8 de octubre de 2017 0 /

Valencia: un 9 de octubre envenenado

En vísperas del 9 de Octubre, vuelve a plantearse su significado. En momentos cruciales no solamente para Cataluña, sino para el resto de España y especialmente para el Reino de Valencia.

¿Qué celebramos los valencianos ese día?

Oficialmente la entrada de Jaime I en la Valencia musulmana de 1238 y el nacimiento de un nuevo Reino cristiano dentro de la Corona de Aragón.

Algo así como nuestro cumpleaños histórico.

Pero está claro que, ocho siglos después, no se trata simplemente de rememorar un acontecimiento histórico, sino de alumbrar un futuro político colectivo.

Y la experiencia de los últimos años corrobora que los que nos consideramos valencianos estamos lejos de alcanzar criterios comunes acerca de nuestra identidad.

Están en juego  sentimientos suscitados por diferentes modelos de inculturación, frecuentemente contrapuestos.

Y de esos sentimientos surge la consciencia de pertenencia a una entidad común, sustentada en rasgos externos definitorios, casi todos ellos culturales. La importancia que demos a ese “nosotros” en que nos reconocemos, frente a “otros” en conflicto o al menos en competencia, forjará en nuestras mentes y en nuestras vísceras un patriotismo abierto a diferentes esferas interactuantes o cerrado en nacionalismos excluyentes susceptibles de ser vehículos de totalitarismos.

La incorporación de las taifas valencianas a la Cristiandad medieval, con sus pros y sus contras, cambia el rumbo de la Historia de Valencia en el mismo sentido que la Reconquista traza el rumbo de la de España por contraposición a otras áreas geográficas con pasado cristiano antes de su islamización forzosa. El Imperio Bizantino podría ser una muestra.

Celebrar el 9 de Octubre excluyendo este aspecto de conformación de la cultura y la política por el cristianismo es mutilar su significado. Recordarlo con el complejo similar al de los que condenan la toma de Granada en 1492 por los Reyes Católicos entra en la patología política.

No muy lejos de ésta podemos categorizar la actitud de ciertos “progresistas” en el poder de –so pretexto laicista- prohibir la presencia en el Te Deum de la Catedral valenciana de la Real Senyera, símbolo del Reino Cristiano de Valencia, diseñado en su día según las pautas del Reino Cruzado de Jerusalén.

Peor calificación merecen los políticos que buscan la foto junto a la histórica bandera en el templo metropolitano y en las procesiones para, merced a los votos adquiridos con esa imagen, hacer política incompatible con el mandato evangélico y la dignidad humana.

La ideologización del 9 de Octubre implica idealizar el pasado hasta desnaturalizarlo. Para los partidarios de resaltar similitudes lingüísticas y paralelismos institucionales,  se trata de añorar una época anterior al nacimiento de España, en la que –si les hemos de creer- la Valencia foral era una especie prolongación de Cataluña, cuyo romance se extendió por el recién conquistado Reino meridional merced a los colonos venidos de los condados de la antigua Marca Hispánica. Un “criollismo” con más base afectiva que racional.

La fantasía de los “Països Catalans” llega este año a su prueba del algodón. El 9 de octubre se proclama la “República Catalana”: otro  extraño invento de un “Principat” sin príncipe coronado con la barretina emparentada con el gorro frigio. Y los “padres de la Patria”, empeñados no solamente en imponer su quimera a los catalanes que no quieren dejar de ser españoles, sino a valencianos y baleares.

No otra cosa significa elegir el 9 de Octubre, una fecha que simboliza agregación, unidad, convivencia, para culminar un golpe de Estado y romper nuestro marco de convivencia en nombre de una aventura en cuyo éxito  cifran la solución de todos los problemas.

Tienen el cinismo de invocar el diálogo y la mediación. Y elevan el conflicto suscitado por saltarse las reglas del juego a rango internacional. Y no faltan buenistas que les hacen el juego como estrategia suicida de logro de votos. El ansia de poder anula la lealtad institucional indispensable para la sostenibilidad del Estado.

Asistimos a espectáculos esperpénticos: equidistancias episcopales, pronunciamientos de clérigos en tanto que tales en favor del volcán nacionalista, uso de templos en horario de culto para recuento de votos del pseudo-referéndum…

Federalismos asimétricos y reformas constitucionales oportunistas son papel mojado ante la riada que pasa por encima de conceptos y alienta la visceralidad de las masas.

La manifestación de la tarde del 9 de Octubre no oculta su intención de hacer apología de la causa separatista. Y la Subdelegación del Gobierno la ha autorizado.

Un Gobierno que ha alimentado a la fiera a base de financiar la aversión a España para buscar apoyos parlamentarios y calmar complejos históricos de raíces octogenarias.

Un Gobierno que ha examinado los problemas desde la única óptica de la economía. Y que reduce la crisis de la ruptura nacional a la apología de la misma Constitución cuyos amargos frutos tardíos cosechamos.

Porque para ellos, los sedicentes “constitucionalistas”  España es un concepto tabú. Y defender su permanencia entra en el terreno minado de la “Memoria Histórica”.

Mientras tanto, los catalanes que no renuncian a su hispanidad se ven abandonados a su suerte y los valencianos y baleares, estamos en manos de colaboracionistas que juegan a dos barajas.

No podemos quedarnos tranquilos y albergar esperanza a pesar del impecable mensaje regio. También nosotros tendremos que disputar a otros la calle y las pancartas. Pero con la razón de la ley, la verdad de la Historia y procurando no caer en la tentación de responder al odio con odio.

José Miguel Orts Timoner

Círculo Cultural Aparisi y Guijarro.

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