Propaganda y caridad
Propaganda y caridad ( 1 de 1024)
Propaganda y caridad
(Por Manuel Gutiérrez Algaba )–
Los carlistas somos católicos. Ser católico implica ejercer la caridad: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento,… enseñar al que no sabe.
He ido a suficientes misas,– y no, no soy de esas personas que ha ido toda su vida a Misa, sin faltar ni una–, como para haber escuchado que «los católicos tenemos que ser creíbles»; dicho de otro modo, muchos católicos no somos creíbles. «¿Cómo?»- dice el lector de la esquina. En efecto, la profesión de Fe, declararnos católicos, está incompleta si incumplimos sistematicamente y ampliamente nuestros preceptos. No hay que ser teólogo para afirmar eso.
También he ido a suficientes charlas de formación, de cierto organismo de la Iglesia, para haber aprendido que la Misa es un «medio», es decir, una forma de conseguir mejorar nuestras virtudes, entre ellas la caridad. Si las misas no mejoran nuestra caridad, entre otras virtudes, algo está fallando.
Por contra, tenemos gente atea y que reniega de la Iglesia, sobre todo de la «jerarquía» que es profundamente caritativa y que goza de unas virtudes admirables, dejando en un lugar algo rídiculo al católico practicante de sacramentos, pero no de virtudes.
Es cierto, que formas de ejercer la caridad hay muchas, pero también es cierto que la caridad debe ejercerse sin que la mano izquierda sepa lo que está haciendo la derecha, es decir, con una prodigalidad, con una naturalidad, con un automatismo que se asemeja más al respirar que a un proceso de «esfuerzos» y de cálculos, o sea, una caridad no debe quitar a la otra, una caridad de dar de comer al hambriento no debe «oscurecer» ni bloquear a una caridad informativa. Nadie por haber sido caritativo ayudando a alguien a tener casa está excluido o pagado de «tener» que ayudar informando. No se trata de cubrir un expediente de mínimos, de caridades mínimas. La prodigalidad debe ser la mayor posible.
Mucha gente se me pone brava cuando empiezo a mentarle esto de la caridad y me salta con cosas como «¿y tú qué sabes en cómo yo ejerzo la caridad ?». Y es cierto que yo ni soy teólogo ni el mejor católico del barrio, ni el católico más asiduo de la provincia, ni el que lo sabe todo de caridades, de propaganda o, incluso, de donde están mis libros en mi cuarto. Pero algo está claro, la caridad no se cuantifica, no se dosifica, no se pospone.
Hay muchos límites a la caridad, dar de comer al hambriento o darle techo están muy bien, cuando uno mismo ya tiene algo. Y, sí, siempre hay alguien que tiene menos, siempre podríamos dar algo, pero el dinero es un factor limitante para muchísimas personas. En cambio, la caridad informativa requiere de bastante menos dinero y sólo de voluntariedad, y, a veces, es más crítico enseñar a alguien a que no se vacune ( que no se mate, de forma estadística) o que se proteja de algún peligro o que se una y no caiga en la desesperación, que una ayuda puntual económica.
Hablar con la gente, con diplomacia, participar en grupos de gentes con pancartas, repartir octavillas que alguien te dé, eso no es ningún gasto de dinero, es un gasto de tiempo, es un gasto de prioridad, el tiempo es prioridad, es vaciarse de uno mismo para llenarse del otro, es acercarse a Dios. Hacer propaganda es renunciar a los placeres del mundo para ser mejores personas, mejores seguidores de Cristo.
Alguien dirá que dar formación es también enseñar al que no sabe y también es caridad. Y así es, pero en la «aritmética» de las caridades una caridad no bloquea a la otra, no la exime, no la «cubre». También hay recordar que en Evangelio Jesús se daba baños de multitudes enseñando, es decir, a cuántos más enseñemos, mucho mejor.
La desgracia de la «formación» es que se trata de enseñar a muy pocas personas, y muchas veces, de manera excesiva, con sobreabundancia. Siempre es bueno aprender más, pero poco sentido tiene construir pequeñas élites endogámicas sobradamente preparadas pero que no «conectan» nada con la masa, que no transfieren nada a la masa, que no cambian la masa.
La suerte de unas élites intelectuales desconectadas tanto de las élites de poder como de la masa es la absoluta y total desaparición a medio plazo. Las élites de poder siempre mirarán con desconfianza a estas élites intelectuales y las demonizarán, perseguirán y criminalizarán de multitud de maneras. La masa no podrá proteger o resguardar a unas élites intelectuales que jamás se preocuparon demasiado de la masa, del prójimo.
Es un imperativo moral y material hacer mucha y buena propaganda.
Un saludo en Cristo Rey, que es quién realmente «paga» las octavillas, tanto en dinero como en tiempo.
