10 de enero de 2018 0

Todo o nada

puigdemont-independencia

Cuando la Lliga de Cambó se suicidó apoyando políticamente al directorio de Primo de Rivera (1923), el nacionalismo conservador quedó en standby. El hecho fue aprovechado por un exmilitar monárquico y españolísimo, Francesc Macià, para organizar su ridículo y fracasado Complot de Prats de Molló (1925). La charlotada de Prats de Molló (un intento infantil de invadir Cataluña desde Francia) valió para dos cosas: Macià gozó de gran popularidad por su exilio y un juicio en París con resonancia mundial (al estilo Puigdemont). Ello le permitió que al agotarse la dictadura de Primo de Rivera, con su partido el Estat Català, integrado en Esquerra Republicana de Catalunya, ganara en las elecciones del 31 y llegara a President de la Generalitat (libramos al lector de los entresijos de esa época, pues nos interesa en segundo efecto).

El segundo efecto de la connivencia de la burguesía catalanista con el directorio militar, provocó una clase del nacionalismo llamada “insurreccional”. Aparecieron infinidad de pequeños grupos independentistas, que competían entre sí a ver cuál era más radical y que optaron como vía para la independencia la lucha armada. Sinceramente hay que decir que eran pocos, entusiastas y absolutamente ajenos a la realidad social de Cataluña. El mayor logro de los insurreccionistas fue el atentado en los túneles del Garraf contra el tren que llevaba de vuelta a Madrid a Alfonso XIII. El triunfo militar del separatismo consistió en que el tren quedara detenido unas horas.

Los “totoresistes” siempre fueron considerados unos idos mentales del separatismo que no querían componendas: o independencia o nada. Rechazaban vías intermedias, negociaciones, pactos, autonomismos en mayor o menor grado.

Pero lo que queremos resaltar de estos hechos rescatados del pasado es que surgió entonces una corriente no explícita en el seno del separatismo llamada el “tot-o-resisme”. El palabro viene de la contracción catalana de “tot o res”; traducido: “todo o nada”. Los “totoresistes” siempre fueron considerados unos idos mentales del separatismo que no querían componendas: o independencia o nada. Rechazaban vías intermedias, negociaciones, pactos, autonomismos en mayor o menor grado. Ellos con orgullo se ponían las medallas del “tot-o-resisme” y se consideraban los catalanistas verdaderamente puros. Los demás catalanistas pensaban que eran la cuota de majaras que ineluctablemente se acaban acercando a cualquier movimiento político.

Pues bien, Puigdemont ha resucitado la filosofía del “Tot o res” (Todo o nada); o él o el caos. Ayer un tuit lanzado por “Puchi” recorría las redes. Mostraba una foto de la carretera fronteriza de Molló con una caseta de la Guardia Civil de Fondo. La foto tiene una doble lectura simbólica: fue el camino por el que Macià quería entrar en Cataluña y también es uno de los caminos por los que los republicanos marchaban al exilio durante la finiquitación de la Guerra Civil. Todo o nada. Triunfo o martirio en el exilio.

Unos pequeños gestos y declaraciones nos pueden ayudar a entender el embrollo en el que el “totoresista” Puigdemont nos quiere meter. En primer lugar su posición ante la investidura reúne una coreografía que mixtifica el esperpento y la estrategia de Hitler para llegar al poder. Puigdemont, una vez los independentistas consigan controlar la Mesa del Parlament, el exiliado del Bélgica les obligará a intentar una investidura telemática. Ello pasaría por reformas e interpretaciones más que retorcidas del reglamento del Parlamento, alegaciones, apelaciones al Tribunal Constitucional. La estrategia de fondo es que corran plazos y si Puigdemont no puede ser elegido que nadie lo sea (especialmente Junqueras). Eso nos recuerda la estrategia de Hitler para llegar al poder, que pasó por las elecciones parlamentarias de julio de 1932, cuando los nazis se convirtieron en el partido con más escaños en el Reichstag. Al no poder llegar a los acuerdos necesarios para conseguir el poder, Hitler forzó unas nuevas elecciones. Y aunque perdió escaños, los nuevos pactos sí le llevaron al poder.

Puigdemont, con su apuesta por el “todo o nada”, sabe que colapsará el proceso parlamentario de la investidura. Y todo lo que sea caos, para él es oxígeno, relevancia, presencia y perpetuación de la fábula del presidente en el exilio. 

Puigdemont, con su apuesta por el “todo o nada”, sabe que colapsará el proceso parlamentario de la investidura. Y todo lo que sea caos, para él es oxígeno, relevancia, presencia y perpetuación de la fábula del presidente en el exilio. En la historia estas estrategias a veces, de rebote. salen bien. Pero Puigdemont no es Hitler ni tiene el  imponente NSDAP detrás. Más bien, ayer, y mientras se esperaba que saliera la sentencia del caso Millet, el PDeCAT enviaba un mensaje explícito a Puigdemont. La misiva salía de boca de Artur Mas: Cataluña necesita una legislatura estable y creíble. Hemos de reconocer –decía el expresident- que el independentismo no tiene la mayoría social y ahora hay que empezar a gobernar.

Por otro lado, ya lo habíamos avisado, Junqueras sigue afilando cuchillos en Estremera. La humillación a la que le quiere someter en la investidura Puigdemont, no es fácil de digerir; y eso que el líder republicano tiene una buena panza. Por primera vez en la historia la aritmética parlamentaria dependerá más de la magia que de las matemáticas. La intransigencia de la CUP, los parlamentarios encausados y los elegidos en la lista de Puigdemont, casi todos inexpertos e imprevisibles, pueden provocar un circo lleno de sorpresas. Incluso ya dejan caer que el héroe de Bélgica quiere formar su propio partido. Puigdemont en estos momentos sólo tiene TV3, el imaginario creado en torno a su imagen y una posición estratégica privilegiada que le ha llegado de rebote. Ciertamente que con menos muchos han hecho más, y que con más muchos han hecho menos. Pero a “Puchi” le da igual. No pretende construir nada, excepto que se alargue la situación de caos y simplemente que su epílogo venga a ser algo así como: quiso conseguirlo todo pero no le dejaron hacer nada. “Totoresisme” en estado puro.

Javier Barraycoa

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