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31 de julio de 2025 0

El hombre como ser moral

Por Javier Manzano Franco—

En nuestra época, saturada de reglas impersonales y relativismos sin raíz, no está de más recordar que la ética no es un invento moderno ni una técnica de comportamiento, sino un saber profundo que brota del corazón de la tradición europea. No es una ciencia exacta, ni pretende serlo; al contrario: su objeto es la vida concreta, la existencia encarnada con sus dilemas, su contingencia y su irreductible complejidad.

Aristóteles, en los orígenes de la ética occidental, lo había entendido bien: no buscamos saber qué es la virtud para satisfacer la curiosidad o escribir tratados, sino para llegar a ser hombres buenos, nobles y dignos. La ética, en su sentido más auténtico, es inseparable del perfeccionamiento del carácter. No se trata de acumular conocimientos sino de formar un modo de ser, y en eso consiste su carácter teórico-práctico: reflexiona desde la distancia, pero sin renunciar a transformar la vida.

En el otro extremo de la tradición, Wittgenstein, pese a ser hijo de una modernidad en crisis, intuía algo similar: no argumentaba con silogismos cuando hablaba de moral, sino con ejemplos vivos que interpelaran y movilizaran, porque la moral no se impone: se encarna, se transmite y se contagia.

Una ética verdaderamente arraigada no puede ocultarse en una neutralidad académica ni resignarse al moralismo ilustrado, que pretende enseñar al pueblo desde una superioridad abstracta. Tampoco puede reducirse a la ética de manual, funcional y desarraigada, donde el bien se mide por su utilidad social o su eficiencia. La ética es inseparable de una visión del mundo y de una antropología.

Podemos, sin embargo, establecer una distinción útil entre «ética» y «moral»: ambas pueden usarse como sinónimos cuando nos referimos a la moral vivida (los hábitos, las costumbres, las reglas espontáneas de una comunidad); pero cuando hablamos con mayúsculas (Ética o Filosofía moral) nos referimos a la reflexión sobre esas prácticas, a la interrogación sobre su fundamento, su sentido, su jerarquía. La Ética no prescribe sin más: comprende, ordena, jerarquiza.

Decir que el ser humano es un animal moral es decir que vive bajo el signo de la elección, del valor y de la responsabilidad. Desde Aristóteles, la idea de «lo bueno» ha ocupado el centro del discurso ético. Luego Kant habló del “deber” y Scheler del “valor” pero, en el fondo, todos apuntan a una evidencia originaria: el hombre es un ser que no puede evitar elegir entre lo mejor y lo peor, entre lo noble y lo vil.

Frente a esta estructura fundamental, la modernidad ha producido dos figuras opuestas pero igualmente sintomáticas: el inmoral y el amoral. El primero reconoce el bien, pero lo rechaza; en cuanto al segundo, ni siquiera entra en ese juego: actúa como si las categorías del bien y del mal no tuvieran ya sentido. Pero ¿es posible vivir al margen de toda moral? ¿Puede existir realmente una vida amoral?

Kierkegaard nos ofreció una imagen clarificadora en su distinción entre el estadio estético y el ético. El hombre estético, como tantos contemporáneos nuestros, vive de impulso en impulso, de deseo en deseo, sin compromiso ni destino. No niega el bien (lo ignora) ni elige mal (simplemente no quiere elegir), pero ese aparente desinterés es, en el fondo, una elección negativa, una forma de abdicación cuyo resultado es la fragmentación, la dispersión y la cosificación del sujeto.

En el polo contrario, Nietzsche quiso situarse “más allá del bien y del mal”. Su crítica a la moral judeocristiana como moral del resentimiento es harto conocida. Ve en ella una inversión patológica de los valores: la exaltación del débil sobre el fuerte, del enfermo sobre el sano, del mediocre sobre el excepcional. Pero su respuesta no fue en realidad la negación de la moral, sino su transvaloración: crear una nueva jerarquía, afirmar un nuevo tipo de nobleza.

Donde la modernidad ha producido moralismos niveladores, Nietzsche propuso una moral aristocrática, afirmadora, creadora. Frente a la ética de la culpa, la ética del poder; frente a la igualdad sin diferencias, la voluntad de superación; frente a la masa, el superhombre. Pero aquí es preciso separarse del nietzscheanismo más individualista, porque la clave no está en sustituir la moral tradicional por la del individuo soberano, sino en restaurar una moral del arraigo, de la pertenencia, de la continuidad orgánica entre el individuo y su comunidad porque no hay moral sin comunidad, sin historia, sin memoria compartida.

El hombre no se constituye solo: se forma en un mundo de valores heredados, de ejemplos transmitidos, de jerarquías vividas. Por eso, la disolución del lazo comunitario moderno no solo empobrece la vida política, sino desintegra también la estructura moral del sujeto. Recuperar una Ética con mayúscula implica reconstruir el suelo donde se forma el carácter, restaurar el sentido del deber como fidelidad y afirmar que no todo da igual. Hay cosas mejores que otras, y  sin esa distinción, sin esa tensión entre lo inferior y lo superior, el hombre ya no podría elegir.

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