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29 de octubre de 2020 0

«Ahí viene la plaga… Es la reina del lugar»

(Por Luís B. de PortoCavallo) –

Lo que la plaga está poniendo de relieve es el desencadenamiento de algo que llevaba mucho tiempo larvándose. Lo que se nos está contando no es exactamente lo que está sucediendo. Esto no quiere decir, ―no nos atreveríamos, no tenemos certeza―, ni que la plaga haya sido intencionadamente provocada, ni extendida. Pero sí que está afectando al modo en que se nos presenta la propia naturaleza humana.

Para ayudar a pensar en la propia naturaleza y en lo que está sucediendo en estos siniestros días, no está de más recomendar dos libros interconectados. El primero es un clásico, Cartas del Diablo a su Sobrino, de C. S. Lewis (Clive Staples Lewis, Jack para sus amigos), de 1942.

 

Fue muy amigo de Tolkien ―al que dedica esta obra―, quién intentó su conversión al catolicismo (ambos, figuras prominentes del grupo literario “el Club de los Inklings”, en la Universidad de Oxford); pero Lewis, muy british él, no se atrevió a apartarse de la “iglesia anglicana de Inglaterra”. No obstante, como ensayista apologético y conferenciante moralista, reflejado tanto en esta obra, como en La Abolición del Hombre, de apenas 100 págs. (para él, como autor, su favorito), de 1943, se revela su conocimiento e inclinación a la moral católica.

Y el segundo, el reciente Cartas del Sobrino a su Diablo, de Juan Manuel de Prada, subtitulado: Crónicas de la España Coronavírica; Homolegens; Madrid, 2020; 158 págs.

Análisis de la España azotada por el coronavirus, en mordaz sátira. Explícito homenaje a la anterior obra de Lewis, es protagonizada por los mismos demonios. Son epístolas de Orugario, demonio vanidoso y procaz (al que se le ha encomendado la devastación de nuestra patria), dirigidas a su tío el viejo diablo Escrutopo, en las que se detallan los ardides que ha ido ideado para infligir el mayor daño posible a los españoles, tan apegados antaño a los “designios del Enemigo”. La idolatría a la ciencia, la conversión de residencias de ancianos en “hórridos morideros”, los acres enfrentamientos entre el negociado de izquierdas y el de derechas, los experimentos de la biopolítica, la imposición de mascarillas en todo momento y la destrucción de la economía para beneficio de una plutocracia mundial de la que los gobernantes son serviles lacayos:

«Estas Cartas del Sobrino a su Diablo no pretenden ser una obra apologética, sino una crónica muy punzantemente satírica de la crisis —política, social, económica, también religiosa—, desatada (o tal vez sólo desvelada) en España por la plaga coronavírica, con alusiones muy directas a la más estricta actualidad; crisis que, desde el primer instante, juzgué una ocasión pintipirada para que el mal se quitase la careta y se exhibiese en todo su acongojante esplendor» (Juan Manuel de Prada).

A lo largo de la Historia, muchos han sido los “tiempos” de plagas, pandemias, padecimientos y enfermedades que, al enfrentar al hombre a la realidad, siempre han despertado en él la transcendencia y la espiritualidad, volviendo los ojos al Creador. No para esperar infantilmente “milagros” ―aunque a veces se den―, sino para reflexionar sobre la propia naturaleza.

Sin embargo, en ésta plaga, se ha dado un fenómeno distinto, de frivolidad, de puerilidad y hasta de simpleza (en la peor de sus acepciones). Pareciera que, mientras tanto, la fe de los hombres se fuera apagando como una llama … por primera vez en la Historia, sin posibilidad de culto, con iglesias cerradas, sin sacramentos ni auxilio a los moribundos. El objetivo último: la desespiritualización del hombre.

A esta falsa visión colaboran, tremendamente, los “medios de manipulación de masas” ―que son parte del sistema, al servicio de los poderes―, con una extraña paradoja: mientras se ha propiciado un miedo patológico especulativo, abstracto e irreal que busca obediencia ciega, al mismo tiempo, se han dedicado a mantener a la gente entretenida, con un destierro de la tragedia, y un edulcoramiento de la realidad, ocultando el horror que pudiera generar una revulsión espiritual ante el sufrimiento y la contemplación de la muerte como realidad ineludible, con el propósito de que no se piense en términos trascendentes, en las realidades profundas de la vida, relegando aquellas cosas que tienen que ver con el espíritu, matando la conciencia para matar el sentido natural de las cosas, que la realidad se nos muestre tal y como es.

Por el contrario, la plaga, está sirviendo para favorecer una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas, un cambio antropológico, que lleva tiempo gestándose y que ha aprovechado este pretexto para asentarse. De ella está sacando provecho un tirano gigantesco, el tenebroso y opaco reinado de una oligarquía plutocrática, denominada “globalismo” que, frente a los incipientes tímidos reproches, se está beneficiado y robustecido.

Hay toda una trama urdida en torno a falsos principios, en todos los órdenes, en ausencia de la Verdad, en la fealdad, donde se reúnen, en uniformidad, demandando unidad, esos que se denominan conservadores y progresistas, que en el fondo son lo mismo. Porque el progresismo es la ideología ―diríamos casi la religión― reinante, en la que está basado el sistema, que no acepta la naturaleza humana tal y como es y “vende” una supuesta mejora constantemente, una deificación humanista, con nuevas invenciones, siempre a futuro, siempre cambiante, mediante un pretendido “consenso”, que es “convencional” ―lo que se decide en acuerdo o pacto, en convención―, que poco o nada tiene que ver con la realidad natural de las cosas, con la Verdad.

En definitiva, el consenso es el punto de encuentro entre gentes sin principios, soplagaitas de un pudridero atufado por los hedores de su propia decadencia; memos que “se vienen arriba”, soltando mamarrachadas, supuestos nuevos derechos y nuevas ocurrencias delirantes.

La tradición es la única respuesta, la única alternativa verdadera que existe. Decía Aristóteles que lo que distinguía al hombre de cualquier otro ser de la creación era la capacidad del discernimiento moral, esto es la capacidad de discernimiento para identificar el mal.

La ruptura con la tradición ha traído males y calamidades sin número, como la ruptura de los vínculos naturales, la ruptura de los vínculos de amor, de los vínculos familiares, de los vínculos de las generaciones entre sí. En toda sociedad sana, la reverencia a la sabiduría, la experiencia y la prudencia de la senectud, ha sido y es considerada virtud.

La ruptura con la tradición ha traído un humanismo deshumanizado, contra natura, la exaltación de la individualidad contraria al orden, solitaria, huraña, vacía, impotente, frustrada.

Por eso todo tirano desea romper con la tradición que le pone coto y anhela un individuo aislado, desguarnecido, abandonado y sometido y parece evidente que la nueva tiranía de nuestro tiempo busca la destrucción de la naturaleza humana en el sometimiento al culto del dinero.

La globalización, tiranía plutocrática mundial― justo todo lo contrario de la Universitas Christiana―, es Mammón ―demonio de la avaricia y de la riqueza injusta―, a la que le sobran algunos “consumidores menores”, gentes que puedan rebelarse (de ahí las políticas antinatalistas, el aborto, la eutanasia, la “eliminación” de “viejos y enfermos”, entes “no productivos”). Ansían la propiedad concentrada en pocas manos, todos viviendo en edificios de unas pocas compañías inescrutables y fondos financieros anónimos; todos utilizando los servicios de un solo banco, comprando los alimentos a cuatro o cinco empresas mundiales, … Es de admirar como durante el confinamiento se han cerrado todas las tiendas para que una sola distribuidora mundial acapare el comercio, “se forre”. Donde el papel de los gobernantes ―nacionales y supranacionales― no es más que el de tristes escribientes mal empleadillos, marionetas puestas y quitadas, deudos de los servicios prestados.

Pero tal vez, después de todo, el mal, no tiene la última palabra. No en vano el nuntium salutis es la esperanza, no en la salud física material, la salvación corporal o salvación terrenal, sino en la preservación del alma, por la gracia santificante, de la amenaza de la condenación.

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