18 de Marzo de 2017 0

La vuelta del anticlericalismo

En el pasado siglo, tuvo lugar un ridículo proceso en la extinta Unión Soviética. Se trataba de “juzgar a Dios”. Semejante idiotez hacía un acopio de cargos consistentes en desastres naturales, hambres, guerras. Después del dictamen de culpabilidad la sentencia fue ejecutada mediante fusilamiento, disparando hacia el cielo. Y es que debería escribirse una especie de Tratado Histórico de la Estupidez que no tendría desperdicio.

En la actualidad el anticlericalismo ha vuelto a estar presente en nuestra sociedad. Quizás siempre estuvo latente, como una especie de odio irracional en algunas personas y grupos. Nunca sabremos el verdadero alcance de lo ocurrido en el Valle de los Caídos. No excluyo que se hayan producido allí actos de profanación. Los frailes benedictinos que ocupan el monasterio no se caracterizan por su locuacidad, más bien por la mansedumbre y prudencia. No hace falta nombrar los ataques a las capillas, como la de la Universidad Complutense. Incluso los cementerios tienen una larga historia de profanaciones de la que las que se habla, y escribe muy poco. No sabemos si actúan grupos políticos, sectas satánicas o simplementes buscadores de lo ajeno. Pero será interesante repasar algunos hitos históricos que nos sirvan para subrayar esta necedad fomentada.

En Julio de 1834 se difundió por Madrid el bulo de que los frailes habían envenenado las aguas. Ese era el motivo, según decían aquellas mentes crédulas y con poca capacidad de discernimiento, de que se extendiera una epidemia de cólera. El convento de Santo Tomás de los Dominicos en la calle Atocha fue el primer objetivo donde perecieron siete frailes. Hacia las nueve o diez de la noche, los violentos asaltaron el convento de San Francisco el Grande, asesinando a 43 franciscanos. A las once fue atacado el convento de San José de los Mercedarios, que entonces ocupaba lo que es hoy es la plaza de Tirso de Molina, con el resultado de nueve muertes a garrotazos, hachazos y navajazos. En el Colegio Imperial de San Isidro, en la calle Toledo, murieron diecisiete jesuitas.

La Semana Trágica acabó convirtiéndose en un motín anticlerical con el saqueo de numerosos conventos, la exhumación de cadáveres de monjas, el bulo de que en los edificios religiosos se encontraban enterrados hijos secretos de las mismas y, finalmente, la mofa y hasta el baile callejero con los cadáveres.

En Mayo de 1936 el nuevo bulo consistía en afirmar que personas cercanas a la Iglesia repartían caramelos envenenados. La consecuencia del bulo fueron diecisiete sacerdotes asesinados además de numerosos desmanes.

Cada uno de estos bulos tuvo consecuencia una grotesta, injusta y salvaje masacre de frailes.

Durante el siglo XIX muchos estaban convencidos, y lo enseñaban desde las “Casas del Pueblo” de que sacerdotes y monjes ocultaban, en iglesias y conventos, verdaderos polvorines y que desde allí disparaban contra las personas.

En realidad son innumerables los ataques que ha sufrido la Iglesia. En la mente de todos está el auténtico martirio a que fueron expuestos, durante la última guerra civil, tanto frailes, sacerdotes como monjas. En la mayoría de los casos aceptaron su destino con resignación cristiana, aunque era común ofrecerles conservar la vida si pisaban la cruz o algún otro símbolo sagrado. Habitualmente rechazaban esas formas de clemencia. Las muertes y presidios se contaron por miles. Muchos de ellos han sido canonizados por los sucesivos pontífices.

Las llamadas “procesiones ateas”, de escaso éxito, así como gran parte de lo que ocurrió en el 15 M fueron organizados por grupos que se reunían en el Ateneo de Madrid.

Estos hechos, aparte de su rastro de violencia y muerte, tendrían, en algún caso, cierto componente de triste compasión hacia mentes tan embrutecidas si no fuera por los fríos intereses que se encontraban detrás de los mismos. Las sucesivas desamortizaciones a la Iglesia fueron fuente de empobrecimiento cultural para España y de enriquecimiento para muchos. También una forma de desviar la atención desde los problemas reales, por ejemplo que el Estado español tenga al fin unos presupuestos, hacia otros más viscerales y, desde luego, ficticios.

Muchos opinan que las desamortizaciones, la invasión napoleónica y la actuación de la Segunda República, han sido los mayores atropellos que ha sufrido el patrimonio cultural español. 

En España el odio a la Iglesia nunca ha sido desinteresado, siempre ha sido la antesala de terribles acontecimientos pues cada brote servía para unir y planificar episodios violentos y bochornosos. En Cataluña era el punto de unión entre grupos rivales irreconciliables. Es muy posible que este interés por destruir los símbolos sea una forma de unir a la llamada izquierda en el actual sistema represivo-totalitario que nos gobierna. Parece ser que Esquerra Republicana se caracterizó por su odio visceral y anticlericalismo, aunque hizo excepciones con los eclesiásticos de ideología nacionalista.

El Arzobispo de Madrid, Cardenal Carlos Osoro, abrió este sábado 18 de marzo la causa de canonización del sacerdote P. Cipriano Martínez Gil y 55 compañeros mártires asesinados durante la persecución religiosa de la Guerra Civil Española. Durante la revolución de Asturias (octubre de 1934) fueron asesinados muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos le diez Mártires de Turón (9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999). El 13 de Octubre de 2013 fueron beatificados 522 mártires de los años 30. La edad media de los mártires beatificados ronda los 43 años y 131 de ellos tenían 30 años o menos en el momento de ser asesinados. El más joven tenía 18 años. Se trataba del carmelita José Sánchez Rodríguez, y la más anciana, con 86 años, era la monja Sor Aurora López González. Durante la Guerra Civil Española, hubo una persecución contra los católicos en la retaguardia de la zona leal a la II República. En ella murieron unas 10.000 personas por su fe. Quedaron destrozadas además unas 20.000 iglesias.

Mientras, el pueblo ingenuo vuelve a ocuparse del Valle de los Caídos, de si los aviones llevan la Cruz de San Andrés, de la misa de los domingos en la segunda cadena de la televisión pública y otros detalles, el Estado se queda con las herencias, haciendo casi inviable pagar los impuestos de sucesiones, aumenta el número de funcionarios y “paniaguados” elegidos a dedo por pertenecer a uno u otro Partido. Se persigue fiscalmente al ciudadano medio hasta el precipicio o el ridículo. El acomplejado gobierno mira hacia otro lado mientras los grupos islamistas se adueñan de la sociedad. La deuda económica no para de crecer pese a la aplicación de leyes caprichosas. ¿ Qué o quién hay detrás de todo esto? La respuesta es fácil. ¿A quién beneficia? ¿Quién nos odia? No es necesario responder a preguntas cuyas respuestas están en la mente de todos. Por supuesto, y en mi opinión, los instigadores son los de siempre. Muchos de ellos lo manifiestan abiertamente. Otros provienen de la siniestra mano de la izquierda golpista de siempre. Y detrás de ese enjambre de desalmados es posible encontrar organizaciones muy antiguas que, mediante argucias y leyes no paran en su objetivo de crear una sociedad “a su medida”, muy alejada del cambio natural que experimentan todos los grupos humanos, pues nada permanece quieto. Todo sigue en perpetuo movimiento sin necesidad de maestros especulativos u otros foros de dudosos propósitos. Y detrás de ese odio especulativo y organizado es posible que se encuentre un odio cultural, religioso, de más de dos milenios de antigüedad.

 

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