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12 de marzo de 2023 0

Entrevistamos al profesor mexicano expulsado de la Universidad por criticar el feminismo y el 8M

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Rodrigo Fernández Diez. Licenciado en Derecho por la Universidad Panamericana. Maestro en Ciencias Jurídicas por la Universidad Panamericana. Ha sido profesor de la materia Instituciones jurídicas y políticas de la Roma antigua en el Tecnológico de Monterrey, de Derecho Romano (I y II) y de Historia de la Cultura Jurídica en la Universidad Panamericana.

La Universidad Panamericana, campus México, en la que usted impartía la materia de Derecho Romano, parece haber prescindido de sus servicios por no apoyar, ni siquiera tácitamente, la marcha del 8 de marzo. ¿Es esto así?

Tal fue el trasfondo, pero no explica del todo la cuestión. Expresé mi negativa a apoyar la marcha en términos suaves en el salón de clase. Y en términos más contundentes en una conversación privada, por WhatsApp, con alguien con quien desarrollé una cierta amistad. Fue la negativa contundente —la de la conversación privada— la que realmente detonó los eventos, pues fue publicada por mi interlocutor, atrayendo la ira de grupos distintos de presión.

¿Cree usted haber sido imprudente?

En la medida en la que deba uno desplegar la misma prudencia en una conversación privada y en ambiente de amistad que en público, sí. Porque, a pesar de lo que pudiera creerse de inicio, no creo que sean ámbitos tan desconectados que no haya algún deber de cuidado aplicable a ambos.

Si pudiera revertir los hechos, ¿actuaría de otra manera?

Me arrepiento de haber confiado tanto y no haber mantenido una mayor distancia, llevándome esa lección de cautela para el futuro. A causa de mi error mi alma máter se ha visto envuelta en un escándalo innecesario.

¿Y por qué confió tanto en él?

Con el alumno en cuestión se había fraguado desde el semestre anterior una amistad especial. Creo que el inicio fue la admiración de ambos por César Augusto. Y al ser él de una inclinación ideológica muy marcada hacia la izquierda, pero estudiando en un ambiente dominado por el liberalismo conservador, desplegaba yo una continua defensa en su favor frente a las recriminaciones de sus compañeros.

La marcha del 8 de marzo suele desplegar fuertes niveles de vandalismo, especialmente contra el Palacio Nacional —que es la sede de la Presidencia— y contra la Catedral Metropolitana. En el caso de esta última, todos los años un contingente armado de la marcha intenta ponerle fuego, cosa que hasta ahora han impedido sólo algunas vallas metálicas —relativamente fáciles de superar— y un grupo de voluntarios carlistas, que interponen sus cuerpos entre las atacantes y las puertas del edificio.

En la virulencia de los ataques contra la Catedral y el Palacio Nacional, suele mezclarse un ataque muy vociferante contra la Presidencia, como parte de una estrategia de presión para lograr la despenalización total del aborto. En la conversación de WhatsApp instaba yo al alumno a decidirse en defensa del Gobierno —que es de su partido— y a no dejarse intimidar por la presión social, señalándole que a la Presidencia no se le defiende por simpatía personal hacia su poseedor —error típico del pensamiento liberal—, sino por mandato evangélico (pensando en la Epístola a los Romanos de San Pablo).

Ello suena un poco extraño, considerando la manera en la que la izquierda y el aborto se han aliado en otros países, pero verá usted, en México la Presidencia es blanco de los ataques de la marcha no por la orientación ideológica de su titular, sino por considerarse el último elemento de autoridad que queda por derribar. Se ataca al Palacio Nacional y a la Catedral juntos, a pesar de ser el gobierno mexicano anticatólico desde hace doscientos años, no porque se quiera atacar una administración específica, sino la autoridad misma como principio fundante de la sociedad.

En su caso, ¿podría decirse que la universidad se ha dejado intimidar por las presiones de los colectivos feministas?

Creo que ello sería una explicación incompleta, y también injusta. Las universidades en general —no se trata en absoluto de una circunstancia exclusiva de la mía— han experimentado, gradualmente y con matices, la sustitución del pensamiento clásico por la ideología de los derechos humanos. Y ni siquiera es un giro exclusivamente atribuible a las universidades, sino que proviene de instancias más altas. Es un patrón que se ve en todos lados: en la academia, en el gobierno, en el cine, en las redes sociales, también en el clero, pues el clero no es impermeable a las tendencias de su tiempo. Se trata de una sustitución gradual cuyas consecuencias no se ven de inmediato, pues tardan generaciones en producirse, y sobre la cual no parece haberse reflexionado lo suficiente.

En todo caso, se trata de un giro muy riesgoso, pues permite la infiltración de cualquier ideología en boga. Y por ello no creo acertado decir, simplemente, que la universidad se haya dejado intimidar por determinados grupos de presión. Por el contrario, es posible que su reacción no sólo haya sido la más prudente desde el punto de vista administrativo, sino que sea perfectamente congruente con los nuevos principios. Por supuesto, podríamos estar equivocados, pero es lo que alcanzamos a ver. También creo que es un problema muy complejo como para arreglarse de un golpe, con un par de medidas y una campaña mediática. Yo no tengo una solución, por eso me parece injusto que se le exija a mi alma máter que la encuentre mágicamente, como si la cuestión no requiriera una reflexión profunda —también quizá un examen de conciencia— sobre el camino que la sociedad en general y la academia en particular han emprendido desde hace décadas, y cuyos frutos estamos apenas percibiendo.

Usted atisba un panorama complicado. ¿No ve motivos de esperanza?

Sí, muchísimos. El día de ayer (10 de marzo) se celebró el Día de los Mártires de la Tradición. Y de múltiples fuentes hemos podido confirmar que lo celebraron familias desperdigadas por todo el mundo hispánico. Algo así no puede ocurrir sino por mediación providencial. También nos enteramos hace poco de que el número de fieles que peregrinan el doce de diciembre de cada año a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe sigue aumentando año con año, a pesar de todo. Apostar a que el presente estado de cosas sea permanente no parece una estrategia ganadora, y para cualquiera que tenga el anhelo del retorno de Aquel que ha de regresar, ello no puede sino ser fuente de esperanza.

Por Javier Navascués

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