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21 de febrero de 2024 0

Et erunt in carnem unam II

(Por Castúo de Adaja)

De tal manera quiso la Santísima Trinidad manifestar este grato don para el varón medio que se desposó con el prístino ejemplo de nuestra Inmaculada Madre de los Cielos, de tal manera que se hiciera verdad el propósito que refleja el libro de los Proverbios: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas[1]. Y tanto es así que el joven hijo de Adán se afana en la búsqueda de la esposa fiel; de la amada con la que ha de unirse “como sello en su corazón”[2], y a la que devotamente ha de entregarse en cuerpo y alma. En alma, sí, pues Cristo no se entregó meramente mediante los dolores de su costado; muriendo en la cruz, fue ultrajado y sufrió Nuestra Señora los “dolores de parto” de los que había sido preservada en la Natividad. Santo Tomás lo refleja sabiamente según lo que se sigue, que “una mujer se llama madre de alguno por haberlo concebido y engendrado; por lo cual síguese que la Bienaventurada Virgen se llama en verdad Madre de Dios[3]. Y como la Virgen fuese Madre de Dios y madre nuestra, entiéndese bien que no hay mayor virtud – que es la ordenación de las acciones para la rectitud, sea ésta: la beatitud – que busque el varón en la mujer que sea ésta doncella entregada a la maternidad. En verdad, aquella doncella que se desposa con varón y engendra vástago de su unión ofrece al mundo no sólo una criatura preciada, sino la participación misma de la divina Creación. Entiéndese, por tanto, que no hay mayor dicha a los ojos del joven virtuoso que el saberse partícipe de tan magna obra por medio de la entrega física y espiritual de aquélla que el Señor preservó para él mismo, como preservó al profeta Jeremías en el seno materno para mayor gloria de Dios[4].

Pues el hombre es testarudo, y muchos son los disfrutes y las tentaciones de este mundo, y por ello fue preciso que el hombre conociera al Verbo de Dios tocándole físicamente, y aun invocándole, como dice San Agustín: “Señor, concédeme saber qué es primero: si invocarte o alabarte; o si antes de invocarte es todavía preciso conocerte[5]. Y, de la misma manera que es preciso conocer el Verbo divino, es también preciso que el hijo de Adán conozca a mujer, y que ésta sea preservada de las malicies del mundo para mayor gloria de Dios. Pues, si el mundo pretendiere arrebatarle a la mujer la razón de su ser por medio de la esclavitud, ¿acaso no estaría el hombre llamado a buscar su liberación? De pocos medios dispone el vir iustus[6] moderno, mas todos ellos han de estar destinados a la preservación de la mujer como quien preserva un perfume suave[7]. Porque no hay mayor dicha que saberse casto y humilde, virtudes olvidadas en nuestro tiempo, como indica el Presbítero Alfredo Sáenz[8].

(Fin de la segunda parte)

 

Notas

[1]Mulierem fortem quis inveniet? Longe super gemmas pretium eius”; Prov. 31,10).

[2] cf. “Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum, quia fortis est ut mors dilectio, dura sicut infernus æmulatio” – “Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo”; Cant. 8,6.

[3] Summa Theologieae, III, q. XXXI, a. 4.

[4]Priusquam te formarem in utero, novi te et, antequam exires de vulva, sanctificavi te et prophetam gentibus dedi te” – “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones”; Jer. 1,5.

[5] San Agustín, Confesiones, I, 1.

[6] Título otorgado a San José, por cuanto es “observante de la Ley”, es decir: entregado plenamente al Señor, como se refleja de la 3ª Catequesis sobre San José pronunciada por S.S. el Papa Francisco en Audiencia General en el Aula Pablo VI el 1 de diciembre de 2021.

[7] Salm. 133,2.

[8] Cf. Sáenz, A. (S.J.) (1998). Siete virtudes olvidadas. Buenos Aires: Gladius.

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