21 de marzo de 2018 0

¿1714?

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¿Qué ha sido de los que se empeñaron en atormentarnos con miles de actos conmemorativos del tercer centenario de la derrota sufrida por los austracistas en Barcelona? Millones de euros que fueron gastados en actos olvidados; comisarios de exposiciones enchufados que pudieron comprarse el coche de sus sueños; periódicos separatistas que hicieron su agosto con la publicidad institucional. Un año antes de la celebración ya se calentaban motores y los presupuestos de la Generalitat eran extremadamente generosos. Algunos incluso anunciaban que el 11 de septiembre de 2014 Cataluña ya sería independiente. Pero la visión profética el separatismo ha estado siempre desajustada. En marzo de 2014, la Asamblea Nacional de Cataluña, presidida por Carme Forcadell, anunciaba que el día de sant Jordi, el 23 de abril de 2015, Cataluña sería independiente. Una pequeña desviación, de momento, de tres años. No fue la única predicción. Unos la concibieron en 2016, otros en 2017. Otro más listo llegó a declarar que si no se conseguía la independencia en 2014, habría que esperar otros 300 años.

Quizá uno de los gastos más desproporcionados fue el desparramado en instalar en el viejo mercado del Borne un Centro memorial de 1714. Pasados los primeros ímpetus, el Centro ya casi no recibe visitas y el coste de mantenimiento es insoportable para el Ayuntamiento de Barcelona. Que, como no, se le ha ocurrido transformarlo en un centro memorial contra todo lo que suene a rancio desde Felipe V a Franco. Eso sí, no recordará a Stalin o Lenin (cuyas imágenes se pasearon con toda impunidad por la Cataluña de la Guerra Civil). El Borne se ha hecho más famoso por la boutade del Ayuntamiento, en 2016, al colocar una estatua ecuestre de franco decapitado que –inevitablemente- la expuso a escarnio del populacho. ¿Conclusión? El memorial de 1714 les importa ahora a todos un pito.

La proximidad del tercer centenario del fatídico 1714, ponía en bandeja una estructura imaginaria para remover la conciencia “oprimida” del nacionalismo y radicalizarlo hacia el separatismo.

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Por poner una fecha del pistoletazo de salida a la actual situación kafkiana, encontraríamos una reunión de Pujol y tres de sus hijos en 2011 que decidieron poner en marcha todo el jaleo. Había que ocultar el escándalo que se avecinaba en cascada de la corrupción estructural familiar y política. En 2012, Artur Mas sería el encargado de ejecutar la hoja de ruta hacia el precipicio. Para ellos había que movilizar masas, mostrar músculo, despertar sentimientos. Había que tumbar al Estado español y sólo la “astucia” catalana podía lograrlo (y los millones que la Generalitat destinó a ello). La proximidad del tercer centenario del fatídico 1714, ponía en bandeja una estructura imaginaria para remover la conciencia “oprimida” del nacionalismo y radicalizarlo hacia el separatismo.

TV3 engrasó la maquinaria y cientos de reportajes pseudohistóricos fueron machacando a los adictos a esa cadena. Las subvenciones llovían sin rubor hacia cualquier congreso simposio o investigación que pudieran demostrar lo pérfidos que eran los castellanos que asaltaron Barcelona en 1714. El ya citado Borne, fue el epicentro de celebraciones y exposiciones por las que debían pasar todos los escolares de Cataluña. En fin, que al final consiguieron en el imaginario colectivo de muchos catalanes, anidara la idea de que era justo demandar la independencia por la vejación sufrida en 1714.

¿dónde han quedado las reivindicaciones sobre 1714? ¿Acaso le importan a alguien? ¿A la CUP? ¿A ERC? ¿A la sopa de letras en que se ha convertido las múltiples coaliciones de la vieja Convergencia?

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Pero pasó el aniversario. En menos de un año, López Tena, sustituyó la heroica defensa de una ciudad ya derrotada, por otro motivo más frívolo con tal de justificar el “proceso”: “España nos roba”. Este mantra caló rápidamente en la psiqué colectiva y pronto hizo olvidar a aquellos catalanes que con sus estrambóticos uniformes dieciochescos defendieron la ciudad en 1714. López Tena fue el primero en renegar de su brillante eslogan. Pero ya daba igual, cuando se demostró que Cataluña había gozado de 300 años de privilegio borbónico (remitimos a la magnífica obra de Jesús Lainz, “300 años de privilegio catalán”), entonces el mantra transmutó: “España no nos quiere”. Ya sólo faltaban los pucheritos públicos.

Y llegó el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017. Para entonces, la gestión de las imágenes de esa jornada, permitieron la emergencia de otro lema: “España nos pega”. Y el separatismo ha aprendido que el “proceso”, como el lego, se monta a base de piececitas o frasecitas: las urnas son democracia, la democracia siempre gana, Puigdemont aún es un presidente exiliado y pobre, Anna Gabriel sufre mucho en Suiza y está perdiendo el pelo, … Y uno se pregunta, ¿dónde han quedado las reivindicaciones sobre 1714? ¿Acaso le importan a alguien? ¿A la CUP? ¿A ERC? ¿A la sopa de letras en que se ha convertido las múltiples coaliciones de la vieja Convergencia? En realidad lo único que les interesa a los agentes políticos del separatismo es quién capitaliza las energías que –indudablemente- aún conservan y quién monopoliza y se beneficia de su liderazgo.

Y después todos disfrutaremos de la utopía eco-feminista revolucionaria promulgada por la profetisa Gabriel desde su exilio alpino. Un paraíso que, por cierto, a los defensores de Barcelona de 1714 les daría un patatús nada más catarlo.

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Una cosa ha quedado clara tras cuatro años de vorágine verborraica: al nacionalismo la historia le importa un comino. Ha tomado el pelo a todo el mundo –propios y extraños- inventando excusas, argumentos, imaginarios; comprando voluntades, destruyendo los servicios públicos catalanes desviando fondos para una aventura imposible; matando la libertad de pensamiento y expresión, subvencionando miserablemente todo tipo de medios afines. Pero no nos preocupemos, Cataluña es modelo de democracia, pureza ética, europeísmo, multiculturalidad (siempre que no provenga de España), tolerancia … y etnicismo supremacista.

Aquí no se preparan golpes de estado, ni se espía a los ciudadanos, ni se violan las normas de convivencia, nadie se insulta por las redes, ni se amenaza de muerte, ni te pintan las fachadas de tu casa. Gracias al nacionalismo esto se empieza a parecer un paraíso terrenal. Sólo faltan los de las CUP para rematar el tinglado. Y después todos disfrutaremos de la utopía eco-feminista revolucionaria promulgada por la profetisa Gabriel desde su exilio alpino. Un paraíso que, por cierto, a los defensores de Barcelona de 1714 les daría un patatús nada más catarlo. Esos hombres de verdad, no podrían digerir la utopía que nos han diseñado.

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