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5 de noviembre de 2020 0

En el Día de la Dinastía Legítima, por Carlos Ibáñez

Por Carlos Ibáñez

En aquellas discusiones políticas de nuestra juventud, nuestros oponentes solían replicarnos: “lo importante son las ideas, no las personas”. Tenían razón; pero en la historia del Carlismo las ideas han ido siempre íntimamente unidas a las personas.

Hace unos años, un historiador que se ocupaba de los años finales de Fernando VII, nos decía que le llamaba la atención que las manifestaciones del Infante Don Carlos (luego Carlos V) se referían a sus derechos a la corona sin hacer ninguna mención al problema religioso.

Es lógico que el Infante insistiera en lo que iba a provocar el litigio. Le contesté que examinara las declaraciones de los jefes de las partidas que se declararon por Don Carlos. En todas ellas hay referencias a la defensa de la Religión. Y es que el pueblo era consciente que el conflicto dinástico comprendía un conflicto general: religioso-político. Y así resultó.

Doña María Cristina firmó un manifiesto en que declaraba que con su triunfo no corrían ningún peligro ni la Religión ni la monarquía. A los pocos meses ardían las iglesias y conventos y los religiosos eran asesinados sin que los culpables fueran molestados. Y e n esa tesitura siguió la historia.

En el Carlismo Dinastía y Tradición han ido íntimamente unidas. En nuestros años de adolescencia, defendíamos el Carlismo por los derechos de sus Reyes. No nos fijábamos, a esa edad era imposible, en la perfección de su doctrina. Con los años, y gracias a nuestra militancia, fuimos comprendiendo la grandeza de los principios defendidos por el Carlismo.

Sin Tradición no habría habido Carlismo. Pero, en el caso concreto de España, la Dinastía fue el banderín de enganche de los defensores de la Tradición.

El sacrificio que ello supuso para los miembros de nuestra Dinastía fue total. Por mantener sus principios perdieron hasta su herencia. Doña Beatriz, la madre de Don Carlos VII, asustada ante los sufrimientos que a su hijo le supondrían la defensa de sus derechos, no quiso que se hiciera cargo de su defensa. A pesar de su piedad religiosa que le llevó a dotar a sus hijos de buenos maestros.

Estos sacrificios se traslucen en el Testamento Político de Don Carlos VII, cuando hace referencia a la posibilidad de la extinción de su dinastía. “De esta dinastía que os ha servido de faro providencial”.

En esa situación nos hallamos. Pero el recuerdo de nuestros Reyes sigue siendo nuestro faro providencial. Por eso tal día como ayer, en la festividad de San Carlos Borromeo, dedicamos un recuerdo agradecido a los descendientes de Don Carlos V que dieron todo por la Causa. Y su recuerdo sigue siendo el faro que marca los caminos de la salvación de España.

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