Recuerda la semilla de tu vocación que el Creador sembró en ti desde niño
(Por Javier Manzano Franco)
Las inclinaciones tempranas, que el mundo moderno denomina “voces de impulso” o “química individual”, son en realidad destellos de la Providencia. No son meros caprichos biográficos o preferencias psicológicas, sino signos de una orientación natural (y muchas veces sobrenatural) hacia aquello que hemos sido llamados a ser y a hacer en el mundo. Dios, que nos conoce desde antes de nacer, deposita en nuestra alma esas afinidades para guiarnos por el sendero de nuestra misión.
Así como el labrador aprende del viento, del Sol y de la Tierra cuándo sembrar y cuándo segar, tú también, si prestas atención a lo que te entusiasmaba en la niñez (con sinceridad, sin la contaminación del ruido moderno ni de los intereses ajenos), hallarás la raíz de tu vocación. No se trata de volver a la infancia desde la nostalgia liberal, sino desde la fidelidad: ¿qué quiso Dios mostrarte a través de aquel gozo primero?
No fuiste creado para buscarte a ti mismo, sino para cumplir tu deber con una Causa más alta que tú. Esa Causa puede ser servida mediante el amor por la palabra, el servicio, el arte, la técnica, la enseñanza, el combate y la oración. Lo importante es que, al reconocer esas primeras inclinaciones, las sometas al discernimiento propio de un católico consciente de su misión en la historia.
Hoy, vuelve no al juego vacío del niño moderno, sino al gesto primero en que Dios te susurró lo que podrías llegar a ser. Ese susurro no te hablaba de placer, sino de sentido: escúchalo de nuevo.
