19 de mayo de 2019 0

Bendita duplicidad

Si algo hay en lo que coincida el arco ése parlamentario, es en la propuesta de eliminación  de las duplicidades en la administración. De un extremo al otro y también los de en medio. Afortunadamente la manifiesta incapacidad del conjunto les permite que elección tras elección puedan prometernos la mismas reformas.
Digo afortunadamente porque son precisamente las actividades sobre las que varias instancias tienen responsabilidad aquellas donde hay menos corruptelas. No porque por algún sortilegio de la naturaleza la calidad de los administradores que se han dedicado a ese sector sea mejor y tengan los criterios morales más presentes. Simplemente, el temor al ojo ajeno obra esta magia sobre la condición humana.

Así, nuestra administración presenta zonas grises (en realidad iluminadas por varias luces) donde las narices locales, autonómicas y centrales se encuentran. Inaguantable límite para el poder “soberano”. Áreas de socatira para arrimar el áscua general a la sardina particular. Resolver esto se llama por otro nombre “la cuestión autonómica”, si no sencillamente “el problema”. Porque eso de que dos manden igual suena a bien avenidos, a tantomonta, a yugo cómodo. A la rémora aquella que llaman familia, en definitiva a esposos cristianos. No. Duplicidades nunca. La libertad que nos hemos dado es individual y singular. Se acabaron las libertades.

Parecido discurren sobre las diputaciones. Les molesta lo rural que se opone a la conquistada modernidad urbana, aunque sea el granero que nos da de comer. Más por ello, por la fastidiosa fatalidad de la realidad.
Nuestras autonomías, invento moderno, semejan a esa pintura a la tiza que le cae a las mesillas de la abuela. La moderna criatura vive sobre el pasado de esos muebles antiguos, que rescatados del altillo, lijados y repintados aportan la solidez de la madera añeja y la labor artesana de algún antiguo carpintero. El estado autonómico del 78 se impuso sobre lo que quedaba de reinos y de súbditos que aguantamos el barniz. Si hubo de decidirse entre la tradición o el plagio, el inventito se decidió por innovar con la enjundia de una tesis universitaria de un sánchez o un casado cualquiera. Así nos luce el pelo.
Esperemos que las benditas duplicidades aguanten.

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