19 de marzo de 2018 0 /

Aficionados a vascos

Sabido es que el vascuence no es lengua común en gran parte de los territorios que forman la Euzkadi soñada por Sabino de Arana. Sin embargo, el nacionalismo vasco se ha extendido por toda ella.

Ello ha dado común a la aparición de un tipo humano que denominamos “aficionado a vasco”. Se trata de un colectivo, muy numeroso, de personas que desconocen el vascuence pero que quieren demostrar su condición de vascos mediante el empleo de ciertos vocablos vascos que intercalan en su conversación en castellano.

Pero como su conocimiento del vascuence es limitadísimo, incurren en errores que, a quienes sabemos un poco más, nos causan risa. Esos errores están originados porque siguen pensando en castellano y aplican al vascuence reglas de la lengua de Cervantes. Veamos algunos ejemplos.

“Aita” y “ama”: significan padre y madre. Los aficionados a vascos, siempre hablando en castellano, los emplean. En castellano decimos “mis padres” para referirnos a ambos progenitores. En vascuence, sin embargo, existe el término “gurasoak”, que el pueblo ya no usa y lo ha sustituido por “aita-ama”. Pero un vascoparlante nunca se referirá a sus progenitores pluralizando la palabra “aita”.

Eso es precisamente lo que hacen los aficionados a vascos. No tienen reparo en decir “mis aitas” siempre que se refieren a ellos. Y es como para preguntarles: ¿cuántos maridos tiene, o ha tenido, tu madre?

Otra fuente de errores es el acento. En vascuence no existe el acento. Ni el prosódico ni el ortográfico. El discurso de un vascoparlante es como una melodía. Y las palabras cambian el acento según el lugar que ocupan en ella. Recordamos, como ejemplo, unos versos decimonónicos, dedicados a nuestro héroe. En ellos se emplea el término Zumalacarregui con dos acentuaciones distintas, según lo exige la melodía. En un caso se dice: “Zumalacárregui da gure generalá”, pocos versos después: “gora gure don Tómas Zumalacárreguí”.

Nota: aunque no existan los acentos en vascuence, nosotros los ponemos para mejor comprensión de los lectores.

El acento varía en las palabras. Y muchas veces se emplea esa variación para dar un matiz a la frase. Por ejemplo: los términos “aita” y “ama”, ya mencionados, se acentúan en la segunda sílaba cuando un hijo los emplea para dirigirse a cualquiera de sus progenitores. Les dice “aitá” y “amá” respectivamente. Eso no lo hará nunca un aficionado a vasco.

El hecho de que en vascuence no existan acentos gráficos les lleva a muchos aficionados a vascos a cambiar la acentuación con que su familia viene usando el apellido. Conocemos muchos casos. Como ejemplo tomaremos uno: Ízaga. Así lo venía pronunciando su familia. Así los denominábamos nosotros. Uno de sus miembros, llevado de su fervor nacionalista, nos exigía que le llamáramos Izága. Razonaba que, como en vascuence no existen, su apellido no lleva acento. Por tanto, había que decir “Izága”. No se daba cuenta que su razonamiento se basaba en la aplicación, al vascuence, de una regla de la prosodia castellana.

Hoy ha aparecido otro fenómeno que está desvirtuando la lengua vasca. Son muchos los que la llegan a dominar por el estudio. Sin embargo, no llegan a percibir todos sus matices. Siguiendo con el término “aita”. La “i” que antecede a la “t”, exige que, al pronunciarla, la lengua se junte al paladar, convirtiendo la consonante “t” en un intermedio entre dicha letra y la “ch” castellana. Es lo que los lingüistas denominan “mojar” la “t”. El fenómeno es general en todo el ámbito del vascuence. Pero en la costa vizcaína se exagera convirtiéndolo en una clara “ch”. Así los “lekeitarrak” (Naturales de Lequeitio) se convierten en “lekeitxarrak”.

Pues hemos observado que una profesora de vascuence (de nacimiento castellano parlante) no moja la “t”, ni “por tanto” lo enseña a los alumnos, porque dice que es un fenómeno local.

No es lo mismo hablar un idioma desde la cuna que dominarlo mediante el estudio. El aumento de quienes conocen el vascuence (muchos llegan a dominarlo) mediante el estudio, está dando lugar a una masa de vascoparlantes que desvirtúan el idioma.

A eso nos está llevando el afán de “jugar a vascos”, de unos, y la imposición del estudio del vascuence por parte de las instancias oficiales.

Carlos Ibáñez

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