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13 de julio de 2025 0 /

Series convergentes

Series convergentes

(Por Manuel Gutiérrez Algaba -)

Una serie convergente es de esos engendros en matemáticas que parece no servir para nada pero encierra una idea filosófica curiosa. Una serie es una secuencia de números que se suma, por ejemplo, 1,2,3,4,… cuya serie es 1+2+3+4+… hasta infinito. Está claro que si sumamos infinitamente algo que no es cero, pues será infinito. Sin embargo, cuando sumamos algo que se va haciendo pequeño da un número concreto, así: 1 + 0’01 + 0’0001 + 1’000001 +… = 1,1111… es decir menos que 1,2. Para que sea convergente los números de la serie tienen que hacerse pequeños rápidamente.

Realmente a nosotros nos interesan las series divergentes, los procesos que van sumando cada vez más y más. La regla es que cada número que sigue en la secuencia no se haga cero demasiado pronto. Esto, ¿ cómo podría traducirse en política? Tenemos eventos, como la declaración de la legalización del aborto, o como las restricciones de libertad de movimiento de coches. Estos eventos generan varios impactos políticos en la sociedad, uno de ellos es un impacto de rechazo, este impacto lo podemos tomar como el primer número de la serie 1. Tras ese impacto inicial vienen una serie de reacciones, tales como manifestaciones, artículos en prensa, libros, declaraciones, estas reacciones son nuevos números en nuestra serie «política», así, la manifestación suma 14, el artículo en prensa 1, el libro 2,… así que al cabo de seis meses tenemos 1+ 14+ 80(artículos) *1 + 2*5 (5 libros) + 1*50(declaraciones) = lo que sea. A los seis meses, tanto el evento inicial ( la legalización del aborto), como los eventos secundarios ( manifestaciones) no generan «tantos» ecos, o, incluso ninguno, no se escriben más libros, las declaraciones de ser 50 pasan a ser 10, los artículos son 9, y, la suma decrece. Al año, las reacciones se van enfriando y se va normalizando, la serie va «convergiendo» a un número, ya no se suman nuevas acciones. Con el tiempo, se normaliza y la «serie numérica de acciones» es «convergente» a la resignación, por mucho, que haya hecho un trabajo cultural y político en contra. Es más, la nueva «realidad» se acaba aceptando excepto en los corazones y almas de unos pocos, que, sin embargo, no generan nuevas reacciones al evento de legalizar el asesinato.

El sistema liberal está plagado de artilugios «enfriadores», de «desaceleradores» políticos, de herramientas que sirven para atenuar la resistencia y oposición a su agenda. Uno de estos artilugios ha sido frecuentemente la prensa, que, en manos liberales, se ha erigido como «cuarto poder», como «cauce político», pero solo para protagonizar, para acaudillar la resistencia e ir enfriándola. ¿Quién no conoce a algún plumilla a quien se le toma como referencia intelectual (ni más ni menos) de un problema en cuanto escribe un par de artículos sobre un tema? ¿Cómo no ver con desaprobación como las masas «más informadas» de clases medias siguen con impaciencia «lo que se le va ocurriendo» al «intelectual» a sueldo? ¡Y cómo no uno puede constatar como al cabo de dos o tres quites o de cinco cambios de actualidad el «tema» acaba muerto y frío como una piedra! Acaba de meter otro gol el sistema liberal. Otro artilugio «desacelerador» político es la «partitocracia». El problema, por ejemplo, el aborto, acaba siendo siendo «estabulado» en alguna de las opciones (controladas por quienes pagan a los cabezas de partido) y allí «promete» (porque puede ser prometido… e incumplido) ser «resuelta» o «atenuada» civilizadamente, democráticamente. No hace falta ser un lince para darse cuenta que de esta forma, el aborto, o cualquier problema, acaba en un «vuelva usted mañana» pero cada cuatro años. En efecto, las elecciones y la partitocracia son desacelaradores y asesinos de la voluntad popular inmejorables.

Entonces, la cuestión es : ¿cómo conseguimos que no se enfríen los temas?¿Cómo conseguimos que «nuestra indignación», nuestra «reacción», nuestra voluntad política no se vea apagada por los artilugios liberales? Pues, de entrada, orillando esos sistemas, a saber: la partitocracia y la prensa. Sea lo que sea no podemos usar las herramientas del enemigo, porque están para frenarnos. ¿Qué herramientas nos quedan? Pues hagamos un poco de repaso al Código Penal y a la Constitución y a otros libros de instrucciones liberales. Ellos no quieren que nos expresemos, es decir, no quieren que intervengamos en la definición de la «Verdad Aceptada en Sociedad» , en la «hegemonía cultural». Así que todo lo que sea expresarse en la calle ininterrumpidamente dando nuestra versión de la realidad, o la Verdad, si somos afortunados, es algo que desactiva el poder del Estado, el poder del mundo liberal. Esto se consigue con octavillas, pancartas, teatros callejeros, mesas informativas, … con propaganda.

Otros artículos de los «derechos otorgados temporalmente» por los liberales hablan del «derecho» a reunirse y de asociarse. Dicho de otro modo, el Estado liberal no quiere que nos reunamos de manera natural, de manera espontánea, ni mucho menos siguiendo cauces tradicionales: los mercados, las plazas, las fiestas, hablar en la calle,… Así que tenemos que asociarnos y reunirnos todo lo que podamos, de manera casual, haciendo rosarios, haciendo quedadas, de nuevo, en teatros callejeros, asistiendo a Círculos Carlistas, estableciendo nuevas asociaciones, informando a otras asociaciones de nuestra existencia, tendiendo puentes, rompiendo los mitos de la asociación «liberal» restringida y restrictiva. También hay que procurar usar el «vocabulario» y juego de «herramientas mentales» actuales: diversión, «me interesa», «no es peligroso», «no me señala». Así que grupos «recreacionistas» o «culturales» que toquen «la diversión», «no es peligroso», «no me señala», en principio, tienen buena pinta para tejer esta red que queremos de «amplificación» y «sostenimiento» de los hechos políticos. Ni que decir tiene que esta «red» de grupos es capaz de soportar el «altavoz» del párrafo anterior, es decir, la voz en la calle.

Imaginemos que contamos con ambas herramientas, tras un trabajo político de ingeniería de redes ciudadanas y de entrenamiento en la propaganda. Pues cuando ocurre un «fenómeno» político, una perturbación, tal como la aprobación de otra ley liberal restrictiva de derechos, tal como la prohibición de usar un bien público y natural, tal como un ataque directo en contra de la integridad física o el patrimonio de las personas. Todo esta red, como tela de araña, amplifica la perturbación, al reverbera y la expande al «tejido» de la opinión pública, de modo que el ciudadano tiene una versión política alternativa al monocorde liberal, de modo que la secuencia de eventos políticos derivados de la «perturbación» va a «más», no se queda a cero, no se olvida, no se reemplaza por otra andanada de noticias, no se amortigua, se perpetua y, no sólo eso, sirve para hacer aún más fuerte la red ciudadana, más comprometida, más lista para el asalto al poder, más descarada frente a la chulería de la partitocracia pagada por financieros internacionales.

La idea que tenemos de la «política» oscila entre el «mesianismo-fatalismo» y la «filosofía especulativa». En efecto, creemos que «estamos así» porque estamos en algún momento «escatológico» trascendental, estamos a punto de que se terminen Los Tiempos, que venga Cristo, o porque se le ha dado «poder a Satán para que nos castigue», y estamos en ese castigo irremediable y purificador. Otros ven la «política» como un «eterno análisis», eterno chascarrillo de periódico, eterna idea feliz que construyo con mis «dogmas ideológicos» o «personales». Casi nadie piensa la política en «términos de ingeniería«, y esto es así porque precisamente los que mandan en el mundo SI conciben y ejecutan la política como una ingeniería y enseñan al vulgo a no pensar, a reaccionar emotivamente, a ser pastoreados por «intelectuales» y «expertos». Obviamente, quienes mandan no quieren perder el poder y tienen un ejercito de jornaleros del intelecto para mantenernos ensimismados en estudios absurdos, en conclusiones ingeniosas pero que no van a ninguna parte. Además del ejercito de payasos partitocráticos que se reúnen en hemiciclos para reírse del ciudadano y que éste se crea «querido» y escuchado por vividores de la «partitocracia», pendientes de su chalet y de su prebenda.

La política ganadora, la política con visos de triunfar, sólo puede estar no sólo bien construida sino tan bien construida como para ser una alternativa a la «política vigente», al globalismo, al liberalismo. No valen las series que se apagan con el tiempo, los espasmos y grandilocuencias efímeras ante agresiones, los personalismos e idolatrías a personas mediocres o incluso a personajes. Sólo construyendo mallas de relaciones humanas, mallas que unan a personas, de manera oficial, semioficial e informal, mallas que sirvan para servir de altavoz, para alzar la voz, para fijar VERDADES, para derruir mentiras, sólo así tendremos alguna posibilidad. Solo la ingeniería política, fundamentada en la Religión Católica, tiene alguna posibilidad de triunfo.

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