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11 de septiembre de 2026 0

La hora del carlismo

Es un título pretencioso, claro está. Lo es porque, empleando un viejo truco periodístico, pretende atraer la atención del lector. Y pretencioso porque, obviamente, la hora del carlismo es esta, como puede ser cualquier hora, o ninguna, según los criterios que manejemos.

Como católicos, los carlistas somos conscientes de que estamos en manos de la Divina Providencia, y que es ella la que en última instancia dispone cómo han de ser las cosas.

Sin embargo, Nuestro Señor nos pidió también que estuviésemos atentos a los signos de los tiempos porque, como dice el refrán popular, Dios ayuda a los que se ayudan. Y a mi juicio se está produciendo en estos años uno de esos cambios que acontecen dos o tres veces por siglo, y que van a marcar la forma de entender el mundo de la sociedad, al menos la llamada “occidental”, en las próximas generaciones.

La sociedad hispana actual, como la del resto del ámbito europeo o europeizado, es la decadencia y disolución final de la llamada “posmodernidad”, una cultura teorizada mucho antes, pero que inició su andadura práctica a partir del movimiento llamado “mayo del 68” y alcanzó su madurez a finales de la década de 1970 y principios de 1980. Surgió como reacción a la modernidad, y rechazaba tanto el democratismo liberal clásico y su idea de progreso continuo, fe en la economía de mercado, y confianza en la infalibilidad de las mayorías, como el marxismo-leninismo ortodoxo, que imponía la centralización de la ética y el control del pensamiento por el partido único. Frente a ellos, el posmodernismo estableció un individualismo feroz, un relativismo moral dogmático y una exaltación de la subjetividad y el sentimentalismo, apostando por la entronización del mundo interior de cada persona.

El posmodernismo rechazó la idea de los axiomas filosóficos fabricados por liberalismo y comunismo, pero no regresando a las verdades universales, o absolutas, sino negando cualquier verdad objetiva, y estableciendo el imperio del nihilismo. En cierto modo, profundizando en el muy liberal principio de la autonomía de la conciencia (o mejor dicho de la voluntad) pero, a diferencia de los pergeñadores de aquellas novedades, sin grandes ideales u objetivos inmanentes a los que poner al servicio esa voluntad.

El “liberacionismo” que predicaba la filosofía postmodernista no era sino una exaltación del egoísmo más acendrado. En su faceta más publicitada, el hipersexualismo, es muy evidente, pero afectaba a todos los órdenes de la vida: el rechazo al compromiso matrimonial y parental, al servicio a la patria, al cumplimiento de lo prometido, al respeto a las convenciones o tradiciones sociales de las generaciones precedentes (que han sido regularmente escarnecidas de todas las formas posibles)… no son sino la manifestación edulcorada de un acusado egocentrismo. Y como detrás de toda gran cuestión ideológica hay una cuestión teológica, el posmodernismo ha sido y es un feroz enemigo de la religión (señaladamente la cristiana, y particularmente la Iglesia católica) y mal disimuladamente ateo. En esto tampoco fue novedoso.

Para rellenar a ese hombre desintegrado y vaciado, el posmodernismo alentó toda forma de hedonismo, de servidumbre al apetito y al placer sensorial y físico, de exaltación de las pasiones (hasta extremos grotescos). Igualmente, para sustituir a la obligación política real, promocionó ideales abstractos e incomprometidos, desde la “paz mundial” (compatible con odiar al vecino) o el cosmopolitanismo, hasta la justificación de las mayores aberraciones sexuales. Ahondó aún más en el enfrentamiento de los vecinos y hermanos por siglas y supuestos sistemas políticos ideales (método ya practicado infructuosamente por liberalismo y comunismo) que nunca se plasmaron en la realidad. Por último, para calmar la innata sed espiritual del hombre, se importaron teosofías orientales centradas en el mundo interior, que permitían explorar una vaga trascendencia carente de preceptos morales objetivos, sin abandonar el onfalocentrismo propio del posmodernismo. La fe y la práctica de las virtudes (no solo teologales, sino incluso las cardinales o naturales) se convirtieron en “opciones personales”, al mismo nivel que el más abyecto de los vicios, y generalmente ridiculizadas o peor aún, consideradas enemigas del “liberacionismo” de la propia voluntad.

Por supuesto, todo el poder “blando” de Occidente, y la mayoría de sus gobiernos han alentado durante muchas décadas de forma directa e indirecta esa filosofía, dirigida a la sociedad pero que no podemos llamar “social” de ningún modo. Las personas sin referencias, sin lazos, sujetas a sus más bajas pasiones, poseídas por el odio a lo que se opone a su ego, servidoras más que satisfactorias de satanás, son mucho más fáciles de manipular y regir. Naturalmente, un conjunto de seres humanos así constituido no forma ninguna comunidad, y por tanto está abocado a la descomposición y extinción, proceso que llevamos contemplando en Europa y América desde hace ya mucho tiempo. Y el desplome de la natalidad es sólo el síntoma más visible de una crisis harto más profunda y amplia, que fue precedida mucho antes por la disolución progresiva del vínculo familiar.

La razón por la que los regentes de Occidente han alentado esto puede deberse tanto a estupidez derivada de su cortoplacismo (la arrogancia es el más necio de los vicios), como más probablemente a que este resultado fuese el buscado, pues la consecuencia de la filosofía posmodernista, la pérdida del sentido de la existencia, no era difícil de prever.

 

Afortunadamente, desde hace ya bastantes años el atractivo de esta ideología podrida se ha desvanecido, y prácticamente solo las instancias oficiales y los que viven de ellas simulan entusiasmo por ella. El alma humana está llamada a elevarse, y también a mirarse en el otro. El egoísmo, por mucho que se adorne y rellene, nunca colma al hombre. La mayor parte de la sociedad occidental sigue el posmodernismo por mera rutina e influencia de los poderosos.

Pero los espíritus más perspicaces de las nuevas generaciones van más allá, y aunque no tengan una formación filosófica sólida, intuyen perfectamente que hay algo más, un sentido existencial real que el posmodernismo les ha ocultado. Y lo buscan. Ellos son, y serán al fin, los guías de los cambios que se puedan producir.

Y aquí es donde entra la hora del carlismo. Desde su derrota militar en 1839, el tradicionalismo español ha sabido adaptarse y sobrevivir, buscando el protagonismo para devolver la vida política española al recto camino de la enseñanza divina y la ley natural, cuando ha tenido oportunidad de hacerlo: por la sublevación armada en 1872, por la influencia cultural en las últimas décadas del siglo XIX, uniéndose al alzamiento contra el Frente Popular en 1936, y en todo caso buscando siempre el modo de realizar su apostolado político y religioso en una sociedad progresivamente secularizada y apóstata gracias al triunfo del liberalismo de toda condición primero, y del posmodernismo después.

No es extraño que, en momentos de cambio social, máxime cuando muchos españoles, sobre todo jóvenes, buscan recuperar valores o fundamentos anteriores al posmodernismo para afrontar un futuro pleno de retos, el carlismo esté impelido a que la enseñanza que custodia y trasmite se haga oír otra vez. Y eso es doblemente fundamental, no sólo porque nuevamente “es la hora” del carlismo para intentar que la sociedad española le escuche una vez más, sino sobre todo porque corremos el riesgo de malbaratar una nueva oportunidad, que la debilidad transitoria del Enemigo (al final de todas las batallas hay un solo enemigo, siempre el mismo desde el principio de los tiempos) nos ofrece, y sean otras ideologías, a la postre también sus servidoras, las que sustituyan al posmodernismo y releguen de nuevo los elevados ideales de la Cristiandad y la Hispanidad.

Estoy pensando principalmente en el libertarianismo y el nacionalismo, dos de las némesis que pueden corromper, y lo están haciendo, a las nuevas generaciones. El afán por esquivar los tópicos propagandísticos del posmodernismo crepuscular, conocido por el término anglosajón woke (especialmente el feminismo, pero no solo) puede hacer que muchos ahonden en un libertarianismo que no deja de regresar al egoísmo primigenio del liberalismo más descarnado, aunque descarte los pseudovalores que el posmodernismo intenta armar para prolongar su existencia. El natural rechazo al odio a España, sus raíces y su historia de que hace gala el posmodernismo hispano, empuja a otros al otro extremo, al de la deificación irracional de la tribu y sus símbolos, que no otra cosa es el nacionalismo, buscando un imposible sustituto a los lazos naturales de la comunidad política.

 

Los cuatro grandes ideales de la Tradición, no cambian ni pueden cambiar. Dios (la Religión, el Altar, la Iglesia), la Patria (desde la familia y la patria chica hasta la Hispanidad), los Fueros (las libertades concretas, los cuerpos intermedios de la sociedad) y el Rey legítimo (la monarquía católica, social y paccionada) son los fundamentos de nuestro ser como comunidad histórica y política. No son las ramas del árbol legado por nuestros padres, sino las verdaderas raíces de nuestro ser español. Si negamos o minoramos una sola de ellas, estamos diluyendo y traicionando la gran Tradición hispánica y católica que construyó los cimientos de nuestra patria. Y mientras los cimientos persistan, mientras alguien los conserve, siempre se podrá levantar de nuevo el edificio, por derruidas que estén sus paredes y echadas a perder sus riquezas.

Pero si los ideales no cambian ni pueden cambiar, el modo de hacer apostolado carlista sí lo debe hacer, adaptándose a cada momento y cada lugar. En el siglo que nos ha tocado vivir, con un conjunto de seres humanos vaciados por dentro y desintegrados socialmente por fuera, el lenguaje y la doctrina deben ser mucho más sencillos y básicos de lo que lo fueron en tiempos pretéritos.

En primer lugar, Dios. Todo carlista es un cristiano, y un cristiano católico. Y el primer deber de un carlista es ser fiel y apóstol. Y la primera obligación de todo creyente es cultivar su fe y llevar una vida coherente con las obligaciones de todo discípulo de Cristo. La oración, la meditación, la lectura de las Sagradas Escrituras, la frecuentación de los salvíficos sacramentos, el cultivo de las virtudes teologales y cardinales, la práctica de las obras de misericordia, la formación constante en el magisterio de la Iglesia, la lectura de los Santos Padres, los grandes místicos y los buenos teólogos, son las más importantes tareas de todo tradicionalista. Sin una vida íntegramente acorde a sus creencias, un carlista falla radicalmente en su deber y se convierte en presa fácil para el padre de la mentira, cayendo en el fariseísmo y el pecado.

Fortalecida el alma, la siguiente tarea es la evangelización, la transmisión de la fe y el anuncio del Reino de los Cielos, custodiado por la enseñanza de la Santa Madre Iglesia, a cuantos hombres pueda, principalmente a aquellos más cercanos, los próximos (prójimos), con su ejemplo y con su palabra. Cuanta obra de predicación de la enseñanza cristiana, misterios de la fe y amor a Dios, Jesucristo (también en la Sagrada Eucaristía), el Espíritu Santo, la Santísima Madre de Dios y los santos se lleve a cabo, es también hacer carlismo.

No se debe negar; los tiempos que nos tocan a los católicos hispanos son recios. Vivimos en sociedades confundidas, apóstatas de hecho, cuyas malas costumbres, normalizadas, nos afectan a todos (también a los cristianos). Son campo árido en el que sembrar la palabra de Dios. Peor aún, a diferencia de nuestros antecesores en la Tradición, el liberalismo teológico, el modernismo y hasta el indiferentismo se han infiltrado en nuestra doliente Madre, y combaten contra la sana enseñanza católica desde la más sencilla parroquia de pueblo hasta los pasillos de la curia romana.

Debemos pues vencer la tentación de abandonar la lucha dentro de la Iglesia y crear nuestra comunidad separada de puros. Tentación bien comprensible, pero que atenta contra la virtud de la Esperanza y olvida la promesa de Cristo de permanecer siempre con su Iglesia, contra la que las puertas del infierno jamás prevalecerían. No, debemos librar el buen combate dentro, pues la gracia de Dios no abandona los suyos y les da siempre los medios de salvación, expulsando las pestilentes enseñanzas del liberalismo religioso que en el último siglo se fueron introduciendo arteramente, haciendo a algunos pastores cobardes, mundanos y aún filoherejes. Nuestra cooperación a la renovación de la Iglesia por mano del Espíritu Santo, y auxiliando a los sacerdotes y obispos fieles y santos, es también uno de los altos combates a los que los carlistas estamos llamados. Y los carlistas somos ante todo leales y luchadores. Sea nuestro combate también en la parroquia, la comunidad, la cofradía, la asociación piadosa. Infatigable en el bien. Una lucha callada y poco visible a los hombres, pero tan importante para la Iglesia y tan justamente premiada por Dios: la lucha por la santificación eclesial y la ortodoxia doctrinal.

 

Pero lo que nos distingue a los carlistas es nuestra vocación política. En ello agradamos a Dios Nuestro Señor, frente a otros cristianos que, ganados por las falsedades del liberalismo, aceptaron la separación Iglesia-Estado y la gran mentira de considerar la fe asunto privado disociado de la acción de gobierno y legislación. Nosotros sabemos, y así lo proclamamos, que la Iglesia siempre enseño que ninguna comunidad política humana perdurará en el Bien sino funda sus cimientos en la Ley de Dios, aquella transmitida por la razón a los hombres, llamada natural, y aquella revelada por el Creador a los hombres por medio de los mandamientos entregados a los patriarcas, las amonestaciones reveladas a los profetas y por último la gran ley del Amor que trajo Nuestro Salvador Jesucristo en su misión terrenal, y que fue recogida por cuantos le conocieron en persona, transmitiéndola a la Iglesia en los libros del Nuevo Testamento, siempre interpretadas según la dos veces milenaria sabiduría de la Iglesia.

Sobre esos sólidos cimientos fue fundada España en aquella feliz hora del Tercer Concilio de Toledo, en el año de 589, cuando los vencedores herejes godos fueron ganados dócilmente a la verdad de la fe por mano de su rey, el piadoso Recaredo, fundando así el reino de Hispania sobre la unidad católica. Unidad que fue recuperada laboriosamente por los reyes cristianos que, con sus defectos y errores, combatieron la invasión islámica de la patria, hasta culminar en el glorioso reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, justamente llamados Reyes Católicos porque sobre esa unidad de fe recuperaron y dieron impulso a la España moderna.

 

Por ello creemos y enseñamos que solamente unas leyes fundamentales del reino inspiradas en el Magisterio, y sólo un rey católico tienen la legitimidad precisa para regir a las Españas. ¿Cómo mostrar estas verdades, que perduraron durante los mejores siglos de la cultura y sociedad hispanas, a unas generaciones derrotadas e infiltradas del pernicioso principio de la separación radical entre la religión y el gobierno, entre la palabra de Dios y la promulgación de las leyes?

Con el auxilio de Dios, a los católicos que conozcamos, mostrándoles la contradiccion de creer y practicar las leyes de Dios en su vida diaria, en su familia, en su trabajo, pero no pensar que sean las mejores para regir la sociedad. En otras palabras, permitir que otros se pierdan por falsos respetos humanos. A los apóstatas y agnósticos, mostrándoles los graves daños para la sociedad occidental (disolución de la familia, enemistades sociales, injusticias de todo tipo, ataques a la vida inocente, corrupciones morales y materiales, blasfemias, nihilismo) que ha supuesto alejarse de las enseñanzas de Cristo. A cada cual con su lenguaje, y en su circunstancia, como bien enseñaba el Apóstol de los gentiles. Y arrostrando, como él, burlas, persecuciones y aislamiento social.

Que la paciencia que es cristiana virtud, no obstante, no nos vede de denunciar con claridad las inmoralidades de la apostasía y el ateísmo de leyes y costumbres corruptas, así como las desviaciones y herejías que acosan a la propia Iglesia. Sólo Dios puede juzgar los corazones, pero todo cristiano está llamado a la corrección fraterna y la amonestación ante el pecado público (corrección pública) o conocido (corrección personal), para cooperar a la salvación de las almas.

Alcanzar la legislación cristiana para España sería el principal y mejor remedio para resolver sus más importantes problemas. Ese debe ser el objetivo a largo plazo del carlismo.

 

La Patria es el segundo lema de nuestro ideario, y es un admirable ideal, máxime en los tiempos donde el posmodernismo lo ha escarnecido de todos los modos posibles. La patria es la tierra y las costumbres “de los padres” (es la extensión pública del cuarto mandamiento), y por tanto supone el respeto y honor al linaje, pero también a aquellas personas que comparten nuestro espacio físico y nuestra vida. Nuestra familia es la primera patria y nuestro primer objeto de patriotismo. El matrimonio sacramental e indisoluble, la apertura generosa a la vida, las renuncias por el bien de los nuestros, el amor entre sus miembros, el respeto a los mayores. Todo ello constituye el primer patriotismo. Sin este patriotismo, los demás son superfluos.

Nuestro prójimo (próximo) es el segundo objeto de patriotismo, sustancialmente aquellos con los que tratamos regularmente por motivos de trabajo, devoción, aficiones, intereses comunes, etcétera. Nuestro barrio y pueblo es también nuestra patria. Y no es menos importante trabajar por la armonía de cuantos forman parte de esas pequeñas patrias que por el mejoramiento material de las mismas. Como veremos posteriormente, la red de las asociaciones sociales son la base de la comunidad política en la historia y filosofía del tradicionalismo. Su vigor y fortaleza son fundamentales para una patria social, y debemos trabajar por esas patrias minúsculas. Del mismo modo hemos de hacerlo con nuestras patrias chicas históricas: la comarca, el señorío, la provincia, el principado, o el reino. Aquellos que sostuvieron España en los siglos del dominio musulmán.

 

El carlismo respeta con profundo amor a las patrias históricas de España, no como símbolo o nombre vacío de contenido, sino como realmente columnas y piedras vivas de la hispanidad. Sus leyes viejas, su lengua, sus costumbres, todo aquello que les hace singulares, merecen ser conservados. No son meras unidades descentralizadas, como son las comunidades autónomas, sino las raíces del tronco hispano. No están al final del proceso gubernativo, sino que este se construye a partir de ellas. Tras el desgraciado triunfo del liberalismo en nuestra patria, se importó el modelo administrativo de la revolución francesa, que entre sus muchos odios incluyó a los territorios históricos de la Francia monárquica, que ha procurado disolver y confundir desde su triunfo, a mayor gloria de la nación francesa y su capital parisina, so pretexto de su vinculación (espúrea) con la nobleza y sus privilegios. En nuestro suelo, en cambio, los viejos reinos fueron forjados en la lucha contra el infiel, y su unión se produjo en todos los casos por matrimonio dinástico o conquista al musulmán. Copiar el sistema centralista en nuestra tierra se probó un experimento fatal, pues ha alimentado todo género de nacionalismos.

En efecto, es el momento de hablar del gran enemigo del patriotismo, que puede confundir a muchos buenos carlistas, el nacionalismo. El nacionalismo es ideología liberal, heredera del romanticismo, que convierte a la nación (“allí donde se ha nacido”) en un ente con existencia y personalidad propias, que exige un territorio, una frontera, y sobre todo un estado moderno, fruto maduro de todos los errores políticos del liberalismo. Y por desgracia, muchos confunden de buena fe la patria tradicional con la nación liberal, y rinden culto a esa especie de deidad laica, que exige toda suerte de sacrificios y tributos en nombre de una suerte de sublimación de la tribu, a la que hay que prestar servidumbre, desligada de las personas y cuerpos sociales que le han dado la vida y la sustentan. Mientras la patria son personas y lugares concretos, la nación es una idea abstracta, sostenida por instituciones, banderas o himnos. Entiéndase que los símbolos de la patria son importantísimos y merecen el máximo respeto, pero no más que las personas o lugares concretos que representan.

Sea precavido el carlista de no caer en las garras del nacionalismo liberal, en el que por desgracia se extraviaron tantos buenos tradicionalistas, sea el nacionalismo regional o el nacionalismo español, pues ambos, enfrentados acerbamente, parten de los mismos principios, y tienen el mismo fin: poner separación e inquina entre hermanos y compatriotas. Se puede decir, con gran seguridad, que el nacionalismo en España sirve a sus enemigos.

Y sí, el patriotismo también incluye amar a aquellos de nuestros compatriotas que no compartan nuestros ideales: también debemos amar a apóstatas, ateos, herejes, liberales, marxistas y a los propios nacionalistas. Repudiar sus ideas equivocadas nada tiene que ver con procurar su bien y buscar su salvación y felicidad, siempre que sean compatriotas nuestros.

 

El carlismo postula igualar en importancia el ius sanguinis al ius locis. Es decir, dar tanta importancia al linaje hispano como al haber nacido en tierras españolas. Si una persona se siente solo catalana, o solo vasca, ya se está sintiendo española, puesto que Vasconia y Cataluña son hispanas, aunque se le haya inculcado el odio por España, que es lo que le sobra. Porque ese es el proyecto final de todo español, el de la patria grande hispana. Una patria que fue la de todos los súbditos de la corona hispana, achicada ahora a la mayor parte de la península ibérica. Ante todo el carlismo busca la salvación moral y material de las Españas europeas, y posteriormente buscar la unidad ibérica, la comunidad con los pueblos hermanos americanos y, a largo plazo, luchar por reconstituir la Cristiandad en Europa y en todos los pueblos de ella surgidos o tributarios de su cultura en algún modo. Y, en fin, incorporar a la Catolicidad a cuantos pueblos ignorantes o alejados de Cristo queden en el mundo. No otra fue la misión de nuestros antepasados en sus más altos siglos.

El tercer lema, los Fueros, es el más incomprendido y arduo de explicar, mayormente a una juventud con una formación jurídica muy pobre. Tal vez esa ignorancia pueda jugar a nuestro favor, pues no habrán estado condicionados por la demonización que la docencia liberal ha hecho siempre de estas leyes viejas o particulares, que se asimilaron indiscriminadamente a feudalismo o discriminación, cuando en su mayor parte fueron, precisamente, leyes que defendían a los más débiles.

Se ha de explicar el concepto de cuerpos intermedios, aquellas instituciones sociales surgidas de forma espontánea en toda comunidad política para que esta pueda alcanzar sus fines, al margen de la potestad instaurada: sindicatos o gremios para los fines laborales, cofradías para los devocionales, cooperativas o comunas para los económicos, cámaras para el comercio, academias para el conocimiento, universidades y colegios para la educación, asociaciones deportivas o recreativas, mutuas, peñas, comparsas… innumerables que nos rodean continuamente. De hecho, es muy probable que los concejos de los ayuntamientos originalmente surgieran como institución social, aunque su modelo fuese posteriormente reproducido por los gobernantes para expandir su población de forma ordenada.

Los cuerpos intermedios poseen las tres cualidades de la entidad política clásica: autonomía, es decir, capacidad de legislar en aquella materia de su competencia; autarquía, es decir, capacidad de alcanzar sus propios fines por sí mismos; y autocracia, capacidad de nombrarse sus propios rectores. Para el liberalismo, los cuerpos intermedios son residuos que permite el poder nacional al cual el contrato social ha otorgado todo el poder a cambio de una serie de contraprestaciones. Para el tradicionalismo, por el contrario (y siguiendo el concepto teológico católico de la subsidiariedad), ellos son, después de las familias, los verdaderos cimientos de la politeia, la entidad política. Toda entidad institucional superior nace para que los seres humanos puedan alcanzar los fines que los cuerpos intermedios no les pueden proporcionar, o para ser más exactos, para ejercer de organizadores y árbitros entre distintos cuerpos intermedios, coordinando sus esfuerzos para su máxima potenciación y su mayor perfección. La aplicación práctica y comunitaria del Bien Común.

De hecho, autoridades y potestades, en el ideario carlista, serían más bien “los cuerpos intermedios de los cuerpos intermedios” y eso vale para códigos de leyes y asambleas de todo tipo y condición. Ellas están al servicio de los cuerpos sociales, y no para tiranizarlos e intervenirlos (como sucede en el horripilante ejemplo de la China comunista). La Tradición política hispana construye la comunidad política desde abajo hacia arriba. En el contrato social liberal, por contra, el leviatán del Estado asume todas las funciones y dependiendo de las circunstancias puede ceder o desprenderse de algunas en pro de la iniciativa social, pero poderes legislativos, ejecutivos y sociales supremos del estado siempre tienen la posibilidad de arrogarse nuevamente la gestión total. De hecho, el estado socialista no es sino una radicalización de este mismo principio.

Luchar por los fueros no es luchar por los privilegios, sino por la voz auténtica de la sociedad. El foralismo, de hecho, nos preserva saludablemente de ser inducidos a comportarnos o pensar de un modo u otro por legislaciones positivas y asambleas siempre, siempre, dominadas por unos pocos (no caigamos en la ilusión del democratismo, que nunca es tal, sino partitocracia más o menos- aparentemente- plural). Probablemente, podremos convencer a muchas personas de buena voluntad si logramos que vean como una sociedad civil muy fuerte evitará por sí misma las “agendas 2030” de turno, como jamás lo hará un partido u otro, por muy “antisistema” que se presenten, cuando su propia supervivencia depende del sistema y de los poderes económicos que lo sustentan.

 

Y esta construcción de arriba abajo nos lleva al último de los ideales del cuatrilema, el de la monarquía legítima, social y pactista. Otro concepto desgraciadamente perdido durante el triunfo del liberalismo y su teoría inicial de la monarquía constitucional (actualmente en desuso frente al republicanismo, excepto en unos pocos países con historia monárquica muy fuerte, como en España). La mayoría de la población, y al igual los jóvenes, ha sido convertida en democratista fanática, sin permitirles cuestionarse una alternativa, pese a que los defectos meramente prácticos del sistema (no hablamos de los conceptuales) están a la vista. Cuando la prosperidad y el crecimiento permanente fallan y ya no pueden justificar el sistema, cada vez más personas, sobre todo jóvenes, se sienten atraídas por la solución autoritaria, como si un tirano personal fuese la solución a un estado tiránico. Olvidan que ese camino ya lo recorrió la primera república francesa, el modelo de todas ellas, y fracasó. Por supuesto, fuera de república o pantomima coronada liberal, toda alternativa monárquica es tildada de “absolutista” u, horror de horrores, “retrógrada”. Es, sin duda, mucho más difícil aún de explicar lo que es la monarquía tradicional, que los propios fueros. Hay que retrotraer a nuestro interlocutor a la unidad católica forjada en el III Concilio de Toledo, cuando monarca e Iglesia garantizaron mutuamente su posición en la comunidad política acordando servir a Dios y sus leyes, fuesen estas naturales o reveladas. Ese pacto entre Trono y Altar fue mantenido durante todos los largos siglos de la monarquía hispánica, ampliado posteriormente a la nobleza militar y al pueblo industrioso y comercial, como se vio progresivamente en la constitución de la cortes tradicionales y sus tres brazos.

Esa es la monarquía hispánica: católica ante todo, social en sus pactos con el resto de estamentos de cada reino, y legítima por sucesión. Una monarquía que se somete, como el resto de la comunidad política, a las leyes fundamentales del reino, basadas en la enseñanza divina y, por ende, inerrable. Con tales cimientos, solo bienes pueden salir de su aplicación práctica. Los últimos reyes Austrias ya permitieron a sus ministros algunos reflejos autoritarios, aunque sin modificar aquellas leyes viejas. Fueron los Borbones españoles los que introdujeron en nuestra patria el nefasto absolutismo monárquico (junto a otros vicios franceses, como el centralismo, el mercantilismo, la conversión de facto en colonias de las Españas ultramarinas, o el estado moderno). Y aún así, lo hicieron de modo atenuado, y mantuvieron muchas de las instituciones antiguas, por desgracia con frecuencia pervertidas en su funcionamiento, pero salvables de haber mediado una reforma enérgica. El liberalismo invento la soberanía nacional y acabó con cualquier posibilidad de regresar al estado original, convirtiendo al estado moderno en la más absolutista de las potestades.

 

¿Y por qué no una república católica, dirán algunos? Catoliquísimas fueron las repúblicas de Venecia, Génova o Pisa durante muchos siglos. En nuestra península, incluso, el principado de Cataluña, sin llegar a eso, tuvo durante la baja Edad Media amplia autonomía, con los burgueses barceloneses erigidos casi en consejo gubernativo con la famosa Diputación del General o Generalidad. La respuesta es doble: una razón histórica es que fueron las monarquías las que lograron la feliz recuperación de España para la Cristiandad y su extensión allende los mares, y no se entiende porqué habría de cambiarse un sistema genuino y razonablemente eficaz por un experimento que, digámoslo francamente, cuando se probó en su forma más pura en nuestra tierra, siempre acabó en desastre; y una razón práctica es que ninguno de esos territorios llegó nunca a extenderse en demasía (de hecho, las colonias de Venecia o Génova no eran en absoluto republicanas, sino meras extensiones de su poder), y jamás un vasto territorio como el de la corona hispánica hubiese podido ser regido de esa manera.

El concepto plano de monarquía no debe entenderse en una simpleza radical: no existe entidad política en la que un solo hombre ejerza toda la potestad. Siempre necesitará como mínimo auxiliares, secretarios, y colaboradores de todo tipo que asumirán parte de esa potestad (aunque sea delegada) y modificarán la visión del mundo de ese hombre. Es igualmente ingenuo creer que en la democracia (y hablamos ahora de una democracia ideal como la que postularon los filósofos griegos, no la partitocracia corrupta del liberalismo hodierno) es “el pueblo” el que ejerce realmente la potestad, pues eso es imposible.

 

No, la monarquía de la que hablamos es el sistema piramidal de autoridades en cuyo pináculo hay una sola figura, porque es la última referencia, la autoridad máxima y el árbitro supremo, aquel cuyo juicio es inapelable. Porque cualquier otro tipo de gobierno es bicefalia, camarilla o directamente anarquía, y la historia lo demuestra una y otra vez. La clave sobre la que reposa la monarquía hispana tradicional es que por arriba se somete a la Ley de Dios (mientras la soberanía nacional liberal no reconoce autoridad ni ley por encima de ella), como bien versificó Lope de Vega, “todo lo que el manda el rey, que va contra lo que Dios manda, ni tiene valor de ley, ni es rey quien así se desmanda”. Una audaz desautorización, no ya de las leyes reales contra la ley divina, sino de la propia legitimidad del rey cuando tales contrafueros sacrílegos comete. Y por abajo se somete a todas las leyes particulares (los fueros) de los cuerpos intermedios, de los que antes hablamos, que ha de jurar o prometer respetar y acrecentar para ser reconocido por rey (en los reinos de Navarra y la Corona de Aragón, hasta el final de la Edad Media lo fue explícitamente). Las Cortes Tradicionales, que propugnamos recuperar, eran el epítome y encarnación más importante de esa “limitación por abajo” a la potestad real. No la sustituían, pero fiscalizaban su tarea, aconsejaban al monarca y podían llegar a retirar el apoyo a leyes y actos de gobierno concretos. León dio al mundo la primera de las Cortes con representación de los tres brazos en la historia, a finales del siglo XII.

Los carlistas no nos dejamos cautivar por simplificaciones o alucinaciones. Antes del advenimiento del liberalismo, ya nuestra monarquía había contravenido en diversas ocasiones y de diversos modos los privilegios sociales, e incluso atentado en cierto modo contra los derechos de la Iglesia (no olvidemos que la primera desamortización la intentó un ministro de S.M.C D. Carlos III de Borbón). Jovellanos ya advertía que hacía falta una profunda reforma en la monarquía para combatir las ideas liberales que empezaban en su época a infiltrar a los ilustrados españoles, y el famoso manifiesto, por mal nombre “de los persas”, solicitaba al rey que, amén de recuperar la autoridad efectiva, recuperase instituciones antiguas, señaladamente las Cortesen la forma y modo en que se hacía en los antiguos tiempos gloriosos de la monarquía”. Por desgracia S.M.C Don Fernando VII no atendió estas justas peticiones, con el resultado de todos conocido.

No, los tradicionalistas no queremos volver exactamente al mismo punto donde estaban las cosas antes de la muerte de este rey, pues entonces ya precisaban importantes y profundas reformas. Sin embargo, aún en aquella tesitura de un monarca evidentemente mejorable, las leyes viejas permitían una recuperación de todo el edificio institucional con unas pocas y sabias medidas. Las cortes constituyentes liberales acabaron de un plumazo con esa posibilidad, sustituyendo un formato católico, tradicional y social por un estado moderno liberal.

 

Por último, la legitimidad dinástica garantiza la continuidad. Un monarca no es solo una persona ejerciendo una potestad, es una familia, entregada y educada desde muchas generaciones tanto en el servicio a Dios y a la Patria como en la tarea de ejercer el buen gobierno. En nuestra historia hubo grandes filósofos y pensadores que fungieron de tutores y maestros de reyes y príncipes. Ese linaje garantiza una transmisión pacífica del trono a la muerte del monarca, y que si un miembro es manifiestamente incapaz para su cometido, otro pueda sustituirlo en función de las leyes sucesorias. Contra lo que la propaganda liberal difunde, muy pocos de los reyes de los reinos cristianos o la monarquía católica fueron incapaces para su tarea (muchos más fueron excelentes monarcas). Asimismo, fueron excepcionales las luchas sucesorias, y en su mayoría breves. Únicamente la guerra de sucesión que dirimió el sucesor al trono a la muerte de Carlos II de Austria fue larga y destructiva, y lo fue por la participación en ella de las potencias europeas, que la prolongaron en detrimento de nuestra patria. Brilla como ejemplo opuesto la concordia del compromiso de Caspe, en el que las instituciones tradicionales supieron elegir (y muy atinadamente) una nueva dinastía para los reinos de la Corona de Aragón sin derramamiento de sangre. Compárese con la guerra de las Dos Rosas o la de los Cien Años en otros reinos, o los innumerables conflictos civiles que ha sufrido España desde el advenimiento al poder del liberalismo. Únicamente la dinastía legítima reconoce la soberanía divina sobre la política temporal, y está dispuesta a guardar ese pacto entre rey y pueblo que dio a la Hispanidad sus mejores horas.

El posmodernismo decadente agoniza en un marasmo de odio a la vida y la familia, exaltación de cualquier aberración, culto al individualismo, el nihilismo y el escapismo de la realidad por cualquier medio. Las almas más nobles ya hace tiempo que buscan salida y sustitución a este edificio carcomido que se cae. Por desgracia, arrancada la raíz católica de la mayoría de espíritus, y ocultada la confesionalidad católica de las sociedades y los estados, la tarea educativa de los tradicionalistas se torna más ardua. Sin embargo, la ocasión se presenta de nuevo, y de nuevo debemos tratar de conquistar los corazones y mentes de los españoles. El apostolado de la Tradición es la vocación de los carlistas, a ella nos debemos, y los ideales salvadores de la patria y de cada uno de sus miembros siguen ahí. Cambian los tiempos, cambian las oportunidades y cambia el lenguaje, pero los principios no cambian. A trabajar, como siempre hizo el carlismo. Esta bien podría ser su hora.

 

No te afanes en los bienes del mundo, que han de perecer.

Afánate antes en los celestiales, que han de permanecer.

 

Nota: Este artículo está dedicado a la memoria de Paula Gambra Mariné. Ejemplar católica, madre, esposa y carlista. Jefa de la organización de las Margaritas adscritas a la secretaría política de d. Sixto Enrique de Borbón, formó parte de la junta directiva del círculo cultural carlista Antonio Molle Lazo. Falleció en Segovia el 25 de agosto de 2026, a los 44 años de edad.

Rogamos una oración en caridad por el eterno descanso de su alma, y para consuelo de su esposo, Félix Zorrilla Pila, amigo y correligionario, sus hijos y demás familia.

Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei.

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