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14 de agosto de 2026 0

El general Rosety acusa de traición al Gobierno por la invasión de Ceuta: “Se facilitó la entrada al enemigo”

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Agustín Rosety Fernández de Castro (Cádiz, 1947). General de Brigada, Cuerpo de Infantería de Marina (Retirado). Diplomado de Estado Mayor, Diplomado de Operaciones Especiales, Especialista en Artillería y Cazador Paracaidista. Magister en Historia de España Contemporánea en el contexto internacional y Licenciado en Derecho por la UNED.

El General Rosety sirvió durante la mayor parte de su carrera en unidades de la Fuerza como Capitán de Compañía y de Batería (1976-83), Comandante de la Unidad de Operaciones Especiales (1991-93), Jefe de Operaciones (1989-91), Jefe de Estado Mayor (1996-98) y 2º Jefe de la Brigada de Infantería de Marina Tercio de Armada (2000-02).

Alternó sus destinos en la Fuerza con el profesorado en la Escuela del Cuerpo (1983-85) y en la Escuela de Guerra Naval (1986-89). En el Órgano Central del Ministerio de Defensa ha sido Consejero Técnico del Secretario de Estado de Administración Militar (1994-96), Jefe de Gabinete del Director General de Política de Defensa (1998-2000) y Subdirector General de Tropa y Marinería (2002-04).

En 2004 fue nombrado 2º Comandante General de la Infantería de Marina, cargo que ejerció hasta pasar a la Reserva en 2006. Se retiró del Servicio en 2012.

Tras su retiro, ha sido Diputado al Congreso por Cádiz en las XIII y XIV Legislaturas (2019-23), Portavoz del Grupo Parlamentario de Vox en la Comisión de Defensa del Congreso y Vocal en la de Asuntos Exteriores. Es Miembro de Número de la Real Academia Hispanoamericana, conferenciante y articulista en diferentes medios.

¿Cómo valora la reciente invasión de 70.000 marroquíes a Ceuta?

Según Pedro Sánchez, gran cínico y embustero reincidente, se habría tratado un fenómeno masivo migratorio provocado por las mafias con ocasión de la sentencia del Tribunal Supremo de 29 de junio pasado, que impide el rechazo “en caliente” de quienes hayan entrado irregularmente en territorio nacional siempre que lo hayan hecho por mar, a falta de “elementos de contención”. Algo asombroso, porque la costa siempre ha sido frontera marítima, y el mar un obstáculo físico formidable, como tristemente acredita la acumulación de ciento cincuenta personas fallecidas en el intento. Así de caprichosa es la ley en este caso, y los tribunales sólo pueden aplicarla.

La inmensa mayoría no irrumpieron en España para instalarse ilegalmente; de hecho, decenas de miles ya están “disciplinadamente” de vuelta. ¿Para qué han venido, entonces? Imposible pensar que una horda semejante haya pasado inadvertida a las autoridades. No hay, por tanto, otra mafia que el régimen marroquí, que ha consentido, manipulado o provocado un desplazamiento masivo de población con desprecio total de la soberanía española y de la vida humana, tratada como arma y blanco, respectivamente, a uno y otro lado de la frontera.

Estamos pues ante una violación del territorio nacional por el Estado contiguo, un episodio más de esa “zona gris” en la que, desde que tenemos memoria, se desenvuelven unas relaciones dominadas por la retórica y caracterizadas por la mala vecindad. Una acción hostil no reconocida por su insidioso autor, ni tampoco prevenida y rechazada por el indigno gobierno de la nación agredida con todos los medios a su alcance, incluso el despliegue y uso de la fuerza. Una vergonzosa dejación de sus deberes constitucionales que podría entrañar el delito de traición tipificado en el Artículo 582,1º del Código Penal: “facilitar al enemigo la entrada en España, la toma de una plaza…etc”.

¿Por qué es grave en cuanto a violación de soberanía y pérdida de imagen en el panorama internacional?

Toda violación de soberanía es grave por ser ésta el fundamento de la convivencia entre los Estados y del derecho internacional que la custodia. A la gravedad jurídica se une en este caso la magnitud del desplazamiento humano, máxime sobre una ciudad de tan sólo ochenta mil habitantes.

Cualquier Estado responsable hubiese actuado a tiempo de impedir la invasión de su territorio y proteger a los ciudadanos y sus bienes. No dudo que los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas y de las de seguridad del Estado estaban dispuestas. La tardía y pusilánime actuación del gobierno es por tanto inexplicable. España ha quedado en evidencia ante la comunidad internacional, contrastando su inacción con la diligencia mostrada por Italia ante las avalanchas migratorias sufridas en Pantelaria, o por Polonia, presionada por la inmigración irregular desde Bielorrusia en abierta violación de su frontera.

En realidad, llueve sobre mojado. Ante la mirada ya exasperada de la ciudadanía se han venido sucediendo crisis y catástrofes cuyo denominador común ha sido la incapacidad del gobierno para prevenirlas y ponerles remedio, cuando no han sido causadas por sus nefastas políticas o agravadas por su corrupta e incompetente gestión administrativa. El ingenio italiano ha acuñado una certera sentencia: “piove, governo ladro”. La ineficiencia frente al COVID, la criminal pasividad ante la DANA, el alucinante colapso provocado en la red eléctrica, el accidente ferroviario de Adamuz o, en otro plano, la expansión del narcotráfico en el Estrecho son reveses soportados por los españoles sin que se haya depurado responsabilidad política o penal alguna.

Y ahora la invasión de Ceuta, segunda edición, porque hubo una anterior el 17 de mayo de 2021. No es sorprendente que, en semejantes manos, nuestra seguridad nacional esté gravemente cuestionada ante socios y aliados, y sobre todo ante nuestros competidores, en primer término, aunque no sólo, el reino vecino.

¿Podría decirse que es una declaración de guerra por parte de Marruecos?

Las guerras hoy no se declaran, aunque el procedimiento para hacerlo siga figurando en los ordenamientos constitucionales. La guerra es una situación de hecho y el ius ad bellum de los Estados nacionales está circunscrito por la Carta de NN UU a los supuestos de legítima defensa nacional y colectiva. Así pues, en el marco jurídico definido por el orden internacional en vigor, los Estados tienen derecho a ejercitarla, y el deber de hacerlo en el ordenamiento interno, así como de denunciar la eventual agresión ante el Consejo de Seguridad.

Marruecos ha perpetrado un ataque híbrido contra España una vez más y nada eficaz que oficialmente sepamos se ha hecho para detectarlo, impedirlo denunciarlo y remediarlo, por más que el gobierno, de vacaciones, pretenda que la situación ha revertido. ¿Cuántos intrusos quedan en las calles de Ceuta? Esto dista mucho de haberse resuelto, incluso para restablecer el statu quo ante. ¿Otra vez la “nueva normalidad”?

¿Qué es una guerra híbrida?

Una guerra híbrida es un conflicto violento en el que uno de los actores trata de imponer al otro su voluntad mediante una combinación de distintos medios insidiosos con el respaldo o concurrencia de la fuerza armada. Es precisamente esa circunstancia la que confiere un carácter híbrido a este tipo de estrategias.

La terminología es novedosa, con neologismos como “guerra híbrida” o “zona gris” para aludir a esos estados intermedios entre la paz y la guerra en los que se dirimen coercitivamente los conflictos internacionales. En lo que hoy conocemos por “guerra de cuarta generación”, el objetivo de las operaciones es la población, no un elemento pasivo o una carga como en el pasado.

Pero también es cierto que la guerra híbrida no es un fenómeno nuevo; la crisis del Sahara en 1975, resuelta con la Marcha Verde emprendida por Marruecos contra España, respondió a ese patrón. Hoy se dispone de muchos más instrumentos de movilización e intervención, como son, entre otros, las redes sociales que, en pocos días, han permitido vertebrar y conducir discretamente la masa que ha allanado nuestra frontera en Ceuta, causando un efecto psicológico sobre nuestro país aún sin evaluar.

Pareciera como si fuera un aviso, como diciendo un día os invadiremos de verdad…

Ya nos han invadido “de verdad”, y no es la primera vez; pregúntele a los ceutíes. Imagino que lo que quiere decir es que, acaso un día, los invasores no se marcharán; antes bien izarán el pabellón Marruecos y sus tropas regulares nos atacarán en la frontera si la guarnición trata de impedirlo por la fuerza.

Pero hay otra posibilidad menos dramática. Ya conoce el cuento de la rana cocida en un caldero. Se trataría de hacer la vida imposible a la población y ofrecerle el contraste de un entorno próspero. No en vano están atendiendo al desarrollo de su litoral, con grandes puertos en Tánger y Nador, industrias y turismo. Prosperidad compartida, ¿le suena? Eso encandila a Sánchez y sus cuates, se ha visto en Gibraltar. Ellos sabrán por qué, porque no se han dignado explicar a las Cámaras hasta del momento el laborioso Tratado UK/UE en cuya negociación España ha desempeñado un papel a medio camino entre facilitador y convidado de piedra.

En realidad, es un juego de suma cero, donde España pierde lo que otros ganan. En el Peñón, el Reino Unido sigue ejerciendo “la soberanía, la jurisdicción y el control” en resguardo de su base, que es lo que les importa, y España se pliega a la fluida relación que la colonia necesita con la Unión Europea, sin lograr restauración alguna de su integridad territorial. Es posible que, con vistas al futuro de nuestras plazas norteafricanas, Marruecos aspire a una soberanía compartida como “solución”; hay voces que la han propugnado ya al otro lado de la frontera.

El hecho de que sea un país musulmán y que hayan manifestado su deseo de recuperar la península ibérica no es para tomárselo a broma…

Desde luego. Para un musulmán ortodoxo y un patriota marroquí (condiciones difíciles, si no imposibles, de separar) Mohamed VI no sólo es constitucionalmente el Malik (el Rey) sino el Amir al-munimin, el príncipe de los creyentes, VI sucesor del Profeta en la línea de Alí (alauita). Esto es así, naturalmente, para quienes pretendan atribuir ese origen a un sultanato fundado en 1635, muy posterior por tanto a la soberanía del Reino de España sobre sus plazas del Norte de África, no digamos sobre las Canarias, aún anterior.

Por cierto, nuestros antepasados en las Navas de Tolosa, 1212, derrotaron al “Miramamolín”, o sea, al Amir al-munimin almohade, a cuyo imperio pretende remontarse la idea de un “Gran Marruecos”. En eso están ante el continente africano. En cuanto a Al Andalus (la vieja Hispania) es también para los islamistas Dar-es-Salam, tierra del Islam, es decir, lo que ha sido parte de la Umma, no puede dejar de serlo. Deberíamos reflexionar en esto cuando la presión del Sur contrasta con la debilitada demografía europea, y la española no es precisamente la excepción.

¿Cómo la cada vez mayor presencia marroquí en España contribuye a la llamada multiculturalidad y pérdida de identidad católica?

Cada cual puede avizorar sus conclusiones respecto al futuro, pero lo que en el presente vemos entre los musulmanes es cierto soberbio desprecio de un Occidente cristiano considerado decadente, una actitud que constituye el principal obstáculo para la integración civil de la inmigración en las sociedades con presencia musulmana más o menos significativa.

Si entendemos la religión como uno de los más importantes signos de identidad, no cabe duda de que España, como otras naciones occidentales, es una nación cristiana, más aún, una nación católica en nuestro caso. Es éste un hecho social, perfectamente compatible con la aconfesionalidad del Estado, por cuanto el cristianismo presupone, precisamente, la libertad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.

La presencia en nuestra sociedad de confesiones no cristianas, particularmente la musulmana, crea sin embargo una complejidad que no es posible obviar, porque el Islam político, hoy dominante en sus diversas modalidades, propugna en sentido opuesto un Estado confesional y una sociedad tutelada por la sharia. La coexistencia de comunidades cristianas y musulmanas puede así generar una fractura social que ya es posible advertir en determinados países o regiones.

La necesaria convivencia entre personas de credos diferentes debería remitirse al modelo intercultural, en el que todos respetan el marco constitucional y todos se enriquecen mutuamente de sus aportaciones respectivas. Es lo que vemos hoy en Ceuta y en Melilla, una convivencia respetuosa entre cristianos, musulmanes, judíos e hindúes, españoles leales. En otro caso, estaríamos ante una sociedad multicultural, en la cual los musulmanes rechazarían los derechos civiles de todos. Sería el preludio de una era de grandes convulsiones, como las vividas por Europa en el pasado.

¿Por qué Marruecos, aliado de Estados Unidos y con mayor armamento es cada vez una amenaza real?

Volvamos pues a Marruecos y a la situación geopolítica que envuelve a nuestros dos países en relación con nuestros principales aliados, porque la realidad es que España y Marruecos pertenecen a un mismo sistema geoestratégico occidental. Ello no excluye, por improbable que se quiera, un conflicto armado convencional entre ambos países. Aunque existen factores internacionales de estabilidad que permitirían contenerlo, como se vio en la crisis de Perejil, su desenlace favorecería al contendiente que lograse antes imponer sus posiciones.

Las aspiraciones de Marruecos para sustituir a España como potencia de referencia en la región tienen fundamento. Como España, es una potencia atlántico-mediterránea situada en la inmediación de un choke point de interés global, como es el Estrecho. Es también una potencia africana con grandes pretensiones de influencia en el corazón del continente, cuya puerta de entrada atlántica, con acceso directo al Sahel, es Mauritania, colindante con el Sahara Occidental. Pero el territorio español a ambas márgenes del Estrecho y sus accesos es geobloqueante del marroquí. Éste, entre otros evidentes factores sociopolíticos y económicos, explica la presión ejercida por el Reino alauita desde el Rif y el Sahara ocupado sobre nuestro territorio extrapeninsular.

Las plazas africanas y el archipiélago canario son, por tanto, para España un factor de fuerza, pero también una vulnerabilidad si no están debidamente protegidos de la amenaza híbrida en los espacios de soberanía y en los commons. Las guarniciones de los territorios extrapeninsulares junto con las barreras de protección -esos denostados “muros”- son el escudo tras el cual España puede blandir la espada representada por su poder nacional. Entre los recursos de éste, de todo orden, se cuenta la superioridad militar, hasta el momento no cuestionada. Pero ni siquiera esta ventaja es suficiente para disuadir un ataque. Hay que mostrar resolución día a día, exigiendo colaboración transfronteriza y ejercitando las medidas coercitivas necesarias en cooperación con nuestros socios y aliados.

La ecuación geopolítica entre ambos países presenta como variables favorables a España su condición de miembro de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea, a la cual Marruecos no puede acceder, y su Acuerdo de Cooperación para la Defensa con Estados Unidos, de larga data. Pero, como sumando, la dinámica política exterior alauita ha venido tejiendo una red de relaciones con actores internacionales dispuestos a apostar por su posición en la región, como Estados Unidos, el Reino Unido e Israel, potencias por añadidura ajenas, si no ya rivales de la Unión Europea. ¿Qué ha hecho España, mientras tanto, en manos de los “gobiernos progresistas”? Nada, salvo socavar irresponsablemente la sólida posición internacional que nuestro país construyó durante la Transición.

Sólo haciéndose respetar como una potencia regional de comportamiento previsible podrá concitar España frente a una agresión en su frontera sur el apoyo de sus socios y aliados; las posiciones adoptadas con ocasión de esta crisis por miembros de la Unión tan próximos como Italia, y el mismo reproche de la Casa Blanca a la inacción de la Moncloa, son buena muestra de ello, porque la inestabilidad de una región tan sensible, la “frontera del mar” de Europa, afecta a todos. Los medios nos tranquilizan, España conserva la superioridad militar. Pero si así fuese ¿hasta cuándo? Porque asistimos en el Magreb a una carrera de armamentos entre Argelia y Marruecos, y corremos el riesgo de quedar en tercer lugar.

Algunos miembros destacados de la jerarquía de la Iglesia en España han condenado la invasión, pero por otra parte la CEE ha apoyado una regularización masiva de inmigrantes…

Es cierto que el Departamento de Migraciones de la CEE ha apoyado la regularización masiva de inmigrantes ilegales, otra cuestión, aunque estrechamente relacionada, a la que ya hemos aludido de pasada. Pero, junto a eso, nuestros pastores han condenado en las redes sociales lo sucedido como una invasión, aunque, en los primeros momentos, haya habido cierta confusión.

De “misterio y sorpresa” ha calificado la situación creada el Arzobispo de Tánger, una arquidiócesis que, si bien en territorio marroquí, está muy relacionada con España. Salvadas esas causas aún “misteriosas” y la sorprendente irrupción de la noticia, las declaraciones episcopales han ido deslindando los hechos del fenómeno migratorio en general destacando, en todo caso, su dimensión humanitaria, que la Iglesia está llamada a atender.

En este sentido, hay que mencionar, en primer término, la denuncia en X del Presidente de la CEE, monseñor don Luis Argüello: “Las migraciones forman parte de la estrategia de la biopolítica, que es clave en el actual poder mundial”. El arzobispo lamenta que se juegue con la vida de las personas en favor del lucro y del poder: “Las migraciones forman parte de esta estrategia. La invasión de Ceuta es un test. La demografía es un arma”, sentencia con la que no podemos estar más de acuerdo.

Otros prelados han alzado su voz concurrentemente, incluso con mayor asertividad, como don Jesús Sanz Montes: «Incomprensible avalancha de tantos jóvenes que con algún toque de corneta cruzan por miles las fronteras de Ceuta. Nueva Marcha Verde ante la debilidad extrema de un Gobierno tocado…» O don José Ignacio Munilla: «La catadura moral de quien utiliza a su propio pueblo como munición es repugnante… «. El Departamento de Migraciones, ha advertido de la crisis humanitaria que se ha creado, la cual, por cierto, afecta de lleno a los habitantes de la ciudad.

La posición adoptada inicialmente por la Diócesis de Cádiz y Ceuta, directamente afectada, y su evolución posterior es muy explícita. En un primer comunicado en el que se expresada preocupación por la gravedad de los acontecimientos, con especial mención a las personas migrantes, el Administrador Apostólico, monseñor don Ramón Valdivia, desde Ceuta, ha declarado: “Más que una crisis migratoria, lo de Ceuta sigue siendo una crisis política internacional y un drama inmenso, del que aún no se han evaluado todas las consecuencias.” Posteriormente, en su Carta Pastoral a los fieles, ha sido muy claro al decir: “miro el desastre humanitario causado por la ambición y la corrupción”.

Termino pues haciendo constar la gratitud del prelado al Papa, que en su mensaje dominical puso de manifiesto que lleva a Ceuta en su corazón, y en su llamamiento a mostrar nuestro apoyo a esa pequeña comunidad cristiana, sólo siete parroquias, que mantienen vivo el testimonio de la fe en esa diócesis española y africana. No es otra la misión de la Iglesia en el mundo como la nuestra, miembros de ella, es servir al bien común.

En este sentido, la doctrina católica es clara: “A los Jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados” (GS, Cap. V, núm. 79). Exijámoslo, pues, como ciudadanos responsables.

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