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7 de diciembre de 2023 0

“¡Constitución o muerte y todos los días!”: pues… ¡vaya!

(por José Fermín Garralda)-

“¡Constitución o muerte!”: esto es mucho decir, ¿no? Ese era el lema de los liberales para imponerse a sus propios conciudadanos y vecinos, y así era como se las traían a comienzos del siglo XIX… y después. ¡Pues vaya forma de empezar a saludar, incluso en momentos de desbordamiento romántico! Claro es que los racionalistas de la revolución francesa decían lo mismo, y cortaron cabezas por doquier.

Si una parte menor de los españoles, muchos de ellos militares liberales,  proclamaban una vez sí y otra también el famoso lema de “¡Constitución o muerte!”, era porque no lograban acabar con quienes se oponían a sus orgullosos planes. Lo repetían una y otra vez, y era un querer sin poder.

Triste modo de imponerse el de esa Señora llamada Libertad, porque la gente, el pueblo español en general, no era constitucionalista ni liberal en todo el s. XIX. La Señora Libertad no son las pobres libertades, es otra cosa; estas últimas son humildes, son el soporte de la realidad y el “lugar” donde se desenvuelve lo real, mientras que aquella señorona es un sueño de mandamás. Hoy se diría que ésa Señora simplemente se autopercibe “un poco subidita” y algo “chillona”, ¿no?

Viene esto a cuento porque, con este título, se está exponiendo, en el Archivo General y Real de Navarra, situado en Pamplona, alguna documentación sobre el Liberalismo y los liberales de la provincia gubernamental de Navarra de aquellos “gloriosos” años de gracia de 1812 a 1876. Parece que las Constituciones de 1876 y 1978 han estado de enhorabuena por ser las de más larga duración. Otra cosa es que los preceptos de ambas se hayan cumplido, y, como no es extraño, diremos que no. En el caso de 1978, es evidente, porque la propia Constitución negó bondades necesarias -como la presencia soberana de Dios y lo que ello concretamente conlleva-, y dejó lo demás en el aire, a merced de las mayorías absolutas del parlamento, es decir, de pactos muchas veces inconfesables.

Sin duda, los textos de la exposición a la que nos referimos en dicho Archivo son interesantes, y los paneles explicativos están bien organizados y son vistosos. Se han invertido dineros en ella, y esto es saludable. Ojalá se  cultive más y mejor el espíritu y no de la cintura para abajo.

Sobre la mencionada exposición me llaman la atención tres cosillas.

Por la primera, la exposición utiliza la perspectiva del Liberalismo, sin compensarla con la propia de los tradicionalistas. Esto es, sin compensarla con los españoles de siempre, los que vencieron a Napoleón jugándose el tipo, y los valientes -porque objetivamente lo fueron- que actuaron frente a los liberales, primero en los salones gaditanos y ante las galerías y prensa más atrevida de Cádiz, y más tarde en los campos de batalla, la política y la sociedad.

Más adecuado sería recoger las dos percepciones, la tradicionalista o renovadora y la innovadora o rupturista, porque los navarros estaban divididos en una mayoría tradicional -no absolutista sino foral y mantenedora del Reyno-, y una minoría liberal y centralista que iba a tomar el control del poder local. Publicar en una exposición de cara al público -como la que comentamos- sólo lo que decían los liberales, debiera equilibrarse con lo afirmado por sus oponentes, y sobre todo dejar que estos hablasen, porque hablaron claro y actuaron vigorosamente en 1808, 1814, 1820-1823, 1833 etc. hasta 1872 etc.

Más aún, diremos retóricamente que además de voz, los antiguos deberán tener voto, y eso se solucionaría comunicando el ayer desde los protagonistas del pasado, y no desde la perspectiva dominante en el presente. Ojalá hubiese al menos una neutralidad real y no sólo aparente, que retratase el pasado y no sólo parte de él… y desde él mismo en lo que se pueda.

Otra cosa: mejor sería llegar sólo al entendimiento del visitante, sin hacer mella en su ánimo. Ya digo que los documentos expuestos son interesantísimos y los paneles explicativos son formalmente preciosos.

Por la segunda, y una vez más, el Liberalismo expone al público sus virtudes, en menoscabo de cómo pensaba gran parte de la Navarra de entonces -en campos y ciudades-. Esto ocurre ya porque el Liberalismo se identificaba con la Libertad, ya porque la ideología liberal era -dicen- el paso previo y necesario al triunfo del proletariado. Los tradicionales tienen hoy dos “muchachos contestones”, los liberales y los posteriores marxistas, que asumen el Liberalismo para destruirlo y superarlo, salvo cuando hacen causa común para criticar a los tradicionales. Pasados los siglos, resulta que nadie habla de los tradicionalistas con ecuanimidad, y la memoria de la España tradicional “recibe caña” a diestro y siniestro. Lo mismo que ocurrió tras las guerras carlistas, hoy la historia oficial se perpetúa contando el pasado a su modo, aunque la historia no debiera ser así, ni arma contra nada y contra nadie

En tercer lugar, es paradójico que para el día 6, dedicado a San Nicolás, se conmemore la Constitución escrita liberal de 1812 a 1876, con motivo de la celebración de la Constitución actual, cuando hoy se está dando un golpe de Estado a cámara lenta, como tal insensible -el PP nada puede hacer, ¡oh paradoja!-  y cuando, según muchos, el Gobierno busca quebrar el actual texto constitucional de 1978.

Como segunda parte de esta breve aportación, preguntemos: ¿Se iba por buen camino exhibiendo el lema “¡Constitución o muerte!”? Recordemos que la Marsellesa en Francia es un himno muy violento, y que la letra que se ha puesto al himno de Riego sigue sus pasos, en su caso contra el pobre clero.

Si la Constitución es tan extrema y recia como la muerte, ¿ qué la hace tan decisiva? Dirán que la decisión humana de la voluntad general o -aunque no sea igual- de la mitad más uno de los que votan. Pero, ¿no es más importante que ello la vida,  que es intransferible y dicen que debe ser vivida “a tope”? Si hoy se da a la vida un valor absoluto, ¿puede la Constitución valer más que la vida propia o de su oponente?. La Constitución escrita, ¿es algo tan indiscutible y absoluto como para imponerse a costa de la vida propia o ajena?

El apoyo popular a la Constitución ayer fue minoritario y hoy se ha tornado mayoritario… por ahora.  Que una porción social decida sobre la vida y muerte de la otra parte –“¡Constitución o muerte!”– es puro totalitarismo, por otra parte muy propio de Rousseau, el padre del Liberalismo y Socialismo. ¿Por qué? Porque según el ginebrino el hombre entrega todos sus derechos a la voluntad general para recibirlos de nuevo como aquella desea. ¡Y puede recibir algo contrario a lo que tenía! Curioso, curioso querido Watson. ¡Vaya coste tiene el afán irresistible de “un mundo nuevo”! Volviendo al tema de los apoyos sociales a la Constitución, la imagen de prensa adjunta, que corresponde a “El Pensamiento Navarro”,   muestra el pobre apoyo que la Constitución de 1978 tuvo en Navarra.

La vida personal y social anterior a cada Constitución, era casi tan importante, en  arraigo y fundamento, como la propia vida. Esto permitirá al lector declarar a favor de la vida sin malear y de la vida preexistente a los textos constitucionales liberales, por realismo y porque nadie es dueño de la realidad. Anteriormente a la Constitución liberal y escrita, existía una vida social formada, preexistente y constituida. Mejorar y reformarla no debiera significar “cargarse” dicha vida: así lo decía el inefable Jovellanos, tan ignorado y maltraído.  Así era, gustase o no.  Precisamente, porque la Constitución escrita era la “novedad” frente a la situación de hecho ya constituida, aquella no era “qué” para justificarse con el: “¡Constitución o muerte!”, como ocurrió en 1812, 1820 o 1833…. y tantas otras veces.

Por lo que se refiere al respeto real que los constitucionalistas hacen de la Constitución, resulta absurdo idolatrarla, pues los propios constitucionalistas conservadores, progresistas, unionistas o los que fuesen, la violaban una vez tras otra. Fue un timo, como hoy también lo es.

El lema “¡Constitución o muerte!” se transforma en este otro: “¡Constitución y muerte!” Está claro que con las Constituciones liberales o socialistas, vamos de mal en peor, porque desde hace tiempo la muerte ronda y se ceba en la vida de muchos españoles. ¿Qué tal la constitución natural e histórica de España, no por ello historicista? ¿Qué tal también un ordenamiento básico cristiano, tan vinculado por otra parte a la constitución natural? ¿Qué tal los Fueros, esto es, los principios foral  y de subsidiariedad, en los que cada institución fundamental y Región histórica debe configurar su vida? Bien estaría una constitución que dependa de la realidad en vez de la voluntad, aunque ésta última actúe para conocer precisamente dicha realidad preexistente, o bien los acuerdos o pactos que libremente se vayan configurando en el derecho privado y público.

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