14 de noviembre de 2017 0

Porqué el tradicionalismo es el mejor antídoto contra el nacionalismo

Los carlistas estamos ya cansados de que, de forma cíclica, los pensadores y apologistas liberales vinculen directamente al carlismo con el nacionalismo, vertiendo en este sus viejos rencores contra aquel, o atribuyendo al primero los vicios y defectos del segundo. Se aducen generalmente dos razones: la coincidencia geográfica de la preponderancia del carlismo decimonónico en regiones hoy dominadas por el nacionalismo, como Vascongadas y Cataluña, y la vinculación que se quiere establecer entre la defensa de los fueros y la construcción nacionalista de las regiones españolas, con su acusación aneja de aldeanismo y egoísmo.

Siempre se olvida la importancia que tuvo el carlismo en otras regiones donde el nacionalismo está ausente o es minoritario, como el norte de Castilla, el Reino de Valencia, el Bajo Aragón o Navarra. Del mismo modo que se falsea el foralismo, comenzando por la propia ideología nacionalista, que pretende añadir pedigrí a sus postulados vistiéndose con añejos ropajes que tergiversa y corrompe.

Porque el tradicionalismo no sólo no es antecedente del nacionalismo, sino su primero y más eficaz antídoto.

En primer lugar, por la raíz teológica del carlismo, que pretende- como enseña el magisterio dos veces milenario de la Iglesia sobre la acción política- auxiliar al hombre a lograr sus fines sobrenaturales (esto es, su reunión con Dios en el Reino de los Cielos) empleando los medios temporales. En cooperación con la Iglesia y bajo su autoridad moral, los poderes cristianos del mundo procuran para sus pueblos la consecución del Bien Común, de cuyos preceptos, el primero y principal es el reconocimiento del Reinado de Cristo en el mundo, y el acatamiento de sus mandamientos, suave yugo que nos conduce a la paz y la concordia.

El nacionalismo, por el contrario, no es sino ideología de raíz liberal. Rebelión romántica, no frente a la autonomía del mundo temporal (axioma liberal que comparte), sino frente al racionalismo cartesiano de la primera revolución ilustrada e iluminista. Contrariamente al alma cristiana, concreta y visible, evoca una espiritualidad oscura, vaga y comunitaria, que sirve para justificar la manipulación de pueblos y sociedades, en aras a entronizar una auténtica deidad pagana: la nación cultural, y un anhelo invariable, su conversión en estado moderno, revelando así el profundo liberalismo de su raíz. Para ello, no duda de apropiarse de cualquier resto de aquel mundo antiguo que el llamado siglo de las luces despreció como superstición y atraso, tomándolo, manipulado y sesgado, para justificarse. Folclore, gestas heroicas despojadas de su significado profundo, fechas y símbolos, al servicio de una nueva realidad que se pretende establecer. Para el nacionalista, lo mismo vale el pagano y violento Sigfrido que la casta y santa Juana de Arco: sólo le interesa como excusa para apropiarse de un pasado que legitime su delirio. Pues delirio es, frente a la Razón como diosa del iluminismo, contraponer el sentimentalismo y la irracionalidad como esencias atávicas del pueblo a través de los siglos. Jamás la Cristiandad (que esa fue la auténtica esencia del mundo antiguo) fue tal despliegue de emotividad desbocada, sino luz para hombres y pueblos. Pero Luz divina de mártires y santos, no la luz mortecina de filósofos escépticos.

El liberalismo revolucionario puso en el trono de Cristo a la falsa diosa Razón; el nacionalismo pretende, en su lugar, elevar a la enana diosa nación. No se puede concebir algo más opuesto al tradicionalismo que ambas usurpadoras.

Comencemos por el principio, la nación. Antiguo concepto que en tiempos clásicos designaba a un grupo de personas unidas por unos antepasados que se reconocían comunes, un mismo panteón de dioses, y normalmente una lengua y culturas comunes. La nación de los iranios, de los griegos, de los celtas, de los germanos, de los íberos (similares podemos hallar en otras partes del globo en distintos momentos de la historia). Tal comunidad jamás fue considerada equivalente a un poder único, que quedaba reservado a la tribu o la ciudad: guerreaban espartanos contra atenienses, francos contra burgundios, persas contra sogdianos y arévacos contra vetones, por más que adoraran los mismos dioses y se comunicaran en la misma lengua. Nacionalidad y potestad andaban las más de las veces cada una por su lado, y cuando algún monarca poderoso las reunía, sus fundamentos apenas sobrevivían a su muerte.

Llegó Roma y todo lo cambió. Una ciudad rebasó a una tribu, la de los latinos, y a una nación, la de los ítalos. Anegó y asimiló todas las culturas conocidas e inventó el imperio. El concepto de nación quedó marginado a las de los bárbaros, y durante mil años únicamente oímos hablar de reinos, señoríos, sacro imperio… la Cristiandad.

A partir del siglo XVI, con la progresiva génesis del estado moderno (a la par de forma práctica como teórica) se fue recuperando el concepto de nación, pero lo hizo asociado al formato de reino-estado. El ansia de poder absoluto de los reyes, con la justificación del secularismo protestante, llevó a la ruptura de la tutela espiritual de la Iglesia sobre el poder temporal. Surgieron así los estados-nación durante el ilustrado y racionalista siglo XVIII, y el liberalismo triunfante únicamente hubo de sustituir al absolutismo monárquico por el asambleario. Fue Francia la madre y modelo de tal esquema político. Y su némesis fue el romanticismo ferozmente antirracionalista. Como respuesta a la apisonadora napoleónica surgieron, primero en Alemania, y luego en muchos otros lugares de Europa, los movimientos romántico-nacionalistas. Pero esos impulsos, no aspiraban sino a crear a su vez nuevos estados para naciones que no los tenían. Es decir, no pretendían sino reproducir lo mismo que los reyes y las asambleas absolutas habían ya creado. Copiar a sus enemigos, pero a una escala particular. El nacionalismo no modificó otra cosa que los estados, no su raíz filosófica moderna de concentración de poder. Y lo hicieron en base (o excusa) a la lengua (la mayoría, empezando por su padre alemán), la etnia (como el racismo germano-escandinavo del nacionalsocialismo o el eslavo del paneslavismo) o incluso la religión (así pasó en los países de la antigua Yugoslavia en los Balcanes, o en la frontera entre Rusia y sus vecinos occidentales).

No se verá semejanza alguna con el pensamiento político cristiano, que siempre abominó en su raíz del concepto de estado moderno, por provenir invariablemente del secularismo, y conducir de forma habitual a la irreligión. El tradicionalismo católico siempre propugnó el patriotismo, virtud de amor a lo próximo (el evangélico prójimo), como desarrollo natural del cuarto mandamiento, el de honrar a padre y madre. Porque la Patria es la tierra de los padres.

El patriotismo es un concepto político, pero excede lo meramente político (como todo en la teoría política católica). Es amor que proviene de Dios y se derrama sobre la familia. Es escuela de perdón, comprensión, orgullo, piedad y también resignación ante el dolor, manteniendo la lealtad. Y esa actitud de honor se extiende a todas las personas que nos rodean, amigos, compañeros de trabajo, vecinos. Y asimismo a los lugares, costumbres, devociones, hablas, aromas y usos que acompañan a esa patria primigenia. Y aquí tenemos esa primera patria, esa patria chica por la que comienzan y sin la que no se entienden el resto de patrias: las geográficas, las históricas, o esa gran patria que es la Hispanidad (la Cristiandad menor, en palabras de Elías de Tejada).

Quien no es capaz de sentir amor ni capacidad de perdón por su familia, sus amigos, su pueblo o su barrio… no será un buen patriota, por mucho que se envuelva en banderas o en himnos. Desconfiad de esos que se motejan de “cosmopolitas”, y reniegan de sus padres, sus hermanos, su aldea… llevan a la espalda una herida que no han curado: han arrancado sus raíces, y son tronco que navega a la deriva, aunque crean que el océano les pertenece.

Basado en el concepto católico de subsidiariedad, articula el tradicionalismo político las diversas patrias: allí donde no llega la familia, actúa la asociación civil; donde no lo hace aquella, el municipio, y a este le suple la mancomunidad, la diputación, el reino, la corona… siempre encargándose de las funciones públicas que no puedan los cuerpos intermedios inferiores.

Abomina el credo político católico del estado, pero no del orden (muy al contrario, es el único pensamiento actual que busca sinceramente el orden social, y no meramente el orden público). Los conceptos de Autoridad y Potestad están, no sólo presentes, sino mucho más sujetos y a la vez respetados que en el liberalismo o el socialismo. Autoridad y Potestad que están limitadas por arriba por la ley de Dios y por abajo por los usos y costumbres de las patrias sometidas a ellas por un auténtico “contrato” de ambas partes (lo que se llama monarquía paccionada o pactada) y que permitieron siempre un eficaz escalonamiento de atribuciones y responsabilidades, más cercano al pueblo y a las familias, más ajustado a sus necesidades, y alejado del falso igualitarismo socialdemócrata.

Los fueros son de los reinos, pero también de los gremios, y de los municipios, y de las universidades, y del clero, y de tantos otros. Son de la sociedad, no de un mero territorio. Con tales leyes aceptadas por todas las partes, jamás necesitaron las Españas constituciones para convertirse en la cabeza de la Cristiandad. El nacionalismo, por contra, multiplica constituciones, en lugar de eliminarlas, todas ellas tan invasivas y artificiales como la española, pero sobre territorios cada vez más reducidos e indefensos.

Fue la Providencia la que quiso que España se forjara como reino en la defensa de la Verdad de la Fe: primero con su fundación por el rey Recaredo con motivo de su conversión al catolicismo en 589, e igualmente con su reunificación por los esfuerzos de los Reyes Isabel y Fernando, no casualmente llamados Católicos. La historia ha querido que fuese así como se templase el carácter y la personalidad de los españoles: en la reconquista de la península contra el infiel. Por ello hay formas tan diversas de entender la españolidad, y no sólo por sus lenguas, sino por el carácter de sus costumbres, y el mayor o menor apego a las leyes propias de cada uno de los reinos. La monarquía foral jamás tuvo problema alguno para dar a cada uno lo suyo (genuino concepto de la Justicia) y a la vez mantener la incolumidad de España.

Porque la indivisibilidad de España no es un mero epígrafe de una constitución liberal, como ha habido ya una docena en nuestro país, y habrá otras tantas probablemente. Es el resultado y consecución del esfuerzo, luchas y sacrificios de nuestros antepasados, contra fuerzas (exteriores e interiores) que pretendían nuestro sometimiento. Servidoras del príncipe del mundo, que tanto ha odiado a los reinos católicos, y sobre todos ellos al nuestro.

España no es propiedad de esta generación, o de otras. No podemos disponer con libertad de aquello que no es nuestro. Quien quiere disgregar España y romperla, no sólo rompe una convivencia en un momento del tiempo, sino que traiciona gravemente cuánto construyeron los que nos precedieron. Traiciona a los antepasados de todos y a los suyos propios. Traiciona la misión por la cual los españoles fuimos reunidos en una sola corona en defensa de una sola fe.

Eso es precisamente lo que hace el nacionalismo en las Españas, tomar algunos fragmentos y apariencias de aquel magno proyecto que la Gran Revolución vino a echar abajo, para ponerlos al servicio de una nueva revolución, más estrecha, más pequeña y más débil. No sólo traiciona a la España actual, sino también a la secular, que no quiso jamás ser recordada o perpetuada de esa manera. Y lo hace apelando a la natural inclinación del pueblo (todavía presente pese a la deformación y perversión educativa generalizada) a honrar lo propio, con lo cual también ensucia ese noble impulso. El desengaño de las medias verdades y tergiversaciones del nacionalismo lleva al extremo de rechazar también la bondad de amar lo propio y cercano, que nada tiene de malo.

Porque lo que caracteriza al patriotismo, de origen cristiano, es el Amor, amor a la tierra y sus gentes; y lo que caracteriza al nacionalismo es el odio, el odio a un enemigo exterior sobre el que volcar las frustraciones y errores. ¿Existe acaso oposición más grande entre dos filosofías políticas?

Sólo conociendo y aprendiendo a amar las raíces sobrenaturales y naturales de nuestra Patria podremos enseñar a las nuevas generaciones el sentido que tiene España, muy superior al de un “estado”. A esa tarea está llamado, con sus escasas fuerzas, el carlismo.

El liberalismo desprecia y odia aquel depósito de la Tradición; el nacionalismo únicamente lo quiere manipular para justificar sus propios proyectos. Nadie hará esa labor por nosotros.

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