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23 de agosto de 2025 0

Le bourgeois gentilhomme

Le Bourgeois Gentilhomme
(Por Manuel Gutiérrez Algaba -)

«Le Bourgeois Gentilhomme» es una deliciosa composición musical de J.B. Lully, de finales del siglo XVII, que acompaña a una obra homónima de teatro de Moliére. De la obra de Moliére no puedo decir mucho, pero la obra musical es muy pegadiza e interesante para nuestro día a día de hoy, muy ilustrativa de muchos procesos y verdades modernas.

La idea de la obra es burlarse un poco de la sociedad que asoma en la Europa postmedieval: la burguesía, los plebeyos pero ricos con algún tipo de negocio. Frente a ella los hidalgos, los nobles, los gentilhommes sienten una mezcla de desprecio y risión. En la obra un zapatero rico, que ha llegado acumular cierto nivel económico quiere igualar (equalité) en educación y modales a lo mejor que haya en el mercado, a saber, la nobleza – un siglo después esta igualación imposible se hará por destrucción de lo superior, y no por elevación de lo inferior. En la obra, el zapatero contrata a nobles y llega a disfrazarse de turco, dispuesto a abjurar del catolicismo, para emparentar con la nobleza turca, como summum de grandeza y sofisticación, y de pocos escrúpulos.

La música es vibrante, fuerte, de aire un poco militar, pero también de inspiración popular, incluso incluye una canción en español, que también estaba de moda. Del zapatero se ríen y es estafado por sus profesores nobles de alquiler y hasta es ridiculizado por su propia familia y criados.

El zapatero revela un principio sicológico muy importante: la aceptación. Él quiere ser aceptado y no le importa dedicar tiempo y dinero e incluso negarse a sí mismo.

La música, noble, cortesana, casi imperial, revela también otros principios curiosos: el miedo y la necesidad de imponerse ante la nueva burguesía, la afirmación temblorosa de la propia grandeza, aunque esta afirmación ya tiene algo de melancolía, de caducidad, de decadencia, de impotencia, de recordar viejas batallas cuando en la Edad Media estaban ellos, nobles y reyes, y sólo ellos como reyes del mambo, cuando la guerra era la único importante, cuando valores como el arrojo, la alegría, la bravura no tenían que pedir permiso al oro, a la posición social. La marcha de los turcos, a pesar de ser turca es muy bienvenida en este ambiente de afirmación de lo militar. La obra también se enmarca en la tradición francesa de usar la cultura para ganar legitimidad tanto ante el pueblo como ante el resto de las naciones europeas, y, cuando la gloria escaseaba en los campos de batalla o en los menguados dominios de los reyes franceses, pues se imaginaban glorias en jardines, cuadros o músicas de cámara. De nuevo, la cultura se usa como elemento de aceptación como con los francos de Carlomagno ante el romanizado pueblo galo, como los señores brutales pero dulces y amorosos en las bocas de los trovadores. Luis XVI prefirió ser menos católico a cambio de jugar a ser un nuevo Apolo, un nuevo semidios de la antigüedad, un nuevo Hércules o Aquiles, mientras el pueblo se moría de hambre o decapitaban a algún duque que amenazaba su poder. Luis XVI quería la aceptación del mundo y del refinamiento, a cambio de dar la espalda a Dios y a su nobleza franca que hubiera sido de gran ayuda a su nieto un siglo después.

El tema de la aceptación está tan candente que es el que ha evitado, hasta ahora, una conflagración nuclear. En efecto, Rusia, las élites rusas sobre todo, quieren ser «aceptadas» por las élites occidentales, por el mercado occidental. Esto genera un problema civilizatorio y una desventaja estratégica. Rusia se resiste a acabar con un enemigo mortal declarado: Occidente. En efecto, occidente quiere deshacer Rusia en un puzle de países-región, de cultura occidentalizada, atea y, a ser posible, incluso sin rusos étnicos, o reducidos a una minoría de parodia. Con España sucedió algo parecido, toda hispanoamérica, y ultimamente incluso la propia península. Lo que era una unidad política, cultural, aunque no étnica, religosa se convirtió en un guirigay de principados de caciques localísimos y ridiculísimos, élites que se han ido hibridando religiosamente con el protestantismo o cosas peores, y todo porque esas élites segundonas, pancistas querían ser aceptadas por las élites inglesas, por sus sociedades secretas, por la «superior», pero inventada y falsa, cultura francesa. Querían ser aceptadas como nuestro imposible «gentilhomme», como nuestro Sancho Panza burgués y ridículo, con ínfulas de guerrero franco refinado. También deslumbrado, él, por esa cultura de cartón piedra, de bordado, de rizo, de maquillaje, de «modales» y de ritos cortesanos. Una grandeza inventada, copiada de la española, la única real, la única fundamentada en algo solido como la Religión, como el sacrificio, como el arrojo.

Si hay un problema que tienen las élites, tanto las emergentes, como las consolidadas es la aceptación. Estas élites tienen que asegurarse de que van a seguir siendo aceptadas como élites, por eso no tienen remilgos en abjurar de la religión verdadera, hibridarse etnicamente o lo que haga falta, aprender lo que haga falta, hacer el rídiculo o vender el alma.

Es la grandeza, lo que en un momento dado se define como máximo, lo que marca el patrón de aceptabilidad, el pasaporte para la gloria eterna de su linaje. Basta con mutar dicha definición de grandeza para cambiar toda la sociedad. En la Edad Media fue el catolicismo purísimo el ideal a alcanzar, y ese acicate poderoso arrasó con las culturas paganas germánicas, con su cultura tribal fragmentaria y dió grandes héroes y reyes, dió santos, villanos devotos, clérigos celosos, catedrales imponentes y una moral que aglutinó a todo el pueblo. La Edad Moderna, en parte en las cortes, el refinamiento, la «cultura antigua», el dinero para lujos y ejercitos permanentes, fue creando una nueva definición de lo «máximo», un nuevo dios: el lujo, el disfrute de las mieles de la opulencia, del refinamiento, de equipararse a semidioses, a olvidar toda caridad y toda piedad cristiana. La propia élite aupada por el catolicismo fue minando esa legitimidad para adaptarse mundanamente a la nueva realidad de materialismo, de pactos de sociedades secretas, de ritos iniciaticos, rompiendo todos los vínculos que quedaban con la antigua camaradería de guerreros germánicos, de moral simple, de desconocimiento de las insidias.

Es la aceptación la que paraliza al pequeño burgués del siglo XXI, el pequeño , o mediano, empresario, terrateniente, al que cree que tiene algo que perder, algo que conservar, algo por lo que ser aceptado en la sociedad materialista y atea. Es la aceptación la que impide al carlismo crecer y manifestarse en plenitud. Es esa aceptación la que lo atenaza e inmoviliza, impidiendo la tendencia natural de resistencia, impidiendo que la Doctrina Católica se filtre a su alma, que le dé fuerzas para darlo todo por defender lo digno y justo, darlo todo por Cristo, al único que deberíamos aceptar.

 

Viva Cristo Rey.

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