15 de mayo de 2018 0

Los fueros como dique al estado

Recientemente nuestro periódico, Ahora-información, nos ha informado que a un campesino le han prohibido que paste su ganado en un campo, de su propiedad, que se hallaba en barbecho.

La peor consecuencia de la Revolución y del estado liberal resultante ha sido la divinización del estado. Apartado Dios de la vida pública, en Estado ha ocupado su lugar. Y quienes participan de la organización estatal, han atribuido al Estado la omnipotencia y omnisciencia de Dios.

La Revolución abolió los Fueros. Y los abolió en cumplimiento de uno de sus principios: la igualdad.  Y el principio de igualdad es el que invocan, exclusivamente, los antifueristas de hoy, como el partido Ciudadanos.

Pero hay otra cuestión en la que no se repara. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, los Fueros nacieron de usos y costumbres que, a petición de los súbditos, el Rey convirtió en leyes. Los Fueros no nacieron de la mente de los legisladores, sino de la vida misma. Al respecto, es significativa la contestación de D. Carlos VII a los ayuntamientos guipuzcoanos que le pedían instrucciones: “¿Qué queréis que os diga? vuestros problemas los conocéis vosotros mejor que yo”.

Y es que los Fueros suponen la humildad del gobernante que reconoce que ciertos problemas, los de la vida cotidiana, los conocen los interesados mejor que él. Esa humildad no se da en los gobernantes salidos de la democracia. Todos recordamos la frase de Felipe González, cuando presidía el gobierno de España “Diez millones de votos nos dan derecho a…”.

Ese es el problema. Que nuestros gobernantes se creen investidos de la suprema sabiduría. Y por eso deciden no, solamente en las cuestiones de gobierno que les corresponden, sino en los mínimos detalles de la vida. Así, un burócrata, desde su despacho a decenas quilómetros del campo en barbecho, sabe mejor que el campesino que lleva años trabajándolo, lo que le conviene. Porque para eso es un miembro del Estado omnisciente.

Eso es lo que hace necesarios los Fueros: que el Estado devuelva a la sociedad las atribuciones que le ha usurpado. Los Fueros estuvieron en vigor a lo largo de la historia. Por eso hoy se habla de los “derechos históricos” para reivindicar el poder legislativo de ciertas regiones. Y no es por “derechos históricos” por lo que hoy pedimos Fueros. Es por el derecho que tenemos a decidir en cuestiones que los súbditos conocemos mejor que los gobernantes. Porque el Estado no es Dios. Y se comporta como tal, resultando el peor de los tiranos.

Precisamente, en esta semana final de abril, en el Reino Unido se está dando un caso sangrante. El Estado democrático, que tradicionalmente nos lo ponen como ejemplo, ha decidido que un niño debe morir, porque han fracasado los médicos. Médicos que forman parte de la maquinaria estatal. Y el Estado omnisciente, seguro de que no existe remedio para el infante, porque si existiera sus médicos ya lo conocerían, niega a los padres la posibilidad de buscar otros remedios para el niño. Esa es la libertad de papel que nos ofrece la Revolución; que mata las libertades reales que necesitamos para vivir.

Zortzigarrentzale.

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