Corrupción y élites
Corrupción y élites
(Por Manuel Gutiérrez Algaba)-
En este Régimen hablar de corrupción no es que sea difícil sino que es inevitable. Además es una corrupción ubicua, ineludible, en expansión, triunfante.
Durante muchos años seguí a Antonio García-Trevijano Forte, un adalid de la «libertad constituyente» y del «liberalismo político». Antonio insistía en que la corrupción, en España, era factor de gobierno, y que la forma de solucionarlo era con la libertad colectiva constituyente, una especie de «foralismo ateo y republicano», mágico en sus raíces éticas. Antonio era un pensador ateo, liberal y más cosas que me callo. Desgraciadamente, con su pensamiento no se alcanza a entender la política, él mismo fue engañado, estafado y ninguneado más de una vez, por este desconocimiento de lo sobrenatural, de lo religioso. Él propugnaba una división de poderes con balances, a la «americana», sin percatarse, quizá, que USA es el país más corrupto, y corruptor, del mundo. ¿Qué división de poderes puede haber cuando una oligarquía financiera puede comprar voluntades o matar a rebeldes ? ¿Qué división de poderes y contrapoderes puede haber cuando los personajes de un poder pasan al otro: del judicial al legislativo o al ejecutivo?
Las elecciones de Trump de 2020 o la falsísima pandemia (concepto único y ex novo) de 2020 dejaron clara la existencia de una tupida trama de voluntades mantenidas por un oscuro sistema de chantajes y prebendas. El sistema «liberal» es una dictadura de una oligarquía, muy sabiamente maquillada y presentada por una cultura de masas deslumbrante. Dice Don Dalmacio Negro (+) que todo régimen es oligárquico, así que tenemos monarquías oligárquicas, democracias oligárquicas y comunismo oligárquicos. La democracia oligárquica es quizá la forma más espectacular de engaño, porque permite elegir a «representantes» aparentes, pero que estos sean seleccionados (o eliminados) por la oligarquía.
En el fondo, la robustez de un gobierno sólo depende de la fortaleza de sus servicios secretos y de si éstos están plenamente integrados con la oligarquía o no. De hecho, unos servicios secretos extranjeros pueden llegar a conquistar un país sin que lo noten sus ciudadanos, matando a patriotas durante décadas y disfrazándolo de terrorismo, y, al mismo tiempo, sobornando a políticos ambiciosos o gente sin escrúpulos. Un estado moderno, que no modernista, tiene que pasar por el trance de crear ese aparato monstruoso y anti humano si se quiere batir con éxito contra otros servicios secretos. Es, en sí mismo, un desafío de la soberanía popular, que ya no descansa en las milicias populares, ni en lanceros, ni pecheros, ni fusileros, sino en espías y asesinos y sobornos.
La política, aunque no se diga, es un acto de violencia sobre otros para dominarlos, es decir, para tener poder. Una monarquía oligárquica medieval estaba razonablemente blindada ante golpes de estado y atentados, aún así las guerras civiles entre facciones de la oligarquía (nobles) eran corrientes. Todas las monarquías tradicionales europeas sucumbieron a procesos de infiltración y subversión por oligarquías «burguesas especiales». Subversión, oligarquía y corrupción son caras de la misma moneda. Aquellos grupos que consiguen tejer una tupida red de delincuentes, de espías, de «servicios secretos», de corrupción y asesinatos están ya listos para aupar a una oligarquía que subvierta el orden vigente. A este fenómeno, en el siglo XVIII, se le llamó «liberalismo». No en vano todas las «revoluciones» liberales se saldaron con rapiñas, robos y reajustes con las oligarquías previas, con la nobleza de las invasiones de los pueblos germánicos. Los dos últimos grandes «ajustes» ocurrieron en el siglo XX. Uno de los éxitos de los Reyes Católicos fue la constitución de un cuerpo de espías y de diplomáticos muy eficiente. La eliminación de los Jesuitas en el Imperio fue la perdida de un cuerpo de espías irrenunciable, fue lo que destruyó al Imperio, lo dejó inerme ante los otros ejercitos de espías. Los últimos 200 años han sido bofetadas continuas, infiltraciones y subversiones, por no contar con este cuerpo de espías.
Ya la oligarquía medieval, católica, germánica, post romana ha sido eliminada en su totalidad, o absorbida, o ha perdido todo rastro de su pujanza política, relegada a mera «masa» . Ahora nuestro mundo, Europa, América, Hispanoamerica está tejida de una invisible red de oligarquías, conectadas por sociedades secretas, por favores, por negocios, por amenazas, por sobornos. Estas élites son las que detentan realmente el poder, no son los políticos, ni los partidos políticos, ni los intelectuales, ni los estados: no hay paises sino élites sobre un territorio. Estas oligarquías, estas élites, son las que hay que abordar para cualquier cosa que tenga que ver con la hispanidad o con cambios políticos en cada uno de los «países». Hablo de manera general de esta aritmética de élites y masas en mi libro «Élites, Octavillas y Dios» , y del carácter «instrumental» de los «políticos» locales en mi libro «Cipayología«. En mi libro «Manual de Identificación de Falsa Disidencia» también indico la clave de las élites hispanoamericanas en una hipotética reunificación política, élites que fueron quienes se sometieron al amo inglés, vendiendo su libertad y su igualdad con España. Dicho de otra manera, la política, la corrupción es incomprensible si no se tiene en cuenta a las élites y sus corruptelas. Las corruptelas de los políticos no son más que consecuencias del clima y operativa general de las élites, tanto foráneas como locales, muchas veces las corruptelas locales son necesarias para que las élites extranjeras puedan robar.
Así que las pequeñas corrupciones de los «mandaos», de los «cipayos» locales, son eso, pecata minuta, consecuencia del estado general del mundo, maquiavélico. Y no es que no sea posible un mundo donde reine Jesucristo, claro que lo es, de hecho, durante un tiempo el Imperio Español estuvo en un tris de conseguirlo, aunque estuviera minado por esas mismas élites y oligarquías. Es el Imperio Español la prueba de que el problema no es el catolicismo, sino la falta de él y, sobre todo, es imprescindible la victoria del Catolicismo. El Imperio Español es la prueba de que sí se puede, pero con Fé, con inteligencia, con trabajo, con humildad, con masas católicas (el pueblo castellano, sobre todo), que se erigen en élites sanas y robustas, aunque al poco se comiencen a degradar y a descatolizar, a venderse.
La famosa «transición española» fue otro ejemplo de «movimiento de élites», o, mejor, de «perpetuación» de élites. Las élites españolas ( militares, políticas, económicas,… ) decidieron por su propia supervivencia que lo más seguro y beneficioso para ellas era «transicionar», es decir, someterse al yugo y a la férula de las élites extranjeras, ofreciendo como pago y sacrificio al pueblo español, a su historia, a su independencia, a su propia supervivencia. Toda corrupción se explica en términos de bandas, clanes y élites. Toda la historia no es más que eso, un «quítate tú, para ponerme yo». En fin, corrupción, élites, tramas, intrigas son términos casi intercambiables.
