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14 de noviembre de 2022 0

José María Ribas Alba analiza su obra Historia desconocida del Nuevo Testamento

(Una entrevista de Javier Navascués) –

José María Ribas Alba es doctor en Derecho. Profesor titular de Derecho Romano en la Universidad de Sevilla. Posee una dilatada trayectoria investigadora. Ha publicado decenas de artículos en revistas especializadas –españolas y extranjeras– y de divulgación. Es autor de una veintena de libros. Cabría destacar: Persona. Desde el Derecho Romano a la Teología cristiana (2ª ed. 2012) o Constitucionalismo romano. Los límites jurídicos del poder en la antigua Roma (2019). Entre los publicados en la Editorial Almuzara pueden citarse Proceso a Jesús (2013) y Prehistoria del Derecho (2015).

¿Por qué decidió escribir un libro sobre la historia desconocida del Nuevo Testamento?

Llevaba mucho tiempo preparando este libro y agradezco a la Editorial Almuzara que haya admitido su publicación. ¿Motivos de esta iniciativa? Las Sagradas Escrituras –y específicamente el Nuevo Testamento– han sido objeto de una prolongada crítica racionalista, que niega lo sobrenatural en todas sus formas, desde el siglo XVIII (por supuesto también antes). Esa crítica fue propuesta al principio desde fuera de la Iglesia. Pero desde mediados del siglo pasado ha ido penetrando en mayor o menor medida en los ambientes de los propios estudios eclesiásticos; desde allí se difunden al gran público, donde la desorientación es evidente. En ocasiones a este racionalismo se opone, en el mejor de los casos, un fideísmo que es igualmente disgregador. Como si la Razón histórica y la Fe fueran mundos enfrentados. Muchos especialistas han interiorizado, quizá sin una clara consciencia de ello, presupuestos y planteamientos que en su origen son claramente no ya neutrales (suponiendo que esto sea posible), sino directamente anticristianos. Mi obra es una reivindicación del Nuevo Testamento desde la ortodoxia católica. No se olvide que las Sagradas Escrituras, en la Tradición de la Iglesia, son el fundamento de nuestra Fe y el punto de partida de la Teología. Sin una exégesis basada en una visión correcta del Nuevo Testamento todo el edificio de la Doctrina de la Iglesia corre el riesgo de desmoronarse. Y algo de esto puede estar ocurriendo.

Para poner un ejemplo representativo de la situación en la que nos encontramos. J.D.G. Dunn es autor de un libro extenso, muy difundido, que trata sobre estas materias, Jesús recordado. En su índice de autores aparecen más de novecientos nombres. Una multitud. Allí salen personajes como Herder, Locke, Marx, Plutarco o Celso. Pero sorprende que no haya mención alguna ni de Agustín de Hipona ni de Tomás de Aquino, ni de muchos otros autores recientes o no, grandes conocedores de la Escritura, que merecerían haber sido también «recordados». Llama la atención esta postura, que parece renegar de nuestra propia tradición de estudios, fruto de un cierto complejo de inferioridad. Esta ideología sostiene en el fondo que, en materia de exégesis bíblica, todo lo anterior a nuestro tiempo carece de valor. Tiene, además, una visión muy restringida de lo que se entiende por «nuestro tiempo», haciéndolo equivaler con determinadas propuestas cerradas a la trascendencia. Como si la Iglesia tuviera que pedir perdón a un sector de la cultura que la desprecia sin contemplaciones.

¿Cuáles son las principales fuentes en las que ha basado su trabajo?

El lector interesado podrá consultar un índice de autores antiguos y modernos situado al final del libro. Así tendrá la oportunidad de hacerse una idea de los materiales utilizados. Respecto a las fuentes antiguas he tenido en cuenta la literatura intertestamentaria, las fuentes rabínicas, los autores no cristianos de la época, los escritos hallados en Qumrán y la información contenida en los papiros y en algunas inscripciones, como el llamado Edicto de Nazaret, que parece referirse a la Resurrección de Jesús. Respecto a los autores modernos me he ocupado en particular de algunos de ellos, vinculados con el Nuevo Testamento, desatendidos en este tipo de estudios. Es el caso de Bruno Bauer, durante un tiempo mentor de K. Marx, al que trasladó una visión absolutamente materialista de la exégesis bíblica (y de la religión), de la que era un consumado especialista.

¿Hasta qué punto el contenido del libro o parte de él pudiera escandalizar a los creyentes?

Me parece que escandalizará más bien a los no creyentes, en el supuesto más o menos improbable de que lean el libro con detenimiento. Los creyentes encontrarán un conjunto de datos (algunos poco conocidos) y de reflexiones. Con estas últimas podrán coincidir en una proporción grande o pequeña. Pero al menos tendrán la oportunidad de confrontar sus puntos de vista con alguien como el autor, que procura comportarse como un fiel hijo de la Iglesia. En todo caso, no me toca a mí juzgar los resultados de la investigación.

¿En qué medida su libro cuestiona la historicidad de los Evangelios?

A riesgo de incurrir en una expresión que pueda parecer desmesurada y poco cortés contesto respetuosamente que en ninguna. En los Evangelios no hay ciencia ficción. No son leyendas piadosas, expresión de las creencias transformadas en «historia», surgidas de las primeras comunidades. No hay «escenas simbólicas» (es decir, inventadas), como gusta de afirmar entre nosotros, por ejemplo, Antonio Piñero, al que respeto por su formación y conocimientos, pero con cuyos puntos de vista no tengo mucho en común. Los Evangelios son en su esencia la memoria de los primeros testigos. La primitiva predicación oral, por puro sentido común, fue recogiéndose por escrito, para su preservación en el futuro.

Defiendo en particular la historicidad del llamado Evangelio de la Infancia, también muchas veces excluido entre los especialistas y en libros que gozan del favor popular. Véase, por ejemplo, la difundida obra de Pagola, quien opta por suprimir su historicidad, otorgándoles un valor exclusivamente literario. Precisamente por este tipo de motivos he introducido algunas hipótesis en las que se proponen fechas concretas del nacimiento, de la muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, siguiendo en este punto –con algún ajuste– la contribución de J.A. Arregui.

Los llamados «evangelios» apócrifos sí que fueron descartados de los libros canónicos por considerarlos muy fabulados.

Para empezar: muchas de estas obras ni siquiera merecen el nombre de «Evangelio». Hay una gran confusión en este asunto. Existe un abismo de estilo y contenido entre los Evangelios de verdad y esta desordenada y oscura selva de los llamados evangelios apócrifos. Es perfectamente explicable que la Iglesia rechazara la autenticidad de estas obras. Algunas recogen ingenuamente leyendas piadosas. Pero otros muchos son el producto de sectas gnósticas, ubicadas en una posición sólo aparentemente cristiana, pues en realidad derivan de la mitología e incluso del politeísmo pagano, más o menos camuflado. Fueron concebidos con el propósito específico y deliberado de proponer una doctrina contraria a la de la primera Iglesia y de socavar sus cimientos. Invito al lector a que lleve a cabo una lectura conjunta de los Cuatro Evangelios y de algunos de estos apócrifos. Pienso que llegará por sí mismo a estas mismas conclusiones. Por lo demás, cabría añadir que en la actualidad se mantiene este fenómeno de los «evangelios» apócrifos, escondido en novelas pretendidamente históricas o en obras que se sumergen en un esoterismo de escasa calidad. También en algunas obras que se presentan como de teología católica, cuando no lo son.

La existencia de Jesucristo como personaje histórico está más que demostrada, ¿cómo aborda el tema?

Los enemigos de la Iglesia siempre han tendido a cuestionar la existencia real de Jesús o, en otros casos, a rebajar su densidad histórica hasta hacer de él un ser intermedio entre la historia y el mito. De hecho, en la práctica, mucha gente hoy en día participa de esta visión incompleta sobre Jesús de Nazaret. Siguiendo precedentes ya muy antiguos se presenta a Jesús como un líder revolucionario o como un maestro de la moral, despojado de cualquier consideración sobrenatural. Se hace preciso, además, poner de manifiesto la continuidad entre la persona de Jesús y la naturaleza de la Iglesia, camino de Salvación en la Historia.

¿Cuáles serían a su juicio los principales misterios por descubrir en el Nuevo Testamento?

La riqueza de las obras que componen el Nuevo Testamento supondrá siempre un reto para quienes se acercan a él. Debe decirse que es la gran puerta de entrada al Misterio por antonomasia. En sus páginas cualquier persona tiene la oportunidad de sumergirse dentro del mysterium Christi en el sentido que explicó un gran teólogo hoy poco conocido, M.J. Scheeben, en su obra titulada precisamente Los misterios del Cristianismo. Dicho esto, soy de los que opinan que en el ambiente en el que nos movemos es preferible subrayar, al menos en el caso de los Evangelios, que no es preciso reunir la condición de «iniciado» para disfrutar de su lectura. El Nuevo Testamento es ahora una obra desconocida por muchos. A la crisis general de la cultura en Occidente se añade una tendencia a desdeñar todo lo que pueda ser considerado una realidad del pasado. Y efectivamente el Nuevo Testamento fue concebido en el siglo I de nuestra Era. Pero su valor es perenne.

¿Y las curiosidades más llamativas?

En el libro se contiene un esfuerzo por dar relieve a algunas hipótesis que ahora han sido injustamente abandonadas sin muchas explicaciones. Hablo de que es probable que el epistolario entre San Pablo y Séneca el Filósofo (exceptuando dos cartas de las catorce conservadas) sea auténtico. Pablo demuestra en sus Cartas poseer formación en la filosofía estoica. No en vano procedía de Tarso, una ciudad famosa por su papel difusor de esta escuela filosófica. Sabemos por los Hechos de los Apóstoles (18, 11-16) que conoció en Corinto al procónsul de Acaya, hermano de Séneca. Algunas similitudes entre el pensamiento de éste y la doctrina cristiana son bien conocidas. Séneca y Pablo murieron víctimas de la tiranía de Nerón, entre los años 63 y 65 d.C. Por estos y otros motivos no creo que deba desecharse a la ligera la posibilidad de que el intercambio epistolar entre ambos personajes sea auténtico. Es sólo un ejemplo del tipo de información que el lector puede encontrar en sus páginas. Me detengo en muchas otras cuestiones: un análisis del proceso que sufrió Jesús, que le llevó hasta la Cruz; el estudio de una cronología probable de la vida de Jesús; o las páginas que se dedican al Apocalipsis, el libro profético del Nuevo Testamento. Entre otras varias cuestiones.

¿Por qué los términos y las expresiones empleados en el Evangelio se siguen usando en nuestra vida cotidiana?

En la cultura occidental e incluso más allá, donde la Iglesia ha podido ejercer sin trabas su tarea evangelizadora y civilizatoria (dos facetas de una misma realidad), la lectura del Nuevo Testamento y, en general, las historias bíblicas eran bien conocidas desde la infancia. Para citar un caso suficientemente representativo: la madre de Fiódor Dostoievski le enseñó a leer a partir de una obra religiosa traducida del alemán, Ciento cuatro historias sagradas del Antiguo y del Nuevo Testamento. De una u otra forma, en la familia y en la escuela, de modo oral o escrito, las narraciones bíblicas han pasado de generación en generación durante siglos y han informado todas las artes, desde la pintura a la música. Han construido la conciencia moral de millones y millones de personas a lo largo de la Historia y han contribuido a una forma de ver la vida basada en el humanismo. La barbarie vuelve siempre que se rechazan estos principios que, aunque transmitidos por la Iglesia, son en buena parte de Derecho natural.

Con estos antecedentes, es lógico que en el léxico habitual perduren expresiones tomadas de la Biblia o que muchos de sus personajes se hayan convertido en figuras que ejemplifican diversos modelos de tipos humanos. Para hablar sólo del Nuevo Testamento: los Magos de Oriente, Herodes, Pilato o Barrabás, los fariseos y los publicanos, la inquietante amenaza del Anticristo, entre otros casos, forman parte del repertorio de imágenes compartidas.

El problema surge precisamente en nuestros días: dada la creciente y buscada ignorancia en materia religiosa, ¿hasta cuándo persistirán estas referencias? ¿Hasta cuándo estas historias y estos personajes se mantendrán vivos en la memoria de las generaciones venideras? El totalitarismo que nos amenaza intentará borrar hasta la última huella de este lenguaje liberador. A estos efectos pienso –como muchos– que se hace especialmente necesaria y urgente una revitalización del anuncio del Evangelio en el ámbito de la cultura y de la educación.

¿Por qué sigue suscitando tanto interés todo lo relacionado con el Nuevo Testamento?

A las razones arriba apuntadas podríamos añadir una razón más profunda: porque de una manera más o menos intuitiva, más o menos derivada de la formación religiosa y biografía de cada cual, la sed de trascendencia es una constante del ser humano, un elemento decisivo de su propia estructura como ser personal. Y en el Nuevo Testamento se encuentra el tesoro capaz de calmar esta sed, un tesoro que en su sencillez y en su belleza es fácil de reconocer, al alcance de todos, con independencia de las creencias y de las condiciones sociales, de los tiempos y de los lugares. La universalidad de la Iglesia empieza en la universalidad del Nuevo Testamento.

Basta echar un vistazo al repertorio de series y películas para constatar la presencia actual de las Sagradas Escrituras. En las librerías es evidente la persistencia de este interés, en las innumerables publicaciones que tienen que ver con el mundo del Nuevo Testamento, también en la vertiente de lo que hemos dado en llamar los nuevos «evangelios» apócrifos, tan del gusto del gran público. Incluso en estas versiones falaces se rinde un homenaje a la Verdad que allí se contiene.

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