Disciplinismo
Disciplinismo
( Por Manuel Gutiérrez Algaba)–
Cualquier practicante de cualquier disciplina aprende a amarla, no hay otro camino. La repetición inhumana, la esclavitud, la alienación a la profesión de la disciplina no deja lugar más que a la adhesión más abandonada o al odio y al abandono. Detrás de la disciplina hay amor, hay afinidad. Aunque el amor, por sí mismo, no es nada, se puede amar al dinero, al poder, a los bajos instintos. Sólo el amor a Dios tiene sentido, porque es el único amor a quién Él mismo es el amor y fuente de todo amor. O dicho de otro modo, es el amor de Dios quien ordena a todos los demás amores y los pone en fila. Sin Él ningún amor tiene sentido, es incompleto, no tiene finalidad. ¿Para qué sirve ser un buen levantador de pesas? ¿Para estar en forma? Eso pasa. ¿Para ganar medallas? Acaban cogiendo polvo en la estantería. ¿Por hacer algo ? ¿Por aburrimiento? Ninguna disciplina es plena si no se encuadra en el desarrollo de los dones, la alabanza a Dios y el servicio a los demás. Y de manera, recíproca, ¿cómo vamos a desarrollar ningún don, vamos a alabar a Dios y vamos a servir a los demás si no mostramos disciplina?
Muchas veces, he escuchado con atención y sorpresa — porque no es habitual escucharlo– que los carlistas no son muy disciplinados, que eso no va con el espíritu de «libertad» del católico en general. Pareciera que la disciplina es un enemigo de la libertad, de la libertad personal. Quien quiera ser disciplinado en algo que lo sea y quien no pues nada, no pasa nada. Dios nos da libertad. Dios también nos da dones y la exigencia de servir a los demás. Además, como dice la parábola de los talentos, hay que procurar que a quien se le da 5 talentos sea capaz de producir otros 5 talentos, y quien se le da 2 talentos sea capaz de producir 2 talentos, y no vale con enterrar el talento y no usarlo, por miedo a Dios.
Devolver un talento — y esto se lo debo a Don Jesús y sus charlas– requiere devolver una cantidad inmensa, además de conservar y no perder ese talento, eso implica la colaboración de Dios en el desarrollo de ese don, porque sino es imposible. Esto significa que en toda disciplina, en todo desarrollo abnegado, sufrido, de todo músico, estudioso, gimnasta, en todo aquél que desarrolla su don hay una mano de Dios, sin la cual colapsaría. Esto implica que la disciplina es una oportunidad, si hemos escogido bien en el desarrollo de nuestro don, si nuestra libertad se alinea con el diseño que Dios nos ha preparado para nosotros. Entonces nuestra libre entrega a Dios, a su patrocinio y su sabiduría, solo puede rendir buenos frutos para nosotros y nuestros prójimos. Así, en toda vocación de disciplina, es muy posible que no ande lejos la acción de Dios.
Una vez aclarada la esencia de toda disciplina, la siguiente pregunta es : ¿cuándo empezamos a aplicarla en nuestros quehaceres? Mucho estamos tardando. Alguien dirá que la «disciplina» en entornos políticos no es la «disciplina» de desarrollo de nuestro «don». Otro podrá decir que todo católico tiene la obligación de implantar la Religión Católica y, por tanto, más que un «don» particular, se trata de una obligación genérica y general. Como podéis comprender, yo no soy ni teólogo, ni santo, no sé ni cuántos dones hay ni para qué, ni si hay dones generales. De lo que estoy seguro es de la dinámica «general» de la «disciplina y el don». También es muy fácil traer a la palestra muchos movimientos políticos muy disciplinados, muy «feos» , muy «totalitarios», pero muy exitosos. Está claro que la «disciplina» les funcionó a muchos de esos partidos y regímenes tan feos. Tampoco entro en analizar si fue el demonio o Dios quienes ayudó en esos movimientos disciplinados. Pero si está claro que la disciplina les funcionó. Tampoco sé la misión que Dios tiene preparados para nadie, desde el más santo hasta el más malo, y si lo hizo bien o mal. Sólo Él juzga.
Alguien podrá decir que no hay que ser «disciplinado» como tal «movimiento totalitario». Lo que si está claro es que el principal pecado es no poner al amor de Dios como referencia primera y que el pecado principal de todo movimiento totalitario es ese, amar más al partido, al régimen, la raza o lo que sea. Si amamos a la raza más que a nada, perdemos la brújula de la ley de Dios y podemos hacer, en nombre de la raza, cualquier cosa en contra de Dios y aparentemente a favor de la raza. Y una vez perdida la brújula de Dios, las élites puede verse relevadas de cualquier escrutinio superior y, por ejemplo, comenzar a vender al extranjero sus connacionales a cambio de seguir aupados a su posición de élite. Vamos, lo que ha ocurrido en España.
Bueno, retomando, hasta el régimen totalitario más aberrante,hasta el partido que más asco nos dé, tiene amor en su disciplina, y su pecado es no poner a Dios por encima. Su disciplina no es lo que lo ensucia; su «extremismo» disciplinario no es lo que lo condena. Si lo condena algo, si lo condenara algo, es si llega a prescindir de «Dios por encima de todas las cosas». La disciplina, en sí, sólo puede ser un acto de amor, de afinidad, solo condicionado por Dios. Dicho de otro modo, la disciplina, bajo la regulación divina, incluso la disciplina de partido, o la disciplina de régimen, es un acto de amor y sólo puede ser buena, y, si está bajo regulación divina, sus frutos solo pueden ser buenos. La disciplina en estas condiciones sólo puede ser buena. En cualquier caso, la disciplina carlista nunca puede ser coactiva, sino libre entrega a los designios de Dios, una disciplina condicionada por Dios y abnegada, puesto que se le ofrece a Dios. No es la disciplina del miedo y la purga, de la coacción y del chantaje.
Ser indisciplinado, o difuso, o errante, por muy carlista que se sea, solo es una oportunidad perdida de amor, de potenciar la bondad que surge de una organización bajo el escrutinio de Dios, o, algo peor, renunciar al ejercicio exhaustivo de un don.
