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15 de febrero de 2021 0 / /

Catequesis política sobre la familia (III)

(Por Javier Luis de Miguel Marqués) –

La autoridad paterna en el marco del Año de San José

Escribía el profesor Canals Vidal que “San José, el custodio paterno del Redentor como cabeza de la familia sagrada en que la Iglesia nace, tiene que ser contemplada por nosotros como el modelo de aquella sabiduría tantas veces oculta a los sabios y prudentes según los criterios mundanos y revelada a los pequeños que reciben el evangelio con actitud de infancia espiritual”.

Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, nos recuerda que “hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel amor paterno que José profesaba al niño Jesús; a él, próvido custodio de la Sagrada Familia recomendaba la heredad que Jesucristo conquistó con su sangre. Desde entonces, la Iglesia —como he recordado al comienzo— implora la protección de san José en virtud de aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana”.

Custodiar significa, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua española, Guardar algo con cuidado y vigilancia. Ese deber paternal, que legalmente expira con la mayoría de edad del hijo, pero que naturalmente continúa, de alguna manera, incluso tras ésta (a diferencia de lo que propugnaban algunos modernos, como Locke), se mantiene analógicamente por lo que respecta a la relación entre el gobernante y los gobernados. Con ello queda refutada la idea liberal de que el mal llamado “paternalismo” político no tiene cabida por cuanto que los gobernados son mayores de edad. Eso justifica que el marido tenga autoridad sobre la mujer aunque ésta sea, lógicamente, mayor de edad. Es propia del liberalismo la confusión consistente en considerar que toda autoridad que no se extienda a menores o incapacitados, debe ser consentida por el subordinado. Así es como se introdujo en el pensamiento moderno la nefasta idea de soberanía popular o nacional, hija de las teorías contractualistas y, que en el fondo, niega la naturaleza social del hombre y sus autoridades naturales.

Otro error frecuente es equiparar el poder, hasta cierto punto, paternal, del gobernante, con el absolutismo. Esta desviación procede de la desconfianza liberal hacia la autoridad en general, y que desemboca en la idea de que el abuso desautoriza el uso. Según Santo Tomás, en De Regimine Principum, “quien gobierna a una comunidad perfecta, es decir, una ciudad o provincia, se llama rey por antonomasia; quien rige una casa, no se llama rey, sino padre de familia, si bien tiene cierta similitud con el rey, y de ahí que también se llame a veces a los reyes padres de los pueblos”.

Cierto es que la familia es previa al gobierno de la ciudad, pero también lo es que, siendo la sociedad una familia de familias, gobernada por una de ellas, ¿cómo podría obviarse que gran parte de los poderes, facultades y deberes del paterfamilias, tengan su trasunto en el gobierno de la civitas? El bien común de la ciudad también es el de la familia, y por tanto, el modo de promoverlo en una u otra sociedad –salvando el carácter imperfecto de la sociedad familiar- guarda poderosos paralelismos).

Imaginemos, por un momento, una familia donde la figura del padre fuese únicamente la de velar por que cada miembro de la familia ejerciese libremente sus derechos subjetivos; donde el padre no velase activamente por el bien de sus hijos, sino solamente se limitase a darles algunos consejos inspirados en la llamada “tradición judeo-cristiana”, para que libremente los integrase en su sistema subjetivo de “valores”. Imaginemos, por último, un padre que permitiese cualquier tipo de cultos en su hogar, con tal de fuesen ejercidos sin coacción. ¿Tendríamos a este padre por buen educador, custodio, de la familia, dique de contención de la corrupción y las malas costumbres? ¿O sería, por el contrario, un modelo de padre desnaturalizado y falto de caridad?. Pues tal es el modelo de gobernante moderno, que tantos católicos aplauden como la quintaesencia del respeto a las libertades, como si estas perniciosas licencias toleradas e incluso auspiciadas, fuesen verdaderos actos de prudencia, cuando realmente sólo son la prudencia de la carne a la que hacíamos referencia al principio.

Allá donde veamos a un padre justo, siendo San José el padre justo entre los justos, ahí tenemos el espejo en que debe reflejarse un gobernante justo. Las santas virtudes del patriarca San José deben ser, igualmente, las santas virtudes del gobernante cristiano. Vayamos a José, no solamente los padres de familia, sino también los gobernantes de las familias de la polis.

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