19 de mayo de 2019 0 / /

De la Constitución al separatismo

Aburrido y extenso es el Cap. III sobre las Comunidades Autónomas (Tit. VIII, Art. 137-158) del texto constitucional de 1978 para España, que hace partir de cero a España y los españoles.

El texto ignoró y quebró que España sea una nación (este dato del Preámbulo expresaba simplemente una circunstancia después de 40 años hablando de nación), una patria, una comunidad histórica con su Constitución natural, y un pactismo federativo histórico, tradicional e irrevocable de amor y solidaridad.

El texto contentó por el momento a los nacionalistas separatistas (hablar de nacionalidades eran el eufemismo de la nación, y puerta oculta para lo que venga después), que se ocultaban para no asustar, salvo el PNV flanqueado por una Navarra a conquistar y un terrorismo de ETA que exigía el todo o la muerte.

El texto evitó la desigualdad política, que sonaba a herejía en la democracia recién estrenada -hoy ya no-, con el “café autonómico para todos”.

En el texto, el pueblo, los poderes públicos y el Estado, sustituyeron a la nación tradicional española.

El texto constitucional abrió un largo camino para que el Estado delegase cada vez más sus atribuciones a las autonomías, al son de diferentes hechos prácticos ocurridos con presiones, chantajes políticos, y el lavado de cerebro del nacional-separatismo en materia educativa. Si las cosas se ponen muy feas como hoy, fruto de cómo se hizo todo, al Estado le es muy difícil  recuperar sus atribuciones delegadas. Por el contario -y nuestra segunda réplica-, el Fuero es derecho propio y preconstitucional, jurídico y no político, y mucho más Derecho que Poder.

Las autonomías se diseñaron desde arriba con la ficción de surgir desde abajo por un supuesto acto de voluntad de la sociedad. A nadie le desagradó un caramelo: el del poder del Estado, y menos a la clase política local, voraz, que vió multiplicadas sus posibilidades. Como España era rica, no había problema en ir arruinándola hasta hoy.

La España constitucional es -en el texto constitucional y la práctica-  sobre todo un Estado (si el texto pone  Nación, lo es como el escudo franquista que presidía dicho texto escrito). Es -en el texto constitucional y la práctica, decimos- una administración pública con todo el poder o estatista, como las Constituciones liberales desde 1812. Se trata de un estatismo que invierte lo que las cosas son, que centraliza, crea burocracia sin parar, ahoga las iniciativas sociales, y se cree la única fuente del Derecho. Por el contrario y como tercera crítica nuestra, los católicos hablamos del principio de subsidiariedad, y los tradicionalistas, además, aplicamos éste a toda la vida social.

La diferencia entre el Estado unitario y el autonómico es de número. Unitario era Franco, y en democracia podía de haber muchos Francos -con perdón-, más altos y fuertes que él. Las autonomías son como Feudos o baronías.

Si los padres (¡oh patria buena!) de la constitución configuraron España sobre todo como un Estado -y una nación diluida-, las autonomías podrían conformar en adelante su propia nacionalidad, hasta llegar  ser Nación en una evolución posterior -¿por qué no? y en eso es lo que están-, una Nación en base a la historia (hoy manipulada), la cultura (artificial) y una economía común (globalizadora) (Art. 143). Así llenarían de contenido la parte de Estado -liberal y vacío- que les corresponde. En ello se han empeñado los separatistas de Euzcadi, Cataluña y Galicia, con el consentimiento de Madrid. Más todavía: se está viendo que el nacionalismo lleva dentro su expansionismo hacia Navarra, Valencia y Mallorca.

Estamos llegando al final de un proceso artificial, mentiroso, lleno de sufrimientos, que ha arruinado a la nación española y la ha hecho ingobernable. ¿Se acuerdan de la moda de hablar de “este país” en vez de España, por los de El País y otros de su cuerda? La culpa de las autonomías actuales no la tiene el autogobierno (autarquía) en lo que la Región histórica le compete (competencia y jurisdicción, además limitadas), sino en el carácter delegado del Estado, el estatismo actual, el igualitarismo inicial, el vaciado de qué es España y del orgullo de ser español, la manipulación de las palabras, y que las autonomías se consideren -por ser delegación, imitadoras y deseo de poder- unos pequeños Estados.

El vacío del laisser faire, laisser passer del liberalismo voluntarista a lo francés, lo rellena muy bien y con ventaja el nacionalismo no voluntarista a lo italiano y alemán, que en España es separatista. Más que la Nación española (que un tradicionalista rechaza si es a lo moderno, por suponer el nacionalismo o la Nación-Estado como un absoluto), la Constitución promueve un populismo estatal y un vacío que ha conllevado naturalmente el hipotecar España y la nación histórica española (tradicional y no nacionalista) a los separatismos de las pretendidas Nación-Estado periféricas, estatistas como el fascismo de antaño.

En suma:

No se ha declarado, amado, ni cultivado España, sino sus territorios y además en lo que tienen de peculiar respecto a otros de España, que la propaganda separatista traduce en lo que se oponen.

No se ha cultivado ni amado la solidaridad de las Regiones de España o las Españas, sino lo que estas reciben -el poder o dinero- de la herencia española. Y el poder y el dinero no es buen consejero. ¿Por qué no se habla de servicio y función de cara a la totalidad?

El Liberalismo confunde la comunidad con el poder civil supremo, la sociedad con el Estado moderno, el Estado con el Estado nacional, las Comunidades Autónomas con pequeños Estados (aún sin ese nombre) delegados, dichas Comunidades con la pequeña nación y el pequeño Estado, y las mismas Comunidades -las más atrevidas- con el Estado nacional pero sin España, quizás federados o confederados con otras autonomías por interés propio y la ficción a la que se puede someter la misma Unión Europea.

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