26 de julio de 2019 1 /

En Defensa de Antonio Mártir

La vergüenza es una pasión; es ese cierto sentimiento que lleva consigo una transmutación corpórea (rubor, temblor, turbación, …), y que nos hace temer el oprobio, el desdoro o el desprecio. Si es una confusión que se sigue por un pecado torpe, es laudable, porque este temor, regulado por la razón, infunde horror al mal; más si nos aparta del cumplimiento de un deber o de practicar valiente y públicamente la virtud, eso que algunos denominan “respetos humanos”, por miedo al “qué dirán”, en un “exceso de prudencia”, para que el “mundo” no nos retire su beneplácito, es un vicio cercano a la cobardía y opuesto a la Fortaleza.

Es hora, pues, de reclamar, sin vergüenza alguna del “mundo”, lo que corresponde, lo que es de Justicia.

«La causa de beatificación y canonización se refiere a un fiel católico que, en vida, en su muerte y después de su muerte tuvo fama de santidad, viviendo heroicamente todas las virtudes cristianas; o bien goza de fama de martirio porque, siguiendo al Señor Jesucristo más de cerca, sacrificó su vida en el acto del martirio» (Art. 4 – § 1. Instrucción sobre el Procedimiento Instructorio Diocesano o Eparquial en las Causas de los Santos; [Sanctorum Mater, Instructio ad Peragendas Inquisitiones Dioecesanas vel Eparchiales de Causis Sanctorum, Congregatio Pro Causis Sanctorum, Romae A.D. MMVII]).

Antes de tomar la decisión de iniciar la causa, el Obispo diocesano comprobará si, entre una parte significativa de los fieles cristianos, el candidato goza de una auténtica y extendida fama de santidad o bien de martirio, junto a una auténtica fama de signos. Fama de martirio es la opinión extendida entre los fieles acerca de la muerte sufrida por el Siervo de Dios por la fe o por una virtud relacionada con la fe. La fama debe ser espontánea y no procurada artificiosamente. Ha de ser estable, continua, difundida entre personas dignas de fe, extendida entre una parte significativa del pueblo de Dios. (Normas que han de observarse en las Investigaciones que hagan los Obispos en las Causas de los Santos [Novae Leges Pro Causis Sanctorum, Normae Servandae in Inquisitionibus ab Episcopis Faciendis in Causis Sanctorum, Congregatio Pro Causis Sanctorum, Romae A.D. 1983 promulgatae]).

«¡La substancia del martirio está vinculada, desde el comienzo y en el curso de todos los siglos, con este nombre! Nosotros llamamos mártires a los cristianos que, en el curso de la historia, han padecido sufrimientos, frecuentemente terribles por su crueldad, “in odium fidei“. A aquellos a quienes “in odium fidei” se les infligía finalmente la muerte. Por lo tanto, a aquellos que aceptando, en este mundo, los sufrimientos y padeciendo la muerte, dieron un testimonio particular de Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Homilía de la Visita Pastoral a Otranto; Domingo, 5 de octubre de 1980).

«El tercer tema sometido a la reflexión de la plenaria concierne al martirio, don del Espíritu y patrimonio de la Iglesia de cada época (cf. Lumen gentium, 42). El venerado Pontífice Juan Pablo II, en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, afirmó que, dado que la Iglesia ha vuelto a ser Iglesia de mártires, “en la medida de lo posible no debe perderse (…) su testimonio” (n. 37). Los mártires de ayer y los de nuestro tiempo dan la vida (effusio sanguinis) libre y conscientemente, en un acto supremo de caridad, para testimoniar su fidelidad a Cristo, al Evangelio y a la Iglesia.

» Aunque el motivo que impulsa al martirio sigue siendo el mismo y tiene en Cristo su fuente y modelo, han cambiado los contextos culturales del martirio y las estrategias “ex parte persecutoris“, que cada vez tratan de manifestar de modo menos explícito su aversión a la fe cristiana o a un comportamiento relacionado con las virtudes cristianas, pero que simula diferentes razones, por ejemplo, de naturaleza política o social.

» Ciertamente, es necesario recoger pruebas irrefutables sobre la disponibilidad al martirio, como derramamiento de la sangre, y sobre su aceptación por parte de la víctima, pero también es necesario que aflore directa o indirectamente, aunque siempre de modo moralmente cierto, el “odium fidei” del perseguidor. Si falta este elemento, no existirá un verdadero martirio según la doctrina teológica y jurídica perenne de la Iglesia. El concepto de “martirio”, referido a los santos y a los beatos mártires, ha de entenderse, de acuerdo con la enseñanza de Benedicto XIV, como “voluntaria mortis perpessio sive tolerantia propter fidem Christi, vel alium virtutis actum in Deum relatum” (De Servorum Dei beatificatione et Beatorum canonizatione, Prato 1839-1841, Lib. III, cap. 11, 1). Esta es la enseñanza constante de la Iglesia» (S.S. Benedicto XVI; Mensaje a los Participantes en la Sesión Plenaria de la Congregación Para las Causas de los Santos; Vaticano, 24 de abril de 2006).

Existe en el común, una interesada confusión entre vida de santidad y el martirio. Para este último, (etimológicamente “mártir” significa testigo), —como acto supremo—, los requisitos son dar testimonio por Cristo en el momento de sacrificar la vida y el odium fidei causa del acto de martirio. Para que nos hagamos una idea, el caso más extremo, sería el testimonio del “buen ladrón” que, a pesar de no haber llevado una vida ejemplar, se le considera como el único reconocido, directamente como santo, por el propio Jesucristo, al dar testimonio en el acto de la muerte:

«42Et dicebat: “Iesu, memento mei, cum veneris in regnum tuum.”

43Et dixit illi: “Amen dico tibi: Hodie mecum eris in paradiso”». (Lc 23, 42-43, Nova Vulgata, vatican.com)

[«Y le dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”

Y le respondió: “Así te digo: Hoy estarás Conmigo en el paraíso”].

«El mártir siempre muere por odium fidei. […] Es también odium fidei, el rechazo hacia conductas que son consecuencias de la fe. […]

» Esto ya podía encontrarse en la doctrina clásica cuando Santo Tomás se pregunta “si sólo la fe es causa del martirio” (ST II-II q.124, a.5). Allí explica que, “a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe”. Ilustra la afirmación con el ejemplo de Juan el Bautista, quien es considerado mártir y no murió por defender la fe sino por reprender un adulterio. […]

» 4. Dimensión política de estos martirios. Decíamos […] que para muchos resulta una piedra de escándalo el contexto político de estos martirios. […] Las actitudes de estos mártires, si bien podían ser políticas, en el fondo tenían motivos de fe. La dimensión política del martirio arraiga en la dimensión social del Evangelio. […]

» Sería un reduccionismo desencarnado pretender que un mártir sólo haya actuado en el terreno religioso. Expresa una falsa dicotomía la pregunta: ¿murió por la fe o por la política? Hay motivos políticos ciertamente. Pero esos motivos políticos se unen y cabalgan sobre los motivos de fe» (“Apuntes para una recepción eclesial de los martirios de Romero y Angelelli”, por el Pbro. Enrique Ciro “Quique” Bianchi (teólogo de la Diócesis de San Nicolás, prof. de la Pontificia Universidad Católica Argentina), publicación del obispado de Quilmes, Argentina, 13 de julio de 2018).

En consecuencia, podría afirmarse que, quienes sufrieron la muerte por oponerse desde sus convicciones cristianas a gobiernos que ejercieron el “terrorismo de estado” (como lo fue la II República en España), pueden identificarse como mártires. Más sería hipocresía farisaica, desde este ámbito teológico, conceder este carácter para algunos, y en perjuicio, negarlo a otros, en virtud de prejuicios.

Con relación a estos tipos de casos el Santo Padre Francisco (Discurso a una Peregrinación de la República de El Salvador, Sala Regia, Vaticano, viernes 30 de octubre de 2015), relata:

«Quisiera añadir algo también que quizás pasamos de largo. El martirio […] no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio – testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto […] fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas. O sea que es lindo verlo también así: un hombre que sigue siendo mártir. […] pero después de haber dado su vida siguió dándola dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias. Eso a mí me da fuerza, solo Dios sabe. Solo Dios sabe las historias de las personas y cuántas veces, a personas que ya han dado su vida o que han muerto, se las sigue lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua».

Esto sucede con la causa de Antonio Molle, cuyo aniversario celebramos el 10 de agosto, fecha de su martirio, porque una vez muerto, el odio no ha cesado, es “difamado, calumniado, ensuciado”; así, su martirio continúa, “incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado”, “sigue siendo martirizado por todas esas incomprensiones y calumnias”.

Y rezo, rezo con profunda devoción y con intensidad, por los “susceptibles” al miedo del “qué dirán” del “mundo” que les concede su beneplácito;

y rezo, rezo por los que en “exceso de prudencia”, opuesto a la Fortaleza y alejado de lo Justo, se avergüenzan y reniegan de él.

Y rezo, rezo con intensidad y con profunda devoción, para que Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, hable a los duros corazones de los hombres que continúan su martirio, para que abra sus entendederas como flores maduras.

Pero sobre todo rezo por los que le odian, …, sin motivo, ni razón.

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Un comentario en “En Defensa de Antonio Mártir

  1. monsterid

    Luís B. de PortoCavallo

    Estimada Luisa,
    Le invito a que asista a la próxima Misa el día 10 de agosto en la Basílica del Carmen de Jerez. Identifiquese y estaremos encantados de explicarselo y si desea colaborar haga su inscripción en la Asociación canónica de fieles Servidores de Cristo Rey, que es quien oficialmente promueve la causa. Siempre estamos encantados de contar con colaboradores dispuestos como Vd.

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