4 de diciembre de 2020 0

CATEQUESIS POLÍTICA SOBRE LA FAMILIA (I)

La autoridad del paterfamilias: derecho natural y divino.

Escribía el Cardenal Isidro Gomà y Tomás que la familia es una Monarquía templada: Monarquía, porque gobierna uno, y templada, porque Dios le ha dado en la madre un auxiliar que, como colabora  con el padre en la vida de la familia, así colabora en su régimen.

La familia es la primera célula de la sociedad. Y como toda organización social, mantiene una serie de relaciones jerárquicas y orgánicas que son comunes a las organizaciones de ámbito superior, incluida la sociedad política en su conjunto. Al mismo tiempo, todas las corrupciones que ulceran a la comunidad política, tienen su trasunto en las relaciones familiares.

Dichas relaciones de autoridad de una comunidad familiar, igual que las existentes en una comunidad política, tienen su origen en Dios. No hay separación posible entre la autoridad natural y la divina. Como también decía el Cardenal Gomá, el hogar que expulsa a Dios, no tiene derecho a la paz, porque ha rechazado al origen de toda autoridad. No espere el padre apóstata o mundano educar rectamente a su prole. La autoridad paterna viene de lo alto. Y de la misma manera que el tirano que reniega de su sujeción a Dios, acaba gobernando por la única razón de la fuerza, pues los gobernados le han perdido el respeto y la obediencia, el padre que reniega de Dios acabará perdiendo las riendas de la educación filial. No olvidemos que quien aparta a Dios no hace sino sustituirlo por ídolos. Si el padre sustituyó a Dios por un ídolo, así mismo hará el hijo: la moda, las amistades o ciertas costumbres de perdición harán las veces de enterradores de una decrépita y desautorizada autoridad paterna.

El principio de autoridad en la familia adquiere todo su esplendor cuando el padre se arrodilla y se humilla ante Quien es el origen de su autoridad. Si la autoridad doméstica se somete a la Autoridad divina, es entonces cuando encuentra la razón de ser de su potestad. No porque la pierda si no lo hace, pues ni siquiera a Poncio Pilato le negó Cristo su autoridad sobre él, sino porque le amputa su esencia y su fundamento. Igual que el gobernante que no reconoce la autoridad sobrenatural del Dios verdadero, se convierte más pronto que tarde en un tirano, el padre que rechaza a Dios, además de cometer grave injusticia respecto de sus deberes de educación de la prole, ha firmado la sentencia de muerte de su familia. Cortado artificialmente el vínculo entre autoridad natural y autoridad sobrenatural, la primera queda reducida a un mero voluntarismo, del cual los gobernados, en este caso la mujer y los hijos, solamente desearán emanciparse. Si no se enseña al hijo que la razón de la autoridad del padre sobre él es derivada de la de Dios sobre todos,  la paternidad se convertirá en paternalismo, en el mejor de los casos, o en tiranía, en el peor. Y en todo caso, en un simple orden pelagiano, vulgar y despreciable.

El episodio del Génesis acerca de la creación del hombre y la mujer nos ilustra muy claramente al respecto del origen de la autoridad paterna: de la costilla, parte central de la anatomía del hombre, Dios crea a la mujer.  León XIII, en Arcanum Divinae Sapientiae, afirma lo siguiente: El marido es el jefe de la familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos, debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compañera; esto es, que a la obediencia prestada no le falten ni la honestidad ni la dignidad. Tanto en el que manda como en la que obedece, dado que ambos son imagen, el uno de Cristo y el otro de la Iglesia, sea la caridad reguladora constante del deber. Puesto que el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia… Y así como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Así, la exigencia al marido es que ame como Cristo amó a su Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, es decir, con amor sobrenatural y perfecto, y con plena sumisión al Padre («no se haga mi voluntad sino la tuya»). En definitiva, con justicia colmada de caridad. Así, la «iglesia doméstica» está naturalmente sometida al reinado paterno, igual que la totalidad de la Iglesia está sometida a Cristo.

Contra esto, hay que decir que las ideologías que atentan contra la familia, y en particular, el feminismo, no son más que la actualización de la tentación de Satanás a la mujer, con la diferencia de que ese fruto prohibido por Dios ya no se comparte con el hombre, sino que es un fruto expresamente preparado contra el hombre, para atacar su autoridad, y disolver la comunidad familiar. La mujer contaminada de feminismo, a fuerza de no ser sumisa a su marido, consigue que el amor que su marido le debe se erosione gravemente, poniendo grave obstáculo al cumplimiento de los fines del matrimonio, y con él, a la auténtica paz familiar.

El feminismo, no obstante, es una fase avanzada de una ideología de fondo, que quizá sea la más perniciosa para la familia, como es la democratización. Igual que el orden político se democratizó pulverizando los organismos intermedios, y especialmente, el principio de autoridad, encarnado en la figura del rey, esta perversión se fue impregnando en los diversos órdenes intermedios, hasta llegar a la familia.

Ha desaparecido la autoridad del marido sobre la mujer, así como la de los padres sobre los hijos. El lema diabólico non serviam se aplica con especial crudeza en las relaciones familiares. Primero la autoridad civil desplazó la legítima competencia de la Iglesia para legislar de forma vinculante para todos acerca del matrimonio. Aparecieron las leyes del matrimonio civil que, como no podía ser de otra manera, pronto extendieron sus tentáculos para legislar sobre su disolución. Forma parte de la perversa lógica de la secularización: quien a voluntad hace, a voluntad puede deshacer.

De la misma manera que el pecado entró, en primer lugar, por la mujer, fue la Mujer la que preparó la redención. La Llena de Gracia albergó en su seno al Rey redentor, a quien ha de reinar en las realidades temporales. De la misma manera, Dios ha querido, a través de la mayor piedad natural de la mujer, que ésta prepare el camino de la redención de la familia, pero esta tarea corresponde en última instancia al padre, que debe amar a su esposa como Cristo amó a su Iglesia. Y en esa imitación de Cristo extiende su reinado a la realidad temporal sobre la que tiene autoridad, que es la familia.

Padres, no deleguéis la transmisión de la fe en la mujer. No porque la mujer no tenga potestad para ello: la mujer es cooperadora de la educación, y comparte con el padre esa misión; pero en cambio no hay súbdito que honre al rey que no se arrodilla ante Dios. Y, por tanto, no hay educación eficaz sin una recta figura paterna.

Aun así, y en los casos en que no se da esta premisa, para Dios nada hay imposible; Dios no abandona a quien le invoca con sencillez, y la oración de la mujer, bajo el ejemplo de las Santas de la Iglesia, como Santa Mónica, puede ser remedio también eficaz. Igualmente, para el marido a quien falta el apoyo espiritual de la mujer, aunque se encuentre en la situación parecida a la del rey a quien le faltan consejeros de confianza, no por ello pierde las riendas de su familia, y a través del sacrificio, el consejo y la oración constantes, puede dirigir con rectitud de principios el negocio del gobierno familiar, que no tiene otro fin último que la santificación de sus miembros, para mayor Gloria de Dios.

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