8 de marzo de 2020 0 / / / /

8-M, día internacional del mamporrero

por Gonzalo García

El movimiento de la cuarta generación revolucionaria -articulado en torno al mayo francés- se ha impuesto en todo el frente progresista a modo de pensamiento único obligatorio. Dentro de ese movimiento causa verdadero pasmo escuchar a las voceras -¡anda! se puede usar una palabra de género femenino sin asesinar el lenguaje- del ala más izquierdista del feminismo, aparentemente convencidas de que han venido a liberar a la mujer de la doble tiranía del hombre y del capitalismo.

En lo de su odio al hombre no voy a entrar demasiado, más allá de señalar que es la creación artificial de la lucha de sexos que sustituya a la lucha de clases, en su visión dialéctico-marxista de la existencia, para la que -como para llamar a la lucha de clases- no dudan en crear un relato absolutamente fantástico de la historia que ponen al servicio de sus soflamas. Es odio y resentimiento irracional, por lo que poca argumentación cabe ya que el fanático no atiende a razones.

Más me llama la atención su mensaje de liberación de los oprimidos en materia económica. Y no sólo de las llamadas feministas, sino de todos los satélites del revolucionario de cuarta ola. Causa pasmo ver cómo algunas de estas voceras -y de aquellos voceros, y de esos voceres– tienen el cuajo de hacer suyas banderas de justicia social cuando nunca, jamás, en toda la historia del capitalismo, sus ideólogos e impulsores pudieron soñar con tener mejores siervos que estos revolucionarios de pelos morados y género líquido.

El auge del socialismo real de principios del XX vino de la mano del proletariado. Que luego fue convenientemente utilizado -en el mejor de los casos- o masacrado -en el habitual- por las élites que se alzaron al poder sobre su sangre y en su nombre. Pero su base armada, su fuerza de choque, era ese proletario al que -debidamente manipulado- se le enviaba a luchar contra el opresor A para así poder alzar al opresor B. Y ese proletariado, ¿por qué estaba dispuesto a rebelarse, a derribar al opresor A? Pues precisamente porque era un proletario. Porque tenía una PROLE que dependía de él. Una prole que sufría las injusticias que sobre él se ejercían. Una prole, una familia, unos hijos, por los que tenía la obligación y estaba dispuesto a luchar.

El gran capital vio claro que someter a comunidades fuertes y unidas era mucho más difícil que someter a individuos aislados y embrutecidos. Y mediante la conveniente manipulación de un puñado de señoritos aburridos y ociosos parisinos impulsó ese llamado progresismo que en realidad es un cuidado producto del capitalismo más feroz.

El movimiento revolucionario de cuarta ola -feminismo, lgbtismo, abortismo, hedonismo, consumismo…- tiene como primer objetivo el destruir los lazos humanos. Se impulsa un globalismo en el que desaparezcan los lazos culturales -no digamos ya religiosos-, nacionales… Y sobre todo, se lucha a muerte contra la estructura de la familia. En su discurso, siempre, la supuesta «liberación» de ataduras, de dominaciones supuestamente impuestas -por el marido, claro-, de cortapisas a su libertad y su realización -los hijos, claro-, de «estructuras caducas» -como el amor, la fidelidad, el respeto…-. Tiene ese objetivo porque así ha sido diseñado, con un odio salvaje debidamente inoculado y cultivado creando para ello el ambiente necesario a base de cuentos tenebrosos y manipulaciones sin fin. El objetivo del progre moderno -en el que encuadramos sin duda al feminismo- es destruir todas esas estructuras que nos contará que le oprimen, pero en realidad necesita destruirlas porque son precisamente la salvaguarda no ya del hombre -y de la mujer ¿hay que aclararlo?- sino de la propia civilización.

Una familia numerosa y unida, preocupada por educar cuidadosamente a sus hijos, consume bastante menos que el mismo número de personas por separado. Además, ese grupo básico se relacionará con otros similares y entre ellos formarán estructuras mayores, creando así una sociedad natural con lazos fuertes que les hagan buscar entre todos el bien de todos. El bien común. Destruyendo esos lazos el gran capital -y los estados modernos a su servicio- tendrán -en lugar de esos grupos sanos y naturales que buscan el bien común- un rebaño de individuos que a) buscarán su bien inmediato, despreocupándose del de los demás, b) podrán ser pastoreados con sueldos que cubran unas necesidades básicas -convenientemente creadas y «educadas» por ese mismo estado al servicio del capital- que, una vez satisfechas, desactiven cualquier aspiración mayor.

Así, mantener dócil a un individuo -o individua, oiga- que, satisfecha su dosis de ocio digital, avivado su instinto animal con porno infinito e inmediato, satisfechas sus pulsiones con sexo fácil y rápido a tiro de app y financiados debidamente sus viajes plastificados y superficiales que desdibujen sus raíces culturales propias, esté dispuesto a vegetar en su solución habitacional de pocos metros es mucho, muchísimo más barato que mantener dócil a un padre de familia con 4, 5, 6 bocas que alimentar y otros tantos cuerpos que vestir o mentes que educar. Y no sólo es más barato, sino más útil para el objetivo: obtener siervos que produzcan, consuman y no molesten.

Así que para lograr ese ahorro, el capital y sus lacayos estatales no dudarán en fomentar la transformación de sociedades naturales libres en rebaños de individuos a su servicio. Y para ello cuentan con fieles servidores.

Hoy, 8 de marzo, todas las grandes corporaciones multinacionales, todos los «mass media» propiedad de selectos millonarios, todas las delegaciones del estado que administran el poder sobre el pueblo, se pintarán de morado para decir que vienen a liberarnos de la horrible realidad que tuvieron que vivir nuestras abuelas, sin un pobre banco al que hipotecar su vida, sin un pobre canal de tv que le diga en cada momento qué debe pensar, sin un pobre estado leviatán que le coja su dinero para decidir, mejor que ella, en qué debe emplearlo, sin un pobre criminal con carné de médico que pudiera matarle a unos cuantos hijos si en ese momento no le venía bien alimentarles, sin una pobre universidad que le facilite titulaciones inútiles pero con nombres rimbombantes y sin una pobre majadera que le dijese de qué color debía teñirse las axilas para así, definitivamente, ser libre.

Y un nutrido ejército de mamporreros estará ahí para ayudarles.

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