obra de arte, se pagaba por un nombre, por una firma. No es arte, es mitomanía. La misma que lleva a pagar sumas increíbles por las gafas de Lennon o por la ropa interior de Marylin. No es arte, es mitomanía, así se llame el mito Picasso, Kandinsky, Eduard Munch, Gerhard Richter, por citar pintores extranjeros venerados por la crítica, o Antoni Clavé, Tapies, Fernando Zobel, Antonio Saura, Josep Guinovart o Miquel Barceló, por acercarnos a nuestras fronteras. Sus nombres han sido exaltados a la cumbre del arte moderno por una crítica cuyo papel no ha sido valorar el mérito artístico de una obra, sino generar un mito del que lucrarse. Su obra remite en todos los casos al cuento de los sastrecillos impostores y las vestiduras mágicas del rey: el monarca va desnudo y todos lo saben, pero todo aquél que ose denunciarlo demostraría que no es competente para su puesto.
“Lola”, óleo sobre lienzo de Antonio Saura. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Hay de todas formas un mérito en el llamado “arte moderno”, que no puede negarse, y es el de ser reflejo -como ha ocurrido en cada época- del hombre de nuestro tiempo. Como señala la Biblia, “de la abundancia del corazón, habla la boca”, en nuestro caso “el pincel”. Sólo así puede entenderse y acaso valorarse un arte que es el puro reflejo de la vaciedad, de la fragmentación y la ruptura interior, del absurdo, de la deformidad, de la rebeldía contra toda norma, del nihilismo, de la angustia vital, de las contradicciones y del sin sentido, en último término, que anidan en el espíritu de muchos de nuestros contemporáneos. Y es eso mismo, eso sí, lo que se plasma el arte contemporáneo de manera magistral: pura carencia.
Es en este contexto marcado por la esterilidad del arte moderno en el que cobran especial valor todos aquellos artistas, que fieles a la tradición del verdadero arte, se apartan de las corrientes dominantes y reivindican con sus pinceles la belleza, el orden y la verdad de las cosas, subordinándose a los dictados de la realidad y de “ese conjunto de normas y preceptos para hacer algo”. A esas normas y preceptos, sistemáticamente vulnerados en el llamado “arte moderno”, se refería Álvarez de Sotomayor al contraponer los Zuloaga o los Sorolla a esos otros nombres a los que no consideraba verdaderos pintores: “ (Sorolla, Zuloaga, Solana…) si innovaron, pero ajustándose a una técnica, a un oficio concienzudamente aprendido y perfeccionado”.
Valgan todas estas reflexiones para dar entrada a una de esas pintoras que hubieran merecido el elogio de Sotomayor: Carmen Gorbe Sánchez, una pintora a contracorriente de los gurús del “arte moderno”.
Carmen nació en Teruel, de donde era natural su familia paterna. Sin embargo, sus orígenes artísticos hay que encontrarlos en su madre, Isabel Sánchez León  -que firmó siempre sus obras con el pseudónimo de “Vallanca”, nombre del pequeño pueblo del Rincón de Ademuz (Valencia) donde nació-, una notable pintora, formada en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos y en los talleres de los destacados pintores chilenos Guillermo Muñoz Vera y Christian Avilés.
De su madre heredó Carmen -como también sus otras hijas-, la facilidad para el dibujo, de la que dio muestras desde sus primeros años escolares, cuando estudiaba en las escuelas de Ayerbe y Sigüenza, donde la familia residió sucesivamente acompañando los destinos profesionales del padre, que ascendía entonces los peldaños de una exitosa carrera como ejecutivo de banca.
Instalada la familia definitivamente en Madrid a partir de 1975, Carmen estudiaría Derecho en el Colegio Universitario San Pablo-CEU, para ejercer más tarde como abogada y procuradora de los tribunales, actividad a la que ha dedicado su vida profesional y que la hizo mantenerse durante muchos años completamente alejada de aquella afición juvenil por el dibujo.
Fue a partir de 2015 cuando Carmen Gorbe, una vez liberada de sus ocupaciones maternales y profesionales más acuciantes, recobró la oportunidad de volver a dibujar, primero en casa haciendo dibujos al carboncillo como un mero pasatiempo y después, estimulada por el ejemplo de sus hermanas, asistiendo a clases de pintura con Christian Avilés, como también en su día lo había hecho su madre.
“Salinero de Poza de la Sal (Burgos), dibujo al carboncillo en el que Carmen Gorbe acredita su extraordinaria facilidad para el dibujo
“Estudio anatómico del puño”, dibujo al carboncillo, técnica en la que Carmen Gorbe se desenvolvió con soltura antes de adentrase en la pintura al óleo
Con el pintor chileno, Carmen aprendió el manejo del color, perfeccionó su técnica y adquirió soltura en unos iniciales cuadros de marinas, bodegones o animales, y participó en sus primeras exposiciones colectivas en celebradas en la capital (Colectiva de los alumnos del pintor, CC Arturo Soria Plaza y Ateneo de Madrid).
“Barca fondeada”, una de las marinas pintadas por Carmen Gorbe en el taller de Christian Aviles
“El guardián de la noche”, obra expuesta por Carmen Gorbe en la exposición colectiva de ayuda a África
“La mirada de la pantera”
“Salvad al planeta”, pequeño óleo con mensaje ecologista incluido
Pero si las clases de pintura en el estudio de Christian Aviles supusieron entrar en contacto con la pintura al óleo, fue el contacto con el círculo del pintor malagueño Antonio Cantero el que encendería la pasión de la artista por su redescubierta vocación, y ello no tanto por el conocimiento de su obra -el último vestigio de un impresionismo que en el siglo XIX hubiera consagrado su nombre en la historia del arte español-, sino, sobre todo, por la influencia de su arrolladora personalidad, rezumante de un entusiasmo contagioso y un “amor al arte” incapaz de dejar a nadie indiferente.
Fueron aquellos cursos de verano en la casa solariega de “Las Chicharras” en las afueras de Casabermeja (Málaga), en la alegre convivencia con el grupo de alumnos y amigos de Antonio Cantero, donde Carmen estableció una nueva forma de relacionarse con la pintura y, podemos decir, descubrió la artista que llevaba dentro.
Rincón de “Las Chicharras”, pintado por Carmen Gorbe durante un curso impartido por Antonio Cantero y en la que se aprecia la marcada influencia del pintor impresionista
Si el contacto con el maestro Cantero abrió un nuevo horizonte a Carmen Gorbe, pronto comprendió, sin embargo, que el estilo impresionista y el suelto uso de la espátula característicos del extraordinario pintor malagueño, no coincidía con el tipo de pintura que Carmen sentía dentro y quería realizar.
Completado el ciclo de aprendizaje, y convencida de su adscripción a los cánones del hiperrealismo y la pintura figurativa, Carmen Gorbe decidió proseguir el perfeccionamiento de su técnica con Mario Caamaño, otro pintor chileno de la escuela creada por Guillermo Muñoz Vera, y representante, como su maestro, del mejor hiperrealismo actual.
Con Caamaño, Carmen Gorbe consiguió encontrar su sello propio y las señas de identidad de una pintura de fuerte personalidad, que cobraría ya independencia de la de sus maestros y rendiría a partir de ese momento sus mejores producciones.
“Olas rompiendo en la Malagueta”, reflejo de la atracción de Carmen Gorbe por el mar de su amada Málaga
Desde las vacilantes marinas iniciales -que nunca ha abandonado del todo como prueba su reciente y ya mucho más madura obra “Olas rompiendo en la Malagueta”-, la pintura de Carmen Gorbe se ha centrado en los bodegones, de los que ha dejado espléndidos ejemplos como “Bodegón con fósiles”, “Las zapatillas” o “Ánforas chilenas”; las composiciones con animales, como el cuadro titulado “Manada de elefantes”; y, muy especialmente, su aún reciente descubrimiento del retrato, provocado por los encargos recibidos del Museo Carlista de Madrid.
“Bodegón con fósiles” (2020), el hiperrealismo de Carmen Gorbe en todo su esplendor. o/l 80×55 cm
“Las zapatillas” (2019), de Carmen Gorbe, exponente de un hiperrealismo que encuentra inspiración poética en temas aparentemente banales. o/l 80×50 cm
“Ánforas chilenas” 2019), en las que Carmen Gorbe muestra su pasión por el barro, la cerámica y los materiales naturales, tan presentes en su pintura.
“Bodegón con mazo de juez y libros de Derecho” (2020), un homenaje de la pintora a su profesión jurídica. o/l 100×60 cm
“Mis pinceles y paleta” (2021), último bodegón realizado por Carmen Gorbe. o/l 60×73 cm
“Manada de elefantes”. o/l 65×53 cm
“Estudio de mano” (2021), un tipo de pequeños cuadros que la pintora realiza como una forma de relajarse entre obras de mayor dimensión. o/l 27×35 cm
Pero es quizás en la representación de la figura humana, el último tema en incorporarse a su repertorio, donde Carmen Gorbe ha llevado a cabo lo que son hasta ahora sus cuadros más ambiciosos, en particular “La cantinera y el carlista”, expuesto en la colección permanente del citado Museo Carlista de Madrid, localizado en San Lorenzo de El Escorial, y “La muerte del cadete corneta carlista”, que formará parte de la exposición temporal del Museo del Carlismo de Estella (Navarra), prevista para ser inaugurada en el otoño de 2021. La doctora en Historia y  crítica de arte María Fidalgo Casares se ha referido a la espectacularidad de este último cuadro “porque tiene una potente tridimensionalidad, que en pintura es muy difícil de lograr, y sobre todo por la captación de la atmósfera y la dificultad de engarzar los cuerpos de una forma tan orgánica”.
” La cantinera y el carlista” (2020), obra de Carmen Gorbe realizada por encargo del Museo Carlista de Madrid. o/l 100×100 cm
“Muerte del cadete corneta carlista” (2021), obra de Carmen Gorbe solicitada para la próxima exposición temporal del Museo del Carlismo de la Diputación Foral de Navarra. o/l 120×80 cm
Junto a ellos, destacan también otras obras de menor tamaño, como son los retratos de miembros de la dinastía carlista, en particular su “Margarita de Borbón-Parma”, “El conde de Montemolín”, “El Infante D. Alfonso Carlos de Borbón” -del que ya había realizado un carboncillo anterior- o el retrato de “Carlos VII en su madurez”.
Retratos de Carlos de Borbón y Austria-Este (2021) y Margarita de Borbón-Parma (2020), realizados por Carmen Gorbe para el Museo Carlista de Madrid
A esta serie de obras relacionadas con el Carlismo, realizadas por encargo, hay que añadir la inquietud de Carmen por la pintura religiosa, presente siempre en su ánimo, y de la que son acabados ejemplos su cuadro del Cristo procesional de la cofradía malagueña de escolapios, o el espectacular “Jesús despojado”, basado en una talla del imaginero sevillano Juan Diego.
“Cristo de las penas” (2018), imagen de la cofradía de salesianos de Málaga, procesionando por delante del estandarte de la Virgen, primer cuadro de carácter religioso pintado por Carmen Gorbe. o/l 60×80 cm
“Jesús despojado” (2020), pintura religiosa de Carmen Gorbe basada en la talla del imaginero sevillano Juan Bautista. o/l 33×45 cm
Es en todas estas obras en las que Carmen Gorbe ha ido plasmando su extraordinario talento y sensibilidad, que la convierten en una de las grandes representantes del hiperrealismo español actual.
Un talento y una sensibilidad que aún encuentra caminos por explorar, a medida que se adentra en nuevos territorios y modos de expresión, siempre fiel a un estilo irrenunciable pero abierto a la evolución de una forma de mirar, de una manera de sentir y de un mundo interior rico en vericuetos y rincones privados.
“Antonio Urcelay, comandante del portahelicópteros Dédalo” (2021). o/l 60×50 cm
El sello propio de la pintura de Carmen Gorbe, que atraviesa como un común denominador toda su obra, se caracteriza y distingue por la precisión de su dibujo, la suavidad en la pincelada, la elegancia en los colores, la captación de la luz y la proporción en la composición, todo lo cual redunda en cuadros de singular armonía y equilibro, que se transmiten al espectador como un remanso de serenidad y belleza plástica, configurando lo que podríamos llamar un hiperrealismo poético. Un estilo propio en clave femenina, tan digno de valoración en un mundo de artistas predominantemente masculinos.
 Carmen Gorbe pintando en su estudio madrileño
Son todas estas características, reveladoras de una madurez artística y la elección de un camino personal, tan alejado de las modas y las imposiciones del “arte moderno”, los que hacen de Carmen Gorbe una artista contracorriente, que es como decir una personalidad de vuelo propio y no sometido a dictados o manipulaciones de críticos o galeristas.
Son ya varias las obras que dejan constancia del puesto que Carmen Gorbe va alcanzando entre los nombres a recordar -pintores de verdad, que diría Sotomayor- dentro del panorama artístico español actual, pero mucho más aún lo que cabe esperar de ella, disfrutando como está del pleno desarrollo de una vocación y un talento de los que sólo podemos lamentar que tardara tanto tiempo en empezar a regalárnoslos.
Recuerden este nombre: Carmen Gorbe, y permanezcan atentos a su evolución.
Con su pintura, el verdadero arte puede reconciliarse con la genuina definición de Arte de la Real Academia de la Lengua.
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