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10 de marzo de 2021 4

Catequesis política sobre la familia (IV)

(Por Javier Luis de Miguel Marqués) –

 

DIOS, PATRIA Y FAMILIA. LA EDUCACIÓN DE LA PROLE AL SERVICIO DEL BIEN COMÚN

Por más que se empeñen liberales, personalistas, y demás modernos, el hombre, tal como nos recuerda Santo Tomás, forma parte de la multitud. En otras palabras, que quizá suenen menos agresivas al delicado oído del hombre moderno: el hombre es naturalmente sociable, y no puede alcanzar su fin al margen de la sociedad. Sociedad, con mayúsculas, es decir, la comunidad política que reúne, engloba y perfecciona a las sociedades inferiores (familia, asociación, etc.).

La familia, siendo un bien imprescindible para la sociedad, no agota en ella la naturaleza social del hombre, como pretenden los comunitaristas. Del mismo modo, la educación de la prole no se realiza en aras al bien exclusivo del educando, sino al bien común de la ciudad. Dios, Patria y familia. Por este orden. Eso explica que, en tiempos pre-modernos, las familias consagraran hijos, desde pequeños, a la Patria o a Dios, es decir, para la guerra o para la Iglesia. Y eso explica que quienes así obraban por cuestión de su linaje (pienso especialmente en la nobleza), tenían a cambio ciertos privilegios, por la función social que cumplían.
Esto nos llevaría a cuestionar la tan ampliamente difundida idea de derecho subjetivo moderno, conforme al cual la comunidad debe algo al sujeto por el mero hecho de serlo, al margen de su rol social, dando paso al igualitarismo ilustrado, que suprime violentamente las particularidades y desigualdades naturales, para hacer pasar por la apisonadora del racionalismo administrativo a todo el organismo social.

No desarrollaremos ahora este tema, pero valga esta reflexión preliminar para introducir el componente social que tiene ese fin primario del matrimonio, que es la educación de la prole. De la misma manera que el matrimonio se orienta, en última instancia, al bien de la ciudad, sus fines no pueden ser indiferentes a ésta. Al contrario, deben contribuir al bien común de la comunidad política. No obstante, ocurre que el bien particular no debería divergir del bien común, y por tanto, lo que es bueno para el hombre es bueno para la ciudad, de manera que esta distinción de bienes, en el plano ontológico, pierde relevancia.

Por esta razón, antes se decía, coloquialmente, que “la sociedad educa”. Dicho más llanamente, el vecino podía regañar en la calle al niño que estaba perpetrando alguna travesura. A esta premisa responde la idea de educación como bien para la comunidad, pero, evidentemente, esto es imposible si no se comparte una misma, y recta, idea de bien. De hecho, la propia idea de bien común se desvanece desde el momento en que conviven, en una sociedad, en igualdad de condiciones, concepciones diversas, incluso contrapuestas, de bien. Es entonces cuando, ante la imposibilidad de lograr esa cohesión entorno al bien, se reduce el ámbito de lo bueno a lo subjetivo, de manera que cada uno busca exclusivamente su bien particular. El indiferentismo y el pluralismo, son, pues, la ruina de la sociedad, pero también del individuo, por cuanto se le priva de ese catalizador de la perfección que es la vida social virtuosa.

Y es que, por mucho que se practique la virtud personal, toda virtud tiene un componente social. De ahí que convenga a la sociedad que se eduquen hombres virtuosos. Por este motivo, no puede ser indiferente a la sociedad el modo como las familias eduquen a sus hijos.

Así, podemos decir que la recta educación forma, pues, parte de la justicia llamada legal. No porque la imponga por ley positiva la autoridad política, sino porque forma parte de lo que las familias deben al bien común de la ciudad. La mentalidad moderna ha exacerbado la idea de justicia conmutativa, muchas veces anclada incluso en el mero consentimiento subjetivo como fuente de la misma, y se puede decir que se ha abandonado en cierto grado, la concepción clásica de justicia legal, que no viene sino a poner de manifiesto una realidad: que las conductas individuales, incluso las que no generan perjuicio directo y evidente a la comunidad, tienen incidencia en la vida social. Así, el que estafa, daña no solamente al estafado, sino que contribuye, con su acción, al escándalo de otros miembros de la sociedad, cuestión que puede contribuir a que esa conducta inmoral se contagie a otras personas. Es así como, poco a poco, se van construyendo las llamadas “estructuras de pecado”, muchas veces promovidas desde el poder político, pero en otros casos gestadas por la moral decadente de las capas que componen la sociedad. Evidentemente, la ley tiene un componente pedagógico, pero también es cierto que de la rectitud con que los padres eduquen a sus hijos (y hay que recordar que ellos son los últimos responsables de la educación de la prole), determinará en buena medida la moralidad pública del futuro.
Lo anterior nos lleva a concluir que la comunidad política tiene legitimidad de reprochar a sus responsables (respetando siempre la jerarquía de autoridades naturales y el principio de subsidiariedad), la mala educación de quienes han de continuar en el futuro la vida de la ciudad. La educación implica la obligación de la traditio de aquello que es bueno y justo a las generaciones posteriores. Ya no es sólo, como hemos dicho, educar para el bien del educando. Es educar para el bien del educando que la contribución de éste al bien común.
No hay, pues, educación al margen de la ciudad. Santo Tomás nos recuerda que no es perfecto aquél hombre que no contribuye al bien común como le correspondería. Hemos dicho que la virtud contribuye al bien común. Pero la vida virtuosa que voluntariamente se encapsula en la vida privada o comunitarista tiene una carencia que afecta también a la perfección individual. Esto tiene que ver a menudo, por ejemplo, con las llamadas “virtudes burguesas”, de las que en otra ocasión hablaremos. Baste ahora decir que, en la medida en que no pueden separarse hombre y sociedad, tampoco puede separarse virtud individual de bien común. Y ese es un principio que debe presidir la ardua tarea educadora de las familias.

 

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4 comentarios en “Catequesis política sobre la familia (IV)

  1. identicon

    Javier Luis de Miguel Marqués

    En primer lugar, le ruego disculpe la tardanza en responder.
    A mi juicio, y siempre dentro del ámbito de lo prudencial que constituyen estos asuntos, le diré que VOX tiene, en resumen, una cosa buena, y otra mala. La mala (muy mala) es que es un partido profundamente liberal-conservador, constitucionalista acérrimo de 1978 y su régimen, que curiosamente ha sido el origen de todo aquello que critican (chiringuitos y prebendas nacionalistas, aborto y eutanasia, memoria histórica, descomposición de España, quiebra de los “valores” – usando su lenguaje- familiares y sociales) . En ese sentido, son profundamente incoherentes con lo que predican. No hay regeneración moral de España que no pase por, como mínimo, una reforma profundísima, de la CE1978, tan profunda que apenas se parecería a la que hoy está vigente. Cosa que, más allá de la eliminación de las autonomías, no lo ha propuesto VOX. Es más, lejos de eso, aboga por profundizar en esos “valores” de 1978 que nos han conducido, literalmente, a la ruina. Aun suponiendo que en VOX fuesen todos unos santos, se necesita un marco totalmente diferente para protegerse de los enemigos de España durante las alternancias de poder. A VOX le sobran conservadores y le faltan patriotas. Lo cual no quiere decir que prudencialmente no pudiera optarse por un voto circunstancial a su favor, desde luego, per accidens, nunca por la esencia de lo que representa.
    La cosa buena de VOX es que ha despertado no pocas conciencias adormecidas por el control mediático y cultural de la izquierda y los complejos de la derechita liberal. Un despertar insuficiente, sí, pero mejor que nada.
    Y, en cuanto a Falange, si me permite la ironía, lo primero que habría que preguntarse es: ¿Cuál de todas las falanges? Si nos referimos a la Falange que representa, por ejemplo, el Sr Jorge Garrido, del cual tengo un elevado concepto y cuya catolicidad está fuera de toda duda, le diré que puedo estar de acuerdo con al menos tantos puntos de su programa como en el caso de VOX (si no más), aunque lógicamente en cuestiones diferentes. Falange no es liberal, como sí lo es VOX. Tiene el componente auténticamente patriótico que le falta a buena parte de VOX. El gran problema de Falange es su irrelevancia y que Dios nos concediera que todos sus dirigentes fuesen como el Sr Garrido.
    Reciba un cordial saludo en Cristo Rey.

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  2. identicon

    Javier Luis de Miguel Marqués

    El conservadurismo, venga de donde venga, ha sido una de las causas de que el tradicionalismo sea aún débil en España, pese al glorioso pasado de nuestras Españas.

    A menudo, este conservadurismo se infiltra de la mano de contaminaciones aún más grotescas, como puedan ser el libertarianismo, paleolibertarismo, anarco-capitalismo, etc, dando lugar a nuevas aberraciones filosóficas, como la que pretende la compatibilidad de la Escuela Austríaca de economía con la Doctrina Social Católica, incluso la pretensión de que la Escuela de Salamanca era proto-liberal, y precursora de los austro-libertarios,

    En cuanto al tema del papel de la autoridad política, le diré que el carlismo (al que Anxo Bastos no pertenece ni por asomo), mira a un ideal, que es el de los fueros, lo cual no está mal en sí, pero que, stricto sensu, es irrealizable hoy, por las circunstancias históricas en la parte en que la vida social tiene de legítima evolución. Pienso que hay que moverse intelectualmente alrededor de la idea de fueros lato sensu, es decir, entendida como los cuerpos intermedios en general, sin referencia concreta a un ordenamiento jurídico ya extinto y, además, contingente.

    Creo (y me consta que hay no pocos carlistas en esta misma línea), que en la actualidad, y ante la amenaza globalista, debemos optar por defender una autoridad política fuerte, más centralizadora, que no centralista, de lo que quizá sería deseable, pero que circunstancialmente es necesario para controlar y reprimir el elevado grado de anarquía y depravación que reina en nuestro llamado “mundo libre”. Un Estado al estilo del que resultó de la Cruzada para restablecer el orden, pero sin ánimo de perpetuidad.

    Un cordial saludo. Viva Cristo Rey y Arriba España

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  3. Carlos Ibáñez Quintana.

    A Marta.
    Deje Vd. en paz al Opus Dei. Del Opus Dei un servidor ha recibido muy buenos consejos y orientaciones para vivir mejor una vida cristiana. Ninguna insinuación a que abandone el Carlismo que profeso desde mi adolescencia.
    Dice Vd. que el Carlismo es endeble con su lema “menos estado y más sociedad”. Mi experiencia me dice que la victoria de 1939 se malogró porque se eligió el “más estado y menos sociedad”. DE modo que cuando la omnipotente estado optó por la dinastía liberal que, en1931, nos había entregado a la República, la sociedad estaba inerme para reaccionar. Así hoy tenemos lo que tenemos.
    Aunque este régimen haya sacado a Franco del Valle de los Caídos, es evidente que este régimen es una continuidad del de Franco.
    Los carlistas somos una calamidad como personas y organización. Lo reconozco. Pero mantenemos intacta la Tradición de las Españas. La única que puede evitar que caigamos en el caos.
    Por no haber sido fieles al, cien por cien, a la misma después de la victoria militar, estamos como estamos.

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  4. Carlos Ibáñez Quintana.

    Para Marta:
    Yo no pertenezco al Opus Dei. Respeto y quiero a dicha institución pues, repito, de sus miembros he recibido muy buenos consejos.
    Los carlistas nunca han sentido odio por los falangistas. Algunos falangistas han sentido verdadero odio por los carlistas. Destacados falangistas arrojaron una bomba en Begoña contra una concentración carlista.
    Los carlistas hemos actuado siempre en defensa de la verdadera España. En muchas ocasiones nos hemos equivocado. Pero nuestra defensa de los verdaderos valores de la España Tradicional, no ha ofrecido la menor duda.

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