25 de diciembre de 2017 0

EL NIÑO DIOS HA NACIDO

ADORACIÓN DE LOS REYES (El Greco)

 

El Niño Dios ha nacido, en el pesebre de un establo, refugiado al calor de una simple mula y un sencillo buey, rodeado de humildes pastores. El poder terrenal de los hombres, los poderosos, se siente amenazado y decretan la persecución y muerte de los inocentes. La primera manifestación, aparición y revelación —epipháneia [ἐπιφάνεια]— es la adoración de los reyes y sabios de la tierra: «toda rodilla se doble, de los que están en los cielos, en la tierra, en los abismos; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre».

¡Venite adoremus Dominus!

En este extraordinario Misterio, Verdad universal, se mide toda la Historia de la humanidad: la general y la personal. Combate entre dos banderas: la de los valores del hombre, que rinde culto al becerro de oro, al mundo, al demonio y la carne, enemigos del alma, por un lado; y la de las virtudes de la redención del Amor Supremo hecho Niño.

Más, si la Verdad es eterna y universal, también lo es el error humano en creerse medida de todas las cosas (eso que llaman humanismo). Así en el mundo en que vivimos, heredero del error, sostenido con pertinacia, contra los principios ciertos de la ley eterna, en continuo disparate y acciones equivocadas, gravemente injuriosas contra la ley natural, con grandes daños y tormentos infligidos injustamente a la naturaleza de las cosas, los animales y las personas, todo queda justificado por los “valores” de éxito, excelencia y fortuna de los elegidos y del estigma del fracaso, bajo el falso principio de la doble predestinación (praedestinatio gemina), convertido en modelo y canon, propuesto por las reformas, herejías de la soberbia humana, contrarias a la virtudes naturales, humanas y teológicas, que osaron prohibir la celebración de la Navidad (bajo pena de muerte) y ante su fracaso, tratar de convertirla en un sinsentido comercial especulativo lucrativo, bajo el estúpido sensiblero lema del “espíritu navideño”.

Un pobre Niño, nacido en un pesebre, ha venido para redimir al mundo (y a mí pecador), y su Divino Amor salvará a los hombres de buena voluntad. Esto se hace inaceptable para los que se creen con valores superiores, predestinados por la fortuna, condenando (grave pecado contra la Caridad) a los menos afortunados. Y será despreciado por los poderosos, inaceptable para los que creen en los valores de la excelencia. Y será crucificado como reo, inaceptable para los que creen en los valores del éxito.

Y se legisla para asesinar inocentes —como en tiempos del nacimiento del Niño Dios, crimen de lesa majestad (que recriminaran futuras generaciones, como nosotros recriminamos, a los espartanos, su barbarie)—. Y se legisla contranatura —como Sodoma y Gomorra—. Ambas porque un reducido número de elegidos (como sumos sacerdotes del Sanedrín o senadores romanos) han determinado reducir el número de almas, ya que no necesitan más de un determinado número de braceros y hay demasiados que mantener. Y se legisla para que los poderosos tengan más y de forma más injusta a costa de los otros.

Aún y así se nos hace patente y recuerda que los reyes y los sabios de la tierra deben pleitesía al pobre Niño del establo, que tan claro está grabado a fuego en las entendederas y corazones de “nuestros abuelos”  y que tan rápido nos han hecho olvidar ¡Qué sentido común, evidente! ¡Qué sencillez y claridad de pensamiento, de corazón y de alma! :

«Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¿Qué hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

 Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende

(La Vida es Sueño)

Pedro Calderón de la Barca; (soliloquio de Segismundo al final del primer acto).

El Niño Dios, Rey de reyes, Sabio entre los sabios, HA NACIDO YA.

 

 

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