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1 de abril de 2022 0

El P. Apeles explica todo lo que hay que saber sobre la figura del cardenal en la Iglesia Católica (Parte I)

(Una entrevista de Javier Navascués) –

Agradecemos al Padre Apeles la amabilidad de atendernos nuevamente. En esta ocasión profundiza en la figura del cardenal en la Iglesia Católica. Nos cuenta todo tipo de detalles, desde su definición y naturaleza, origen, creación…hasta sus símbolos, vestimenta, trato, tren de vida, y todo tipo de curiosidades que enriquecerán la cultura eclesiástica de los lectores.

¿Quiénes son los cardenales?

«Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen un Colegio peculiar, al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice, según la norma del derecho peculiar; asimismo, los Cardenales asisten al Romano Pontífice, tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando sobre todo al Papa en su gobierno cotidiano de la Iglesia universal» (canon 349).

¿Cuáles son por tanto las ideas esenciales sobre la naturaleza de la dignidad cardenalicia?

1º Que los Cardenales forman un Colegio.

2º Que a ellos corresponde elegir al Papa.

3º Que son sus más estrechos colaboradores.

En el antiguo Código, la definición era más escueta, pero no menos significativa: «Los Cardenales de la Santa Iglesia Romana constituyen el Senado del Romano Pontífice y le asisten como consejeros y colaboradores en el gobierno de la Iglesia» (canon 230). Aquí no se menciona la atribución exclusiva de la elección papal (que se sobreentiende), pero se habla de un «senado», cosa que ha omitido el legislador en el nuevo ordenamiento. La palabra «senado» tiene una larga tradición. Ya nos hemos referido en otro lugar a su acepción etimológica. Aquí nos interesa la connotación histórica para averiguar el papel que han tenido los cardenales y siguen o no siguen teniendo en la actualidad.

¿Cuáles es el origen del cardenalato?

La Iglesia Romana tomó muchas de sus instituciones de las de los antiguos romanos, lo cual era, hasta cierto punto natural. Nunca hubo inconveniente en aceptar las aportaciones buenas y útiles y cristianizarlas. Una de estas instituciones fue el Senado, aquella asamblea que era uno de los pilares fundamentales de la República y que dictó leyes al mundo entero. El otro pilar era el pueblo, representado por sus tribunos. El consorcio entre el Senado y el pueblo (inmortalizado en el conocido acróstico: S.P.Q.R.) mantuvo el equilibrio político de la sociedad romana. El Imperio trajo consigo un elemento capital: el moderador, que era quien dirigía la cosa pública garantizando con la fuerza el imperio de las leyes y que, por su condición militar era aclamado como Imperator. Este fue adquiriendo un poder cada vez mayor por influencia del despotismo oriental. El Senado, paralelamente, fue perdiendo el suyo hasta convertirse en un mero colegio de notables, y no digamos el pueblo.

El obispo de Roma, pasado el período de las persecuciones, además de tomar como base para su gobierno las circunscripciones de la administración romana (73) dividiendo su diócesis en veinticinco parroquias, desempeñó su ministerio contando con la asistencia de un presbiterio, es decir, de los sacerdotes que regían cada uno su parroquia. Junto a los presbíteros, colaboraban con el Papa los diáconos de las catorce «oficinas» —por así decirlo— de beneficencia repartidas por la Urbe y las siete situadas en su propio palacio. Las parroquias estaban consagradas a algún santo mártir, cuyo nombre o «título» tomaban. Sobre esta organización giraba la Iglesia Romana como sobre sus goznes (en latín: cardines). De ahí vino el designar a los colaboradores del pontífice «cardenales». Los cardenales de las parroquias se llamaron presbíteros-cardenales; los de las diaconías, diáconos-cardenales. Además, desde por lo menos el siglo VIII, estaban también los obispos-cardenales, esto es los siete obispos (seis desde el siglo XII) de las iglesias suburbicarias (dependientes en cierta manera de la de Roma). El Papa contaba con ellos como con un Senado y siguió siendo así en adelante. Junto con la comunidad cristiana elegían a cada nuevo Sucesor de Pedro. En 1150, bajo Eugenio III, formaron un Colegio, con un Decano (el obispo de Ostia) a la cabeza y un Camarlengo para la administración de sus bienes. Este Colegio se dividió en tres órdenes: el de los cardenales-obispos, el de los cardenales-presbíteros y el de los cardenales diáconos.

A lo largo de los siglos, conforme se iba explicitando el poder soberano y supremo del Papado (74), el Sacro Colegio Cardenalicio fue el elemento aristocrático moderador de esta monarquía, cumpliendo así su función como senado en el sentido histórico que tiene esta palabra. Ya vimos cómo en 1059 se convirtieron en electores exclusivos del Papa, desde el momento en que el pueblo ya no tenía una efectiva participación, que le había sido arrebatada por la milicia y la nobleza. Al cabo de más de novecientos años esta exclusividad continúa vigente, asegurando así la independencia y la libertad de la Iglesia a la hora de designar a su jefe (aunque más de una vez las potencias temporales intentaron mediatizarla). No obstante, la pérdida del carácter de Senado en el Código canónico de 1983 ha mermado la influencia efectiva que ejercía el Sacro Colegio sobre el Papa, transfiriéndose, en cambio, parte del poder papal a nuevos organismos carentes de tradición y, por supuesto, sin ningún referente en el Derecho Divino (Conferencias Episcopales, etc.).

Desde el siglo XII, fueron cardenales clérigos que no pertenecían al clero de Roma, aunque debían asumir uno de sus títulos o parroquias. Por la misma época empiezan a tener derecho de precedencia sobre los arzobispos y obispos y, por bula de Eugenio IV (la Non mediocri de 1439), también sobre los Patriarcas, lo que da una idea de su importancia y la consideración que merecen. Hubo también hasta el siglo XVI cardenales no romanos, es decir, que constituían el senado de otros obispos distintos del de Roma: en Orléans, Rávena, Milán, Compostela, París, Aquisgrán y otros lugares. San Pío V los hizo desaparecer en 1567 por el peligro de que pudieran constituir iglesias paralelas a la Romana. Por otra parte, no sólo el Papa era obispo de toda la Iglesia, sino que los cardenales de la Iglesia Romana lo eran de la Iglesia universal.

¿Por qué es un Colegio muy exclusivo?

Su número no fue nunca superior a treinta entre los siglos XIII y XV y en algunos cónclaves, por diversas razones, participaron muy pocos. Juan XXII (1316-1334) no llegó a tener nunca más de veinte. Durante el Gran Cisma cada papa en contienda quiso tener sus partidarios, por lo que hubo hasta tres Colegios Cardenalicios, cuyos miembros respectivos se agredían mutuamente con el calificativo de «pseudo-cardenales» como seguidores de algún antipapa. En el Renacimiento, la dignidad fue codiciada por estar frecuentemente unida a pingües beneficios y rentas, por lo que los distintos Papas, necesitados de reforzar sus menguadas arcas, fueron menos parcos en concederla. Con León X (1513-1521) la cifra subió de golpe a los 65, habiendo creado este papa en un sólo consistorio 31, sin haber consultado con el Sacro Colegio (como solían hacer sus predecesores) (75). Pablo IV fijó su número en 40, pero Pío IV, su sucesor, lo elevó a 76. Finalmente, Sixto V, el gran organizador del gobierno central de la Iglesia, mediante la bula Postquam verus ille de 3 de diciembre de 1586, dio al Sacro Colegio la estructura que tuvo hasta nuestros días. Evocando el consejo de los Setenta Ancianos que asistían a Moisés en el gobierno del pueblo escogido, estableció un límite de 70 cardenales divididos en los tres órdenes de la siguiente manera: 6 cardenales-obispos (el de Ostia absorbía la séptima iglesia suburbicaria), 50 cardenales-presbíteros y 14 cardenales-diáconos.

¿Por qué la mayoría de los cardenales eran italianos?

Bueno, hay que tener en cuenta que éstos pertenecieron hasta el Risorgimento a diferentes Estados. Pío XII inició la franca internacionalización del Sacro Colegio (en sus dos consistorios de 1946 y 1953). El Beato Juan XXIII fue el primero en sobrepasar el número tradicional al establecer un nuevo límite en 75 a fines de 1958. En el consistorio de 1960, los cardenales llegaron a 88 (de ellos tres eran in pectore) y a 90 en el de 1962. Pablo VI creó 27 cardenales de una sola vez en 1965, llevando al Sacro Colegio a 105 miembros, incluídos cuatro Patriarcas de Rito Oriental, cuyo puesto en él determinó con el Motu Proprio Ad Purpuratorum Patrum. En 1967, los cardenales llegaron a 120, pero los electores efectivos del Papa se redujeron en virtud de otro Motu Proprio de Pablo VI de 1970 —Ingravescentem aetatem—, por el cual se apartó del cónclave y de los organismos administrativos de la Santa Sede a los que hubieren cumplido 80 años. El 5 de noviembre de 1973, el mismo Papa fijó en 120 el número de cardenales electores, pero no había ya numerus clausus de miembros del Sacro Colegio. Juan Pablo II mantuvo esta disposición en su Constitución Apostólica sobre la elección papal. Bajo su pontificado se alcanzó el mayor número de cardenales -electores y no- de la Historia: al morir, el 2 de abril de 2005, había 183 cardenales: 66 no electores y 117 electores. De estos últimos, sólo 3 no fueron creados por Él, sino por Pablo VI: los Eminentísimos Cardenales Ratzinger, Sin y Baum.

¿Cómo se crea un cardenal?

Si bien es cierto que los cardenales «hacen el Papa», no lo es menos que es el Papa quien «hace los cardenales» o, mejor dicho, los crea. La precisión es importante. El Papa nombra un obispo, es decir, designa la persona que ha de regir una iglesia particular, pero dicha persona recibe directamente de Dios el sacerdocio y, dentro de la comunión con Roma, ejerce su triple misión con un criterio propio. El Papa puede destituir a un obispo en virtud de su poder supremo, pero no puede retirarle la consagración: le quita la jurisdicción pero no el orden (76). En cambio, un cardenal es una «criatura» del Papa, el cual, lo mismo que lo «sacó de la nada» puede «aniquilarlo», es decir, hacer que deje de ser cardenal. León X despojó de la dignidad cardenalicia a algunos miembros del Sacro Colegio por estar implicados en un intento de asesinato contra el Papa (como ya hemos referido).

La creación de un cardenal es una decisión personal y trascendental que ha de tomar el Papa sopesando razones de distinta índole, aunque el bien de la Iglesia debe estar siempre ante sus ojos.

En el pasado, quizás se prodigó con no demasiado miramiento el cardenalato, concediéndolo a individuos que no eran dignos. En contrapartida, los ha habido no sólo dignos sino ejemplares. Recuérdese si no a hombres extraordinarios como San Pedro Damián, San Buenaventura, San Pedro de Luxemburgo, Nicolás de Cusa, Bessarión, Capránica, Cisneros, San Carlos Borromeo, San Roberto Belarmino, Passionei, Merry del Val, Ottaviani… Normalmente, el Papa trata el asunto reunido con el Sacro Colegio en «consistorio» (del latín cum sisto: estar con). El Santo Padre propone el nombre de un eclesiástico que considera digno de ser creado cardenal y hace la pregunta ritual: «Quid vobis videtur?» (¿Qué os parece?). En la actualidad esto es prácticamente una pura formalidad (ya que el Papa no suele crear a nadie que no goce de cierto prestigio y sea conocido en los ambientes religiosos), pero recuerda que en el pasado más de una creación provocó interminables discusiones, como, por ejemplo, en la época de Julio II (el consistorio del 1º de diciembre de 1504 duró ¡once horas!). Los cardenales se quitan el rojo solideo y, levantándose, hacen una inclinación silenciosa con lo que muestran su aquiescencia. Una vez creado, el cardenal es inmediatamente publicado en el mismo consistorio, o sea se da a conocer su nombre.

En ocasiones Su Santidad toma una decisión personalísima y crea un cardenal in pectore. ¿Qué significa esto?

Que, por causas extraordinarias, se reserva «en la intimidad de su augusto pecho» (77) el nombre de la persona que ha escogido. Determinadas circunstancias de aconsejan, a veces, diferir la publicación de un nuevo cardenal, en cuyo caso el Papa comunica al interesado su creación mediante un billete confidencial o confía su nombre a otros dos cardenales (cuyo testimonio es fehaciente en Derecho). Ello permite que, aun sin haber sido publicado o haber recibido el birrete cardenalicio, el creado pueda disfrutar de todas las prerrogativas del cardenalato y pueda ser admitido a cónclave, lo que no ocurriría si el Papa hubiera observado el más riguroso secreto sin comunicar a nadie su decisión. Al morir, moriría con él su cardenal, su criatura. Cuando, por el contrario, por fin se publica el nombre, el cardenal goza de la antigüedad de la fecha de creación in pectore, correspondiéndole los retrasos de las rentas que le corresponden en tanto Príncipe de la Iglesia. Hasta que murió en el año jubilar 2000, hubo un miembro cuyo nombre fue reservado in pectore por Juan Pablo II en 1979 y publicado sólo en 1991: el Cardenal chino Ignatius Gong Pin-mei, Obispo de Shangai. Se trató entonces del más anciano de sus colegas con 97 años, habiendo sido nombrado obispo nada menos que por Pío XII. El Papa Wojtyla quiso honrar con el cardenalato a este intrépido defensor de la Fe, aunque decidió no publicarlo para no enturbiar las delicadas negociaciones con el gobierno comunista acerca de la cuestión de la cismática «Iglesia Patriótica». Otro cardenal, cuyo nombre se reservó in pectore, fue creado por Juan Pablo II, esta vez en el consistorio del 21 de octubre de 2003; sin embargo, no habiendo trascendido su identidad, la criatura murió con su creador. Se supuso que podría haberse tratado de otro prelado chino.

¿Qué es la entrega del biglietto?

Una vez creado y publicado un cardenal se hace la comunicación oficial al agraciado mediante la consigna del biglietto o notificación escrita. Antes ésta se verificaba en medio de una ceremonia muy protocolaria. Tenía lugar en uno de esos hermosos palacios que son sede de algún Colegio Pontificio o Congregación Romana, cuyo salón se hallaba decorado para la ocasión con tapices y plantas. En medio de una concurrencia escogida, se hallaba presente como por casualidad el neocardenal, que, se suponía, ignoraba su creación (aunque había sido previamente advertido). Al finalizar el consistorio secreto, un prelado era encargado de llevar al interesado, de parte de la Secretaría de Estado, el biglietto en el que se le comunicaba oficialmente la nueva de que su nombre había sido incluído en el de nuevos miembros del Sacro Colegio por voluntad del Santo Padre de concierto con su Senado. El destinatario, recibido el pliego, lo abría y lo daba a un secretario, el cual lo leía en voz alta. El biglietto estaba redactado en latín. Emocionado, el flamante Príncipe de la Iglesia era felicitado por todos los presentes y pronunciaba unas palabras de agradecimiento. Pablo VI simplificó la entrega del biglietto haciéndola colectiva. Todos los creados son reunidos en la misma sala, adonde acude el Secretario de Estado, quien lee en italiano la comunicación oficial. La felicitación corre a cargo del Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede.

¿Qué nos puede decir de la imposición del birrete?

La imposición del birrete marca la entrada oficial en el Colegio Cardenalicio. La ceremonia durante la que este acto tenía lugar antes de las reformas de Pablo VI y Juan Pablo II era realmente imponente. Previamente tenía lugar una imposición privada en consistorio semi-público. Ese día, acudían los nuevos cardenales al Vaticano. Cada uno era acompañado por un maestro de cámara, un gentilhombre de capa y espada y un ayudante de cámara. Todo el grupo, escoltado por la Guardia Suiza, subía a los apartamentos papales y hacía antesala en la Capilla de la Condesa Matilde. Anunciados por el Vice-Prefecto de las Ceremonias, los cardenales iban entrando uno a uno en el Aula Consistorial, donde se hallaba el Santo Padre sentado sobre su trono. Después de hacer las tres genuflexiones de rigor, se arrodillaban delante del trono y besaban el pie del Papa. Este imponía a cada uno la muceta y el birrete escarlata, hecho lo cual, los cardenales se levantaban y, después de besarle la mano, retrocedían manteniéndose frente al trono. El primero de los creados dirigía entonces un discurso de agradecimiento al Pontífice, quien les impartía al final la Bendición Apostólica.

¿Y de la imposición del capelo?

En los días sucesivos, se verificaba la ceremonia solemne de imposición del capelo. Los recién creados prestaban el juramento de fidelidad en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico delante del Cardenal Decano del Sacro Colegio. Poco después, el Papa se revestía en el Aula de los Paramentos e iba en silla gestatoria hasta el Aula de las Bendiciones, detrás del balcón o loggia exterior de la fachada de San Pedro. Allí se sentaba sobre un trono, detrás del cual lucía un tapiz representando a la Justicia y daba comienzo el consistorio semi-público. Los cardenales antiguos le tributaban obediencia. Un abogado consistorial empezaba entonces a perorar una causa cualquiera. En mitad del discurso, el Prefecto de las Ceremonias, interrumpiendo, exclamaba: «Recedant!» (¡salgan!), momento en el que unos cuantos de los cardenales presentes iban en busca de los nuevos. Estos, tras besar el pie y la mano del Santo Padre y ser abrazados por él, eran invitados por el Prefecto de las Ceremonias a arrodillarse delante del trono. Uno a uno se acercaba, vestido de escarlata y de armiño, y recibía de Su Santidad el rojo capelo con estas palabras: “En alabanza de Dios Todopoderoso y para ornato de la Santa Sede Apostólica, recibe el capelo rojo, insignia propia de la dignidad cardenalicia, por la cual se significa que debes mostrarte intrépido hasta la muerte y la efusión de sangre, por la exaltación de la Santa Fe, por la paz y tranquilidad del pueblo cristiano y por el feliz estado de la Santa Iglesia Romana”.

Cuando había impuesto todos los capelos, el Papa regresaba al Aula de los Paramentos, en tanto que los cardenales regresaban en procesión a la Capilla Paulina (78), donde, postrados sobre cojines y con la cabeza cubierta por la capa, cantaban el Te Deum. Al terminar éste, el Cardenal Decano recitaba las oraciones super creatos cardinales y se daba inicio al consistorio secreto en el Aula Consistorial. Los nuevos cardenales iban a arrodillarse ante el trono del Papa, el cual cerraba y abría sus bocas (como símbolo de la obligación del secreto y de la de aconsejar al Papa), les asignaba un título cardenalicio y les entregaba un anillo de zafiro rojo a cada uno. Terminada la ceremonia, iban aquéllos a hacer una visita de etiqueta al Cardenal Decano.

¿Cómo es la actual recepción en el Sacro Colegio?

Ahora, las ceremonias de los consistorios semi-públicos y el secreto se han integrado en una misa concelebrada por el Papa y los neo-cardenales. Estos últimos, tras el Evangelio, se postran en tierra con la cabeza cubierta por la capucha mientras el coro canta las Letanías de los Santos. Al acabar, se levantan y hacen la profesión de Fe, recitando el Credo. Entonces avanzan uno a uno y prometen al Papa obediencia con las manos puestas entre las de El. Al final de la misa, entrega a cada uno el anillo y el birrete, empleando para éste la fórmula tradicional. El capelo cardenalicio ya no existe (79).

Por otra parte, hay que decir que los consistorios ya no están divididos en secretos, públicos y semi-públicos. El nuevo Código de Derecho Canónico especifica que los consistorios son: ordinarios y extraordinarios. Las ceremonias que rodeaban la celebración de estas reuniones del Papa con sus cardenales, ya sensiblemente modificadas bajo Pablo VI, sufrieron con este cambio una nueva reforma.

¿Cuál es el privilegio de los Estados Católicos al respecto?

Existía antiguamente un privilegio propio de los soberanos católicos, que consistía en imponer el birrete a los cardenales nacionales y a los nuncios acreditados ante ellos y distinguidos con la púrpura por Su Santidad. Este privilegio formaba parte en España de lo que se llamó el Regio Patronato (que incluía la presentación de obispos) y estuvo vigente inclusive en el régimen anterior, al reivindicar el Jefe del Estado todos los atributos tradicionales de la Corona de España reconocidos a ella por la Santa Sede. En 1965, Francisco Franco impuso el birrete al Cardenal Herrera Oria y lo mismo hubiera sucedido con el Cardenal Tarancón —obispo presentado en su momento por el Jefe del Estado Español para su preconización— si el Caudillo no hubiera renunciado al privilegio por deferencia a la Santa Sede (80). En Francia también los distintos Presidentes de la República se consideraron sucesores de los Reyes al efecto, inclusive cuando alguno de ellos resultó que era protestante (como Gaston Doumergue). Una vez arreglada la Cuestión Romana, también a Italia acordó la Santa Sede el privilegio de imposición de birrete: la primera tuvo lugar en el Quirinal en 1953, por el Presidente Einaudi al nuncio Monseñor Borgongini-Duca.

Para el caso, el Papa nombraba un ablegado con la misión de consignar el birrete al Jefe del Estado en cuestión. Este prelado, con rango diplomático, era acompañado por un miembro de la Guardia Noble en uniforme, el cual tenía como misión consignar el solideo rojo. Todo se desarrollaba según las reglas de la más estricta etiqueta.

Actualmente, al haber quedado obscurecido el Derecho Público de la Iglesia y haber desaparecido los Estados confesionales católicos, este privilegio ha dejado de existir.

Es muy curioso el tema de las gratificaciones y propinas.

La Sagrada Congregación del Ceremonial tenía impreso un folleto que entregaba al nuevo cardenal con la relación de gastos que debía realizar, en concepto de emolumentos y dádivas, a los miembros de la Corte Pontificia, a Congregaciones Romanas, a la Secretaría de Estado y a otros dignatarios de la Santa Sede. Y todo para festejar su entrada en el Sacro Colegio. En tres momentos debía consignar diversas sumas de dinero: en el momento de su elevación al cardenalato, en el de la imposición del capelo y en el de la toma de posesión del título. Pero antes que nada, la Curia Romana, siempre previsora, ya había obtenido de Su Eminencia una fuerte suma como adelanto para sus gastos de entierro.

Al ser elevado a la sagrada púrpura, el cardenal debía pagar a la Congregación de Propaganda Fide el anillo cardenalicio que ella, por un antiguo privilegio, le proporcionaba en exclusiva. Monseñor Sacrista, el preste, diácono y subdiácono de la Capilla Pontificia, el Secretario del Sacro Colegio, los ceremonieros, el maestro de los cursores apostólicos, el contable del Sacro Colegio, los barrenderos (scopatori) secretos de Su Santidad, los palafreneros, los sediarios y el custodio de los libros de la Capilla Pontificia recibían la primera lluvia de oro que caía de las manos del recién creado (como Dánae la de Júpiter metamorfoseado). Los beneficiarios de la segunda serie de gratificaciones eran ahora: los camareros secretos, los ayudas de cámara, el portador del capelo, los sacristanes, el cochero de la Familia Pontificia, otra vez los barrenderos secretos de Su Santidad, la Guardia Suiza, los cornetas y tambores de la Guardia Palatina, los bomberos y otros funcionarios menores. En fin, el día en que iba a tomar posesión de la iglesia de su título cardenalicio, debía recompensar a aquellos a quienes la misma estuviera encomendada y a todas las Congregaciones Romanas de las que había de formar parte.

Los cardenales sin mayores medios económicos hacían frente a estas «bagatelas» gracias a un adelanto que les hacía el Santo Padre.

En cuanto a los pertenecientes al clero regular, pagaba la orden o congregación. Hoy han desaparecido las tasaciones minuciosas que acabamos de reseñar, pero la costumbre de las gratificaciones persiste, aunque su ámbito es mucho más reducido.

(Continuará…)

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