Seguir el blog (Follow.it)

21 de agosto de 2025 0

La moral más allá del cálculo útil

Por Javier Manzano Franco—

Una de las grandes fisuras del pensamiento moderno está en la tensión no resuelta entre la universalidad abstracta de los principios morales y la realidad concreta de los contextos culturales donde estos deben aplicarse. Kant representa el cénit de esa ética del deber formal: principios absolutos, válidos en todo tiempo y lugar, fundados en la sola razón autónoma. Pero esta moral, aunque noble en su intención, padece una enfermedad del espíritu moderno: el desarraigo.

Hegel, en cambio, buscó en la Fenomenología del espíritu y en los Principios de la filosofía del derecho corregir este desequilibrio. Su crítica al kantismo es clara: el deber por el deber, sin atención a las consecuencias, a las circunstancias, a la vida encarnada, se convierte en una abstracción vacía. El deber sin mundo es impotente; la convicción sin realidad, estéril. Para Hegel, la verdadera moralidad (la que merece el nombre de «eticidad» o Sittlichkeit) solo cobra sentido cuando se encarna en las instituciones vivas de una comunidad histórica.

Esto no implica, como a veces se interpreta erróneamente, una regresión a la moral tribal: Hegel no proponía un retorno a las formas premodernas, sino una superación dialéctica: que el Estado moderno, fundado en la razón, pudiera integrar las aspiraciones éticas del kantismo sin caer en su rigidez formalista. Pero aquí se abre una nueva pregunta interesante: ¿y si ese ideal de reconciliación entre individuo y Estado ha fracasado?

La historia del siglo XX (totalitarismos, burocracias frías, democracias sin alma) ha hecho tambalearse el optimismo hegeliano. El ciudadano no se ha fundido con el hombre libre, sino que se ha visto reducido a engranaje. La moral comunitaria puede corromperse y las instituciones, pervertirse. Cuando eso ocurre, la conciencia mora se refugia en los pocos que resisten al miedo y a la corrupción como indicaba Paul Ricoeur. Allí donde la ley se vuelve injusta, solo la crítica del deber permite mantener la dignidad.

La verdadera libertad no consiste en repetir lo que “se dice” o lo que “se hace”, como denunció Heidegger al hablar del anonimato del se ni tampoco consiste en seguir normas externas sin interiorización. Decía Rousseau que «la obediencia a la ley que uno se da a sí mismo es libertad», pero ahora bien, esa ley no brota del vacío: nace de una tensión entre comunidad y conciencia, entre tradición y examen.

Una de las preguntas más antiguas de la ética es también una de las más incómodas: ¿por qué elegimos el mal, si aspiramos naturalmente al bien?. Aristóteles comienza su Ética a Nicómaco afirmando que «todo ser tiende hacia el bien, pero entonces, ¿por qué tantas veces actuamos contra esa tendencia?

La confusión nace, en gran parte, de un uso equívoco del término “bueno”, que no siempre significa lo mismo. A veces hablamos de “lo bueno” en sentido instrumental: un cuchillo es “bueno” si corta bien, no si es moralmente justo. Del mismo modo, lo que deseamos puede ser “bueno” para nosotros sin ser moralmente correcto. El lenguaje moral moderno ha perdido la distinción entre lo útil, lo deseado y lo verdaderamente bueno.

Aristóteles y la escolástica intentaron resolver este equívoco recordando que el ser humano siempre actúa «bajo la apariencia del bien» (sub ratione boni), es decir, que incluso cuando obra mal, cree estar haciendo lo mejor en esas circunstancias. Somos criaturas limitadas que muchas veces se dejan llevar por el interés inmediato, la ignorancia o la pereza.

Kant  intentó aclarar estos conceptos en su Crítica de la razón práctica, en la que distinguió entre das Gute (lo moralmente bueno) y das Wohl (lo conveniente), entre das Böse (lo éticamente malo) y das Übel (lo perjudicial). Así, no todo lo deseable es bueno, ni todo lo útil es justo. El criterio moral no reside en lo que produce placer o beneficio, sino en lo que es conforme a la razón práctica: una razón normativa, no calculadora.

Esta distinción sigue siendo esencial, pero hay que ampliarla: la razón moral no debe limitarse a lo universal y formal, sino encarnarse en formas de vida, en culturas vivas, en comunidades concretas que otorguen sentido y jerarquía a los valores. No hay verdadero bien fuera de un horizonte de sentido compartido. Y sin jerarquía, todo valor se diluye en opinión y todo deber en capricho.

(Visited 28 times, 1 visits today)

Deja tu comentario

Ahora Información agradece su participación en la sección de comentarios del presente artículo, ya que así se fomentan el debate y la crítica analítica e intelectual.


No obstante, el equipo de Redacción se reserva el derecho de moderar los comentarios, sometiéndolos a una revisión previa a su autorización.


Aquellos comentarios que lesionen el honor de terceros o incluyan expresiones soeces, malsonantes y ofensivas no serán publicados.


Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*